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    ¿El fin de qué mundo?

    Lo que está en juego con el plebiscito previsional son los mundos de la credibilidad del sistema político uruguayo y de la confianza en los líderes de opinión y analistas

    Director Periodístico de Búsqueda

    No es el fin del mundo. Esa ha sido una de las frases más repetidas en las últimas dos semanas y se ha transformado en una línea divisoria en la actual campaña electoral. El primero que la pronunció fue Gabriel Oddone, elegido como eventual ministro de Economía por el candidato presidencial del Frente Amplio, Yamandú Orsi, en caso de que gane las elecciones. El mismo día que se hizo el anuncio, el lunes 23, Oddone fue consultado sobre el plebiscito de la reforma previsional y respondió que “no es el fin del mundo” si se aprueba.

    Desde ese momento, el mundo y la posibilidad de que se termine ingresaron al debate político actual por la prueba principal. Algunos utilizaron esa reflexión para criticar a Oddone y para sostener que estaba subestimando algo que sería muy grave para Uruguay, como que finalmente se apruebe la reforma promovida por el PIT-CNT y parte del Frente Amplio para que se establezca en la Constitución la edad mínima de retiro a los 60 años, la equiparación entre el salario mínimo y la jubilación mínima y la eliminación de las administradoras de fondos previsionales (AFAP). Esos lo hicieron, principalmente, desde la trinchera del oficialismo. Otros intentaron justificarlo al decir que esa es la actitud que debe asumir alguien que está pensando en cuidar el futuro de Uruguay y que su comentario fue precavido y mesurado. Esos fueron, en su mayoría, algunos de sus correligionarios. En el medio, se ubicó el grupo mayoritario, el que no entiende mucho de lo que estaba hablando Oddone ni por qué es tan importante el tan discutido plebiscito.

    Así ocurre siempre en campaña electoral. Nada fuera de lo predecible. Pero, más allá del lógico chisporroteo y de que cada cual intente hacer de la mejor forma su trabajo de conseguir votos en este período, el concepto de un mundo único es relativo. Y, si efectivamente hay uno solo, no vamos a poder ser testigos de cuando se termine porque seremos parte de ese final. Lo que parece más sensato es hablar de muchos mundos superpuestos, algunos más importantes que otros. Y uno de ellos sí está en juego con el plebiscito que tendrá lugar el domingo 27 junto a la elección nacional.

    ¿Cuál? El de la credibilidad del sistema político uruguayo. Y no solo. También el de la confianza en los principales líderes de opinión y analistas, en especial vinculados a la academia y al periodismo.

    ¿Por qué? Porque si esos mundos no se caen a pedazos el próximo domingo 27 de octubre, el plebiscito no puede ser aprobado de ninguna manera. Parece bastante obvia esa conclusión, pero la paso a explicar.

    Lo primero es que los principales líderes políticos de los distintos partidos se han manifestado abiertamente en contra de la reforma constitucional promovida y han advertido que, en caso de ser aprobada, las consecuencias van a ser graves. Por supuesto que lo hicieron el presidente Luis Lacalle Pou y todos los candidatos presidenciales de los partidos que integran la coalición republicana. Es lógico, porque fueron ellos los que votaron la reforma previsional actual, vigente por ley. Pero también lo hicieron algunos de los principales referentes del Frente Amplio y en especial el dirigente político más popular de la izquierda uruguaya, el expresidente José Mujica. Fue lapidario Mujica. Dijo que sería un “caos” para el Uruguay que triunfe el sí a la reforma.

    Vale aclarar que Orsi, al igual que Oddone y especialmente la candidata a la vicepresidencia por el Frente Amplio, Carolina Cosse, no han sido tan contundentes en las críticas a los cambios propuestos por el plebiscito y también que el Frente Amplio dejó en libertad de acción a sus votantes. De todas formas, ellos tres también han dicho que están en contra y que no la van a votar, y eso debería ser más que suficiente.

    Además, la mayoría de los sectores frenteamplistas se ha manifestado en contra. Los que sí apoyan el plebiscito y lo han promovido son el Partido Comunista, el Partido Socialista y otros grupos de menor caudal electoral. Todos ellos sumados obtuvieron en las últimas elecciones nacionales de 2019 menos del 30% de los votos del Frente Amplio. Por más que en estos últimos años hayan podido crecer considerablemente, es alocado pensar que ahora son la mayoría de la coalición de izquierda.

    Algo similar ocurre en el PIT-CNT. Algunos de los principales sindicatos que integran esa central de trabajadores están en contra de los cambios propuestos. Perdieron en la interna y acatan la decisión de la mayoría, pero claramente no están poniendo todas sus energías en que la reforma constitucional sea aprobada. Es el caso, por ejemplo, de la Asociación de Empleados Bancarios del Uruguay (AEBU) y también de muchos otros. Es más, cuando la central sindical discutió si promover el plebiscito, en una primera instancia votaron a favor solo un tercio de los sindicatos que integran la Mesa Representativa. Toda una señal.

    Como si todo eso fuera poco, los principales analistas políticos y económicos y también la inmensa mayoría de los periodistas de opinión se han manifestado más de una vez radicalmente en contra de los cambios propuestos. También lo han hecho un grupo de más de 100 economistas del Frente Amplio, entre los que se encuentran referentes académicos y políticos en la materia.

    Por eso, el sacudón sería muy grande si ganara el sí. Sería el fin del mundo de la lógica en Uruguay, un golpe mortal al statu quo que se ha mantenido por décadas y que ha llevado a que el país tenga una imagen de seguridad, predecibilidad y respeto a las reglas de juego. Sería una gran bofetada a los que están a cargo de la política nacional, pero no solo de uno de los lados: de los dos.

    Situaciones similares sobran por el mundo, aunque se manifiestan de otras formas. No se pueden comparar, pero sí tienen un punto en común: ciudadanos cansados con el poder de turno o con el sistema político tradicional de su país que reaccionan generando cambios radicales.

    Así surgieron varios líderes políticos totalmente por fuera del sistema, como Javier Milei en Argentina o Donald Trump en Estados Unidos, para poner solo un ejemplo cercano. Así también crecieron movimientos nacionalistas o de extrema derecha o de extrema izquierda en Europa y en algunos países de Asia. Así también aparecen los Brexit, como ocurrió en junio de 2016 en el Reino Unido, cuando gran parte del sistema político estaba en contra de irse de la Unión Europea, pero la mayoría de la ciudadanía votó lo contrario.

    No parece ser el caso de Uruguay, aunque eso está por verse. Si fuera el sí a la reforma previsional el triunfador del domingo 27 de octubre, entraríamos a esa lista, de alguna forma. Y sería el fin de un mundo muy importante para los uruguayos: el de las certezas.

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