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    El Estado civil

    Para Spencer, cuya lectura cursó en abundancia Borges durante su juventud, la libertad es el derecho humano primario natural que existe antes de la ciudadanía y sobre el cual crece el sistema de derechos civiles del Estado. Todos estos derechos también son de origen natural y pertenecen al individuo independientemente del Estado y del legislador, quienes solo determinan su forma jurídica y (al menos en la teoría) garantizan su implementación en el contexto del derecho natural básico: el derecho a la igualdad de libertad.

    Consecuente con su temple liberal, Spencer consideraba los derechos políticos de los ciudadanos solo como un medio para garantizar los derechos individuales; escribió que “los derechos de las personas privadas de participación en la actividad política son inevitablemente violados. A esto hay que añadir que los derechos políticos deben distribuirse de tal manera que no solo los individuos, sino también las clases, no puedan oprimirse entre sí“. Escribió, alarmado sobre el crecimiento del aparato burocrático, sobre el papel del gobierno y su interferencia en el comercio, la industria, el trabajo y otras relaciones. En su obra El hombre contra el Estado (1884), Spencer condenó la creciente tendencia a la intervención estatal en las relaciones sociales. Siguiendo a Mill, y anticipándose al infierno de las repúblicas modernas de las que este insípido andurrial en el que estamos hundiéndonos no se encuentra ajeno, escribió que la esperanza de recibir ayuda estatal y los favores del gobierno no solo debilitan la energía personal y la iniciativa privada, sino que también son peligrosos para la sociedad en su conjunto: “La organización de los funcionarios, habiendo superado la fase conocida de desarrollo, se vuelve inquebrantable”. Todo un augur.

    Según escribió Spencer a finales del siglo XIX, la progresión legislativa —esa socorrida productividad de los parlamentos lejos de ser virtuosa es una maldición— llevará pronto al socialismo de Estado y, por tanto, a la transformación de los trabajadores en esclavos de la sociedad; los políticos, deslizó, son capaces de convertir los países en un infierno. Esto, adujo, significará fatalmente un retorno al despotismo, el establecimiento de la autocracia de los individuos que han alcanzado el poder en la organización social. Spencer vio la razón del fracaso del socialismo de Estado y del comunismo en características de la naturaleza humana como el amor al poder, la ambición legítima, una arraigada falta de pudor para el ejercicio de la injusticia y la deshonestidad generalizada de las opiniones y las conductas: “No existe tal alquimia política con cuya ayuda sería posible transformar el estaño de los instintos en el oro de las acciones”. Todos los intentos de acelerar el progreso de la humanidad mediante medidas administrativas conducen solo al resurgimiento de instituciones cada vez más restrictivas de la libertad, más enemistadas con la dignidad de la persona, más a la medida del funcionariado estatal y no de los que trabajan o invierten.

    Su libro La justicia es un estudio vivaz del concepto de justicia y, en consecuencia, de derecho, basándose en las posiciones éticas del utilitarismo, que evalúa el comportamiento de las personas desde el punto de vista del beneficio individual y social. El objetivo del derecho es esencialmente utilitario: mantener condiciones óptimas para el libre ejercicio de las actividades de los individuos. A su vez, el objetivo de cualquier norma jurídica es la libertad individual. En derecho, Spencer distingue dos partes: a) positiva, que incluye los derechos de cualquier individuo al libre desarrollo de su personalidad, a la libre actividad y utilización de sus resultados, y b) negativa, que incluye limitaciones de estos derechos establecidas en virtud del respeto a la libertad de los demás. Como resultado, el derecho aparece, como en Jellinek, como un conjunto de normas éticas establecidas por la fuerza por la sociedad y el Estado para proteger la libertad de los individuos.

    Proclamó Spencer que todos los logros de la cultura material y espiritual de la civilización fueron creados “por iniciativa privada, y la intervención del gobierno no solo no trajo ningún beneficio, sino que incluso fue francamente dañina”.

    Tuvo la fortuna de vivir en una época y en un país en que esas opiniones no se censuraban. No le tocó penar en un país intoxicado por la política, por la demagogia, por la maldad profesionalizada de los funcionarios.