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Hay frases en política que se hacen populares en muy poco tiempo. Seguramente sea porque cumplen con la condición de resumir un momento histórico de la mejor manera o de ser detonantes de debates postergados o de representar un estado de ánimo creciente en la población o por una combinación de todos los factores anteriores.
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Una de ellas, que hasta el día de hoy resuena en el inconsciente colectivo montevideano y regresa cada lustro como si fuera un anticipo del día en el que se suben las urnas a las mesas electorales departamentales, la pronunció hace más de 15 años el exvicepresidente Raúl Sendic durante una entrevista que le realizó el semanario Crónicas. “El Frente Amplio gana en Montevideo aunque ponga una heladera”, dijo, creando lo que a nivel musical se considera como un hit, y que luego, si sigue sonando con el transcurso de los años, se transforma en un clásico.
¿Por qué? Porque esa reflexión era el fiel reflejo de aquella idea que estaba tan expandida en 2009 sobre la casi nula posibilidad de arrebatarle al oficialista Frente Amplio el gobierno departamental de Montevideo, que en ese momento hacía 20 años que ejercía de forma ininterrumpida. La “heladera” de Sendic se reprodujo por miles y ocupó un lugar en discursos, contrapuntos, análisis políticos, columnas de opinión y cuanto se dijo y escribió en los años siguientes sobre el gobierno de la capital del país.
Y quedó la heladera. No necesariamente porque haya ganado una. Ni en aquellas elecciones en las que Sendic recurrió a ese concepto ni en la siguientes ni en las otras. Quedó porque reafirmó el concepto de que el Frente Amplio era casi imbatible en la capital del país. Algunos de los ganadores posteriores en la disputa por la Intendencia de Montevideo eran más populares y otros menos. Pero ninguno volvió a ser uno de los principales líderes izquierdistas, como cuando Tabaré Vázquez inició el ciclo capitalino del Frente Amplio en 1990.
Años después, Sendic —creador del electrodoméstico más conocido en la política uruguaya de los últimos años— cambió de postura y dijo que la heladera ya no era suficiente para que el Frente Amplio pudiera seguir gobernando la principal ciudad uruguaya. Le asistía razón, aunque de forma relativa. Porque la heladera seguía existiendo en ese inconsciente colectivo montevideano que ya se había enfriado, aunque su función parecía ser otra. En lugar de conservar en buen estado los alimentos, a los que conservaba era a los intendentes para dejarlos prontos para un desafío mayor.
¿Por qué? Porque lo que ocurrió en la última década fue que las dos personas electas como intendentes de Montevideo por el Frente Amplio resolvieron luego no competir por la reelección y en su lugar intentar transformarse en candidatos presidenciales de su fuerza política. El primero, Daniel Martínez, lo logró, aunque después perdió las elecciones nacionales. La segunda, Carolina Cosse, terminó siendo la compañera de fórmula de Yamandú Orsi y ahora es la vicepresidenta de la República.
Hoy apenas sobrevive la heladera. Está mostrando claros síntomas de deterioro, casi a punto de fundirse. Y nadie se ha tomado el trabajo de cambiarla o de al menos hacerle un service. Se nota. Se está notando cada vez más. Quizá no de forma masiva, pero los que se toman el trabajo de verla un poco más de cerca se están dando cuenta de que tiene pocos años de vida por delante.
Por eso, a priori, da la sensación de que la próxima elección departamental de Montevideo no va a ser una más. Nos estamos acercando a un punto de quiebre. Hay muchos votantes que están un tanto fastidiados por la frialdad con la que se viene manejando la ciudad y que empiezan a reclamar que los problemas se encaren de otra forma.
Montevideo está sucia y descuidada. No en todos lados, pero sí en los más poblados. Salta a la vista. Imposible recorrerla sin quedar con un gusto agridulce en la boca, por una belleza histórica y también por obras recientes que implicaron mejoras y que conviven en algunos puntos con la mugre y la desidia. Sea de quien sea la culpa, la ciudad está un tanto deslucida.
Basándose en las encuestas, eso no se estaría traduciendo en votos. El Frente Amplio sigue siendo el gran favorito en la capital del país. Está cerca del 50% en intención de voto en todos los sondeos de opinión y la mayoría de los montevideanos dan como un hecho que el próximo intendente será frenteamplista y que muy probablemente sea Mario Bergara.
Es posible que tengan razón y que el oficialismo no pierda la Intendencia de Montevideo, a la que viene gobernando desde hace 35 años. De todas formas, también es probable que esta elección pueda significar un antes y un después. Debería serlo. Porque la heladera no va a sobrevivir mucho tiempo más. Ya está, como dice el eslogan de la campaña electoral del candidato opositor con más posibilidades, el blanco Martín Lema. En eso parece no haberse equivocado Lema, como hace 15 años tampoco se había equivocado Sendic.
El asunto es el alcance de ese ya está. Lo podría capitalizar Bergara si realiza cambios importantes en la gestión de la capital. Supuestamente, al aceptar su postulación, transmitió a su entorno que su objetivo es ser reelecto y quedarse 10 años. Para lograrlo va a tener que promover y concretar unas cuantas medidas que sacudan la estructura actual. No es tiempo de tibiezas.
Del otro lado, Lema también parece que llegó para quedarse. Está decidido a dar la pelea por Montevideo, se tiene mucha fe para poder transformarse en intendente en esta instancia, pero si no lo logra, lo más sensato sería que al otro día de las elecciones ya comience a trabajar para hacerlo en 2030. Porque eso justamente es lo que le está haciendo falta a la Coalición Republicana en Montevideo. Tuvo candidatos de peso que lograron votaciones importantes, como Pedro Bordaberry, Edgardo Novick y Laura Raffo, pero después resolvieron dar el paso hacia el escenario mayor y competir por la presidencia de la República.
Lema va para otro lado, aseguran los que lo conocen. Se quiere quedar en Montevideo. Y es un buen candidato. Al punto que varios de sus correligionarios lo querían ya el año pasado corriendo la carrera presidencial, pero él optó por Montevideo. Está por verse con qué resultados. De todas formas, para lograr un objetivo importante, primero hay que quererlo y concentrarse exclusivamente en él, y este parece ser el caso.
Más allá de eso, lo más probable es que no lo logre de forma inmediata. Pero su incursión a fondo en Montevideo puede provocar un susto suficiente al oficialismo como para terminar de apagar la heladera y volver a entibiar el inconsciente colectivo capitalino. Sería una buena noticia. Para todos los montevideanos. Gane quien gane en 2025, en 2030, o en 2035, que sea el mejor para estar al frente de la mayor ciudad del Uruguay. Y que los electrodomésticos vuelvan a su lugar, desde donde nunca tendrían que haber salido.