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En el libro Elogio de la guerra, Rodrigo Sánchez de Arévalo propone 10 provocativas razones para defender las ventajas y la moralidad de la guerra por encima de los reclamos de la paz
La entrada de la Real Academia de Historia destinada a la figura de Rodrigo Sánchez de Arévalo nos dice que fue egresado de Salamanca, que nació en las cercanías de Segovia entre el año 1404 y murió en Roma, cuando servía al papa, en 1470. Era abogado y tuvo su crisis vocacional abrazando relativamente tarde el sacerdocio. Otras fuentes informan que se encuentra entre las figuras más prominentes del humanismo y es el español más notorio al adscribirse a ese movimiento. Escribió obras de derecho, trabajos en los que defiende el papado en su disputa con los conciliaristas, textos en los que plantea teorías de la argumentación y ese magnífico opúsculo titulado Elogio de la guerra (Editorial Secretos de Diotima, Madrid).
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Allí propone 10 provocativas razones para defender las ventajas y la moralidad de la guerra por encima de los reclamos de la paz. Dice: “Es más fácil alabar la paz que conseguirla. Si solo queremos elogiarla, nos bastan las palabras, pero, si deseamos conseguirla, necesitamos arrojo, fuerza, sentido común y un cúmulo no pequeño de virtudes. En el punto opuesto se halla la guerra. Es mucho más fácil conseguirla que elogiarla y salir indemne. Súmale a eso que quien elogia la paz se siente como iluminado. (…) Por el contrario, la sola mención de la guerra resulta tan horrible para cualquiera que nadie en su sano juicio podría no ya elogiarla, sino simplemente oír hablar de ella”.
Este libro es una contestación a un colega sacerdote con quien tenía fuerte amistad, pero que se mostró rudamente consternado con las opiniones del autor sobre precisamente la necesidad de guerra como principio de ordenación de las cosas del mundo. Sánchez de Arévalo se propone esclarecer las razones de su aparentemente insólita postura y de paso favorecer una toma de conciencia acerca de la profunda inserción de la ligereza analítica en cuestiones que deberían merecer algo más que la mera resolución moral o la santa expresión de deseos. La realidad es lo que es, más allá de lo que nos gustaría que fuera.
Para ello se funda en 10 evidencias que explican y defienden la guerra, a saber: la guerra es natural, está inscrita en el cuerpo y en su protección frente a la naturaleza, frente a los desbordes de nuestros semejantes; la guerra también es sobrenatural, pues la vida espiritual es lucha constante del alma contra las demandas del cuerpo, una colisión continua; la guerra tiene un claro fundamento cósmico, los cuerpos ora se atraen, ora se repelen, unos destruyen o vencen a otros; la guerra es recomendada por la autoridad de las Sagradas Escrituras (Dios del ejército; las cruzadas); la guerra es la fuente del orden en los Estados (“los reinos se pierden por la inacción de la paz, pero la guerra los hace eternos”); y lo más interesante por su actualidad, “Atrévete a dejar la ciudad sin soldados y verás lo que tardan en llevarse a las niñas del regazo de sus padres y en intentar seducir a sus madres, cómo se emponzoña lo sacro con lo profano y todo termina entre asesinatos e incendios; Vegecio, que lo sabía perfectamente, decía que la paz vivía más tranquila y con más calma bajo el amparo y la tutela del uso de la fuerza”; la guerra es una defensa legítima, porque “las armas no solo son imprescindibles, sino eficaces para mantener a raya los caprichos de las personas inmorales y los delitos de los criminales, por eso tiene sentido que la propia palabra milicia provenga de la expresión contener los males”; la guerra logra la paz, por aquello que decía Aristóteles de que nadie hace la guerra por la guerra, sino para conseguir la paz, y san Agustín sostiene que deseamos la guerra porque deseamos la paz; la guerra desarrolla las virtudes de la vida militar con el estoicismo, la prudencia, la valentía, la seriedad, el sentido hondo de compromiso; la guerra transmite a la vida civil las virtudes militares, muestra las ventajas de planificación, de la obediencia al mando y a las normas, de la disposición de lucha y la voluntad de ganar; y finalmente la guerra, por todo lo dicho, completa y mejora nuestra naturaleza.
La obra culmina con una admonición por demás oportuna a la paz: “Cuando la paz dura demasiado se hace acompañar de pésimos amigos, como el libertinaje, el deseo y muchas otras desgracias que no son ni menos ni más escasas que la guerra”.
Un libro que bien leído sería provechoso en estos tiempos de decadencia. Aunque dudo de que exista suficiente lucidez y coraje como para entenderlo.