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Si nuestras democracias liberales van perdiendo terreno frente al recetario populista es también porque, lentamente, como una gota de agua que horada la roca, cada vez más gente ve como aceptable aquello que antes le parecía una locura
En una escena de La ley de la calle (así fue como se conoció en el mundo de habla hispana la película Rumble Fish, de Francis Ford Coppola), Smokey le dice a Rusty James: “Sabes, si hubiera pandillas como antes, yo estaría al mando, no tú. Tú serías el segundo. Quizás te las arreglaste un tiempo gracias a la reputación del Chico de la Moto, pero hay que ser listo para dirigir las cosas. No tienes la inteligencia de tu hermano. No es nada personal, Rusty James, pero nadie te seguiría a una pelea porque tú harías que la gente muriera, y nadie quiere morir”.
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La película, maravillosa, áspera y poética, cuenta la historia de Rusty James, un adolescente que, mientras se mete en toda clase de líos violentos, añora una época que no vivió y aspira a liderar una pandilla, tal como lo había hecho años atrás su hermano mayor, el Chico de la Moto. Lo interesante es que, mientras el Chico de la Moto —que con apenas 21 años ya está completamente quemado— le dice que las pandillas no eran algo bueno y que mejor se dedique a otra cosa, Rusty James no logra salir del loop de su fantasía. Básicamente, porque esa fantasía es el único contraste que logra imaginar respecto a su vida, que se desarrolla en medio de la pobreza, con familia disfuncional y padre alcohólico incluido.
Así, en un contexto violento y empobrecido, donde todos los días son siempre igual de malos, Rusty James elige fantasear con pandillas antes que lidiar con la realidad que lo abofetea. Sin ser exactamente una película de carácter social, la sensación de empantanamiento total en la que parecen vivir todos los personajes de Rumble Fish constituye una reflexión profunda sobre lo que implica nacer “del lado equivocado del río”, como le dice en cierto momento a Rusty su padre. Para este, que apenas tiene un recuerdo difuso de eso que añora vivir, la salida siempre es la fantasía violenta de las pandillas. Pero, como le recuerda Smokey, morir tampoco es algo que nadie quiera.
De alguna forma extraña, sin un corte abrupto, como deslizándonos por una pendiente poco perceptible pero muy resbaladiza, las élites políticas globales parecen ir acercándonos de manera inexorable a la violencia global. Es como si casi ninguno entre ellos recordara que nadie quiere un liderazgo que solo complique más las cosas. Que, aunque el presente nos resulte claramente perfectible, a veces la alternativa a eso que nos parece insuficiente puede ser peor. Y entonces la gente muere. Muere de manera absurda, incluso en un país que se supone pacífico, como Uruguay. Muere como murió el adolescente Jonathan Correa hace unas semanas. Muere como murió Juan Carlos Mendoza, asesinado en una discusión de tránsito.
Es como si estuviéramos olvidando cuán frágiles son los acuerdos sociales que tenemos entre nosotros. Pareciera como si el problema no fuera solo un asunto de élites políticas, sino de la clase de barro sobre el que caminamos todos. La idea de que los liderazgos son quienes deben ayudarnos a salir del barro es la más común. Pero, claro, cuando eso no ocurre o cuando se percibe que eso no ocurre, la alternativa comienza a mostrar la patita. Y no siempre lo que aparece como alternativa es mejor.
Tal como ocurre con Rusty James y su añoranza por ese glorioso tiempo de pandillas que jamás existió, comienza a aparecer entre nosotros la desesperación y los pedidos de “mano dura” o lo que sea que se crea necesario para cambiar el actual estado de las cosas. Tal como le ocurre al personaje interpretado por Matt Dillon, eso resulta en una simplificación de problemas que son complejos y de difícil resolución. Evidentemente, esos problemas deben ser resueltos, pero es una fantasía que sea sencillo hacerlo. Simplificar nos acerca siempre al populismo, sea este de izquierda o derecha. Es decir, a un modelo de pensamiento que ofrece “soluciones” que, de tan mágicas, no son tales.
La clave del comentario de Smokey en la película es la inteligencia. Nadie debería querer seguir a un líder obtuso que con sus acciones logra que todos terminemos muertos. Y sin embargo, acá estamos, en medio de una situación de guerra en varios frentes, con un Occidente sin liderazgos claros y con una duda enorme sobre las capacidades y la competencia de los liderazgos realmente existentes. Como si, cada vez más, eligiéramos el canto de sirenas populista por encima de lo que hasta hace poco parecían democracias liberales sólidamente fundadas. Como si, ante la relativa incapacidad de esas democracias para resolver los problemas que enfrentan, una parte cada vez mayor de los electorados se volcara por las soluciones en clave “realismo mágico a lo Bukele”. Es verdad, no se le puede reprochar a la gente que quiera vivir bajo ciertos mínimos de seguridad, oportunidades y contención. Lo que es más dudoso es que esos mínimos se alcancen de manera sostenida siguiendo el recetario de Rusty James.
En la película, ese personaje tiene 17 años. Rusty es un adolescente que en esencia solo se hace daño a sí mismo y quien, en el contexto en que vive, tampoco está haciendo nada demasiado extraordinario: allí todos son disfuncionales y, de cerca, nadie es normal. Pero es eso, un adolescente que sabe poco y nada de la vida. Que se pregunta quién es y qué quiere. Y quien la mayor parte del tiempo ni siquiera es consciente de que se está haciendo esas preguntas. A un liderazgo político se le debería pedir algo más que simplificaciones y expresiones de deseo. Especialmente cuando no es para nada seguro que las simplificaciones mejoren algo de aquello que se desea mejorar.
En otro memorable diálogo de Rumble Fish, Rusty James le pregunta a Benny, el cantinero interpretado por Tom Waits, cómo se sabe si alguien está loco. Benny contesta: “Bueno, no siempre se sabe. Depende de cuánta gente piense que están locos”. A la inversa, si nuestras democracias liberales van perdiendo terreno frente al recetario populista es también porque, lentamente, como una gota de agua que horada la roca, cada vez más gente ve como aceptable aquello que antes le parecía una locura. Uno no es consciente de que está viviendo una distopía hasta que lleva un rato largo dentro de ella. Y a veces ni siquiera así la percibe. Porque aquello que antes nos pareció loco hoy nos parece sentido común y, para algunos, incluso un mal necesario.
Quizá no sea mala idea recuperar el fondo de lo que Smokey le dice a Ruysty James: que solo la inteligencia logrará que no terminemos todos muertos. Que los malos líderes son quienes crean un problema y después se ofrecen para resolverlo, mágicamente. Que los buenos líderes son aquellos que consideran a los ciudadanos adultos que pueden entender lo complejo que es solucionar los problemas en el mundo real. Que las soluciones mágicas, por muy bien que suenen, no existen. Y que, casi siempre, la magia resulta ser un remedio peor que la enfermedad.