Otrora se tendía a hablar de posmodernismo cuando se cuestionaban las ideas de progreso, racionalidad y verdad generalmente asociadas a la Ilustración y a Occidente. Actualmente, las referencias al posliberalismo y la posdemocracia son moneda corriente cuando se argumenta, desde posicionamientos ideológicos, políticos e intereses muy disímiles, sobre el supuesto ocaso del liberalismo y la democracia. Se han transformado en el victimario predilecto de los males y las insatisfacciones individuales y colectivas, así como de los autoritarismos de diverso signo.
Pongamos el foco en una mirada de más largo aliento sobre el liberalismo. El presente parece estar marcado por los embates que padece, provenientes en gran medida de las autocracias populistas y digitales, las denominadas “democracias iliberales” o, más bien, los autoritarismos no democráticos y las cleptocracias. Nos tendemos a olvidar que el liberalismo es también cuestionado desde: a) la cancelación al que piensa distinto; b) el prohibicionismo de ideas; c) el negacionismo de realidades objetivables como el cambio climático, y d) un anarcoliberalismo que reduce las personas a bienes o servicios transables en el mercado.
Parecería que también nos olvidamos que el liberalismo ha sido severamente cuestionado, y hasta diríamos defenestrado, desde el socialismo real y de su estigmatización como democracia “burguesa” o de libertades solo “formales” y no “reales”. La lista, pues, de cuestionamientos al liberalismo es de largo recorrido histórico, a derecha e izquierda, con culpas y responsabilidades compartidas. Quizás el común denominador del rechazo al liberalismo yace en desconfiar, subvalorar y negar las voluntades y las capacidades, y, en definitiva, la libertad de las personas para erigirse en los protagonistas de sus propias vidas.
Nos parece que el reposicionamiento del liberalismo de cara a cimentar un nuevo estado civilizatorio se enfrenta al doble desafío de profundizar en sus raíces filosóficas políticas, así como identificar qué dimensiones son clave incorporar para lograr una mejor conexión con las personas y la ciudadanía. No creemos que el liberalismo pueda solamente sostenerse por sus referencias políticas a la democracia, sino que requiere igualmente de basamentos espirituales, culturales y sociales que han sido descuidados por su excesiva politización, sobrecarga de política o por olvidarse de su impronta ética y humanística.
La prestigiosa revista Letras Libres, editada en México y España, “dedicada a la literatura, la cultura y la libre discusión de las ideas”, da cuenta, en su número de enero del 2026 , bajo el tema “Libertad entonces, la libertad ahora”, del intercambio entre renombrados intelectuales europeos y americanos en el marco de un encuentro celebrado en noviembre del 2025 en Ciudad de México. Su propósito fue hacer una puesta al día y en perspectiva sobre los “peligros que afronta la libertad en el siglo XXI”, enmarcada en un mirada de lo acaecido 35 años después de la caída del muro de Berlín, de la expansión de los autoritarismos, de las tensiones entre “pluralidad e identidad, entre globalización y nacionalismo” y de la erosión de los espacios comunes.
La legendaria y muy mencionada máxima, acuñada por el pensador y político italiano, Antonio Gramsci, de “pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad” (1920, revista L'Ordine Nuovo), refleja, en buena medida, el tenor de las conversaciones mantenidas entre intelectuales de los más variados pelos. Alternativamente a posicionamientos escatológicos y fatalistas sobre el final del liberalismo, el intercambio entre personalidades de fuste aporta insumos valiosos para recrear la confianza en su presente y futuro. Identificamos seis puntas posibles para repensar el liberalismo con la referencia respectiva al intelectual que abordó el tema durante el encuentro.
En primer lugar, el fundamento último del liberalismo radica en estimular y salvaguardar que las personas sean capaces de pensar con claridad por sí mismas, de tomar decisiones con base en su pensamiento autónomo y de poder participar activamente en la vida cívica (Paul Berman). Se trata de una cuestión existencial de vida, de poder ser libres, de disfrutar de la libertad para pensar y obrar, así como de relacionarse con los demás.
En segundo lugar, el liberalismo constituye un sistema de deliberación sobre el bien común, que implica que las personas reconozcan y participen en este (Mark Lilla), no solo a través del voto. Dicho sistema se concretiza a través de la democracia entendida como “el arte de posponer: este problema puedo resolverlo hoy; aquel otro, mañana” (Ivan Krastev). La democracia se da mal con el inmediatismo y las respuestas mágicas; más bien supone desarrollar una pedagogía de la honestidad, tolerancia, inclusividad y progresividad.
Nos enfrentamos al desafío de contrarrestar la percepción generalizada de que la democracia no tiene poder real para cambiar la vida de la ciudadanía (Jesús Silva-Herzog Marquez). La democracia implica una conversación civilizada que constituye el presupuesto epistemológico que le permite funcionar (referencia al filósofo, psicólogo y pedagogo estadounidense, John Dewey, por José María Lassalle). Asimismo, la democracia legitima el disenso como un subconjunto de la conversación (Julio Hubard).
En tercer lugar, el liberalismo no puede ser, en consecuencia, solo juzgado a partir del supuesto de que la política puede responder a todas las necesidades de la gente (la tentación “totalista”, de una sola llave, Leon Wieseltier). Lo que sí puede prometer son condiciones facilitadoras de la vida en sociedad que coadyuven a que las personas puedan desarrollarse autónomamente, a saber: “arreglos sociales justos, procesos políticos ordenados y decentes, y una cierta concepción de la dignidad intrínseca de cada ser humano” (Leon Wieseltier). El liberalismo no persigue y menos aún promete el paraíso anhelado o “perdido”, pero sí normas y reglas claras, justas y respetuosas que sean vinculantes y valgan para todos por igual. El liberalismo es, ante todo, garantista de la singularidad y del valor de la persona, que es el cimiento del ejercicio de los derechos humanos.
En cuarto lugar, el liberalismo circunscripto a un régimen político democrático dejaría de lado o minimizaría la relevancia que tiene para la persona que su vida tenga sentido (Mark Lilla). Si bien la condición humana no es el objeto real y, si se quiere, más visible de la política, se requiere que el liberalismo preste mayor atención a las necesidades espirituales de la gente, a la luz también de que los autoritarismos están siendo, aparentemente, más exitosos en responder a estas (Leon Wieseltier).
Se trata de encontrar “ese suplemento que el liberalismo carece” (Mark Lilla), desde dónde afirmarse, tener algunas certezas, sentirse seguro, ir más allá de lo puramente material y evitar jubilar a la metafísica (Enrique Krause). Cabe recordar que, en sus albores, el pensamiento liberal fue de raigambre espiritual, esto es, “muy conectado a las ideas de límite, de equilibrio, de justicia, y sobre todo de deber” (José María Lassalle).
En quinto lugar, el liberalismo en sus diferentes variantes —por ejemplo, liberalismo conservador, progresista y socialdemócrata— ha padecido una situación de debilidad similar, que es de ser visto como guardián de los intereses de las élites y alejado de las preocupaciones de la clase trabajadora (Ian Buruma). El liberalismo padece el doble efecto negativo de, por un lado, la aparente disolución de la persona en un individuo permeado por la meritocracia a secas y el egoísmo cruel en las decisiones que toma (pensamiento neoliberal y anarcoliberalismo, José María Lassalle); y, por otro lado, la pretendida hegemonía de los particularismos que encasillan y hasta asfixian a las personas en sus identidades de género, raza, clase social u otras. El filo antiliberal se refleja, por ejemplo, en que “hay que voltear la sociedad en su conjunto porque los heterosexuales están equivocados” o que “por ser lesbiana o gay o trans estás haciendo una transformación radical de la sociedad” (Gisela Kosak Rovero).
En sexto lugar, el liberalismo a la vez de fortalecer su impronta cultural y espiritual requiere ahondar en la dimensión social en cuanto a explorar respuestas creíbles y viables frente a las diferentes caras y crudezas de la desigualdad. El liberalismo en sus diversas variantes, y crucialmente la socialdemócrata, tendría que propulsar una agenda potente de políticas públicas que encare las desigualdades más clásicas como las asociadas al capital cultural, social y educativo, así como también las crecientemente visibilizadas que se relacionan a los genes, las identidades, los territorios y los algoritmos.
El liberalismo vive horas decisivas en cuanto a su legitimidad y sustentabilidad como posible basamento de un nuevo estado civilizatorio. Su fundamento último es la libertad de pensamiento de las personas sin ataduras ni condicionamientos, enmarcada en valores universales asociados al respeto, la integridad, la dignidad y la pluralidad, entre otros. Asimismo, el liberalismo implica conversaciones civilizadas sustentadas en regímenes democráticos, de reglas y disensos pactados, orientadas a mejorar la cultura del pensamiento y la calidad de vida de la gente.
La conexión con las personas, con sus existencias individuales y colectivas, o globalmente con su espiritualidad, es quizás el desafío más delicado que enfrenta el liberalismo a la luz de los embates negacionistas, a derecha e izquierda, del pensamiento autónomo y de la libertad de las personas. Cabe recordar sabias palabras de la filósofa y activista francesa, Simone Weil: “Solo quien (de verdad) piensa puede disponer de sus propias acciones y, en esa medida, ser libre”. De eso trata el liberalismo.