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    El votante insensato

    En su libro El mito del votante racional. Por qué las democracias prefieren las malas políticas, Bryan Caplan considera que el dato incontestable de la irracionalidad del votante resulta imprescindible si lo que se busca es obtener un cuadro realista de la democracia en las sociedades modernas

    Columnista de Búsqueda

    Se le atribuye a Adlai Stevenson, gobernador de Illinois y dos veces candidato a la presidencia de Estados Unidos en la década de 1950, haber definido mejor que muchos analistas la tragedia democrática. Estaba en medio de un meeting donde no había mucha gente, pero los pocos eran verdaderamente entusiastas, y un ciudadano sonriente y valeroso le dice: “¡Gobernador Stevenson, todas las personas razonables estamos con usted!”. Adlai Stevenson replicó: “No es suficiente. Necesito tener mayoría”.

    He leído con una fruición que no tengo palabras para describir el libro de Bryan Caplan El mito del votante racional. Por qué las democracias prefieren las malas políticas (Madrid, Editorial Innisfree, 2016), obra que consigue demostrar lo que la empecinada empiria una y otra vez nos ha testimoniado o que alguna ideología estableció como verdad de su sistema, pero que todavía no había encontrado una certeza tan clara y tan robusta como la que surge de la investigación que propone. Dice Caplan que su finalidad es denunciar los caminos por los que se malogra la democracia, por los que se la convierte en la contorsionada caricatura del modelo que ampulosamente la enuncia.

    Su tesis es magníficamente obvia; sostiene: “Los electores son algo peor que ignorantes: son, en una palabra, irracionales, y votan en consecuencia. Los economistas y los psicólogos cognitivos suelen asumir que todo el mundo ‘procesa información’ en la máxima medida que su capacidad le permite. Sin embargo, el sentido común nos dice que sentimientos e ideologías y no únicamente los hechos desnudos o su elaboración influencian considerablemente nuestro juicio racional. La mentalidad proteccionista es muy difícil de desarraigar porque nos hace sentir bien. Cuando se vota bajo la influencia de convicciones erróneas que hacen sentirse bien, la democracia produce sistemáticamente políticas perniciosas. Como indica la máxima relativa al mundo de la programación: si metes basura, obtienes basura. No es que la irracionalidad generalizada sea un ataque dirigido exclusivamente contra la democracia, sino que afecta a todas las instituciones humanas. Este libro asume la premisa clave de que la irracionalidad, al igual que la ignorancia, es selectiva. Por lo general desatendemos toda información no deseada que atañe a materias que nos son indiferentes. Asimismo, afirmo que desactivamos nuestras dotes racionales cuando tratamos cuestiones cuya veracidad nos es indiferente. Los economistas llevan mucho tiempo argumentando que la ignorancia del votante es una respuesta con la que hay que contar si se tiene en cuenta el hecho de que un único voto carece de importancia. ¿Para qué informarnos sobre cuestiones y problemas si no está en nuestra mano modificar el resultado? Yo generalizaré está idea intuitiva: ¿para qué molestarte en controlar tus impulsos reflejos emocionales e ideológicos si no está en tu mano modificar el resultado?”.

    Considera este autor que el dato incontestable de la irracionalidad del votante resulta imprescindible si lo que se busca es obtener un cuadro realista de la democracia en las sociedades modernas. Su recorrido sobre la pendiente montañosa de la irracionalidad lo lleva a un precipicio desolador que parece no tener fin: junto con la irracionalidad se tiene de modo automático la irresponsabilidad ante el daño, el anonimato del mal, lo amorfo del desastre, la confusión danzante de las culpas, la imperturbable indiferencia por los resultados; los gobiernos y sus políticas estatales se padecen, es cierto, pero a nadie le incumbe evitar que ello ocurra; se vota a como dé lugar y con el menor esfuerzo mental posible. Tal es la base de moral lumpen que tiene la ceremonia electoral. Caplan, que es economista de profesión y anarcocapitalista de vocación, introduce el concepto de externalidad para explicar la índole del daño, esto es, las consecuencias buenas o malas no buscadas y no focalizadas de una acción; dice así: “Un votante insensato no se perjudica únicamente a sí mismo: también a todos aquellos que, de resultas de su irracionalidad, incrementan sus probabilidades de tener que vivir sujetos a políticas desacertadas. Como la mayor parte del coste de la insensatez del votante es ‘externa’, ya que la pagan otras personas, ¿por qué no darse el gustazo? Con un número suficiente de votantes que piensen de este modo, las políticas socialmente dañinas triunfarán por reivindicación popular”.

    Personas con hipersensibilidad ideológica o groseramente repetitivas deberían abstenerse de tratar con este libro.

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