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El verdadero desafío de la inteligencia artificial no es únicamente tecnológico, es cultural y psicológico; obliga a revisar la manera en que entendemos el aprendizaje, el trabajo y el desarrollo profesional
En febrero de 2024 la fintech sueca Klarna anunció algo que años atrás hubiera parecido ciencia ficción. Su nuevo asistente de inteligencia artificial (IA) podía realizar el trabajo equivalente al de 700 agentes de atención al cliente. La empresa, que ya había reducido su plantilla desde más de cinco mil empleados hasta cerca de tres mil cuatrocientos, presentó la herramienta como un salto extraordinario de productividad. Para muchos trabajadores, en cambio, fue una señal inquietante sobre el futuro del empleo.
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No fue un caso aislado. Amazon eliminó decenas de miles de puestos en diferentes divisiones mientras aceleraba la adopción de automatización y sistemas de IA en logística, atención al cliente y análisis de datos. Google también anunció recortes en áreas vinculadas a publicidad y operaciones al mismo tiempo que redirigía inversiones hacia el desarrollo de IA generativa. Incluso empresas tradicionales fuera del núcleo tecnológico comenzaron a seguir el mismo camino. Desde compañías de software hasta gigantes de la logística, cada vez más organizaciones descubren que ciertas tareas que antes requerían equipos enteros ahora pueden resolverse con algoritmos.
Los titulares se repiten con una lógica similar. Despidos, reorganizaciones, eficiencia, inteligencia artificial. Pero detrás de cada anuncio hay una pregunta más profunda que empieza a inquietar a trabajadores de todo el mundo. Si las máquinas pueden hacer cada vez más tareas cognitivas, cuál es el lugar que queda para nosotros.
Conviene darle un poco de perspectiva a esta pregunta que parece casi apocalíptica. A finales del siglo XIX, durante la Revolución Industrial, miles de trabajadores también vieron cómo las máquinas transformaban sus oficios. Artesanos, tejedores y agricultores perdieron su lugar en economías que se reorganizaban alrededor de fábricas y nuevas tecnologías. En ese momento el cambio ocasionó miedo, resistencia y conflictos sociales. Sin embargo, con el tiempo también surgieron nuevas industrias, nuevas profesiones y nuevas formas de organización del trabajo. Incluso con mirada retrospectiva, el fútbol, que había empezado incipientemente años antes, se transformó en un deporte moderno en Inglaterra en 1863 como forma de responder al ocio que la desocupación había provocado. Años más tarde supimos armar una nueva industria alrededor de esa actividad. Se crearon miles de puestos de trabajo, profesiones, tareas en torno a algo que hace algo más de 100 años no existían.
Hoy estamos atravesando un proceso que nos hace recordar claramente algunas características de aquel momento histórico. La diferencia es la velocidad. Las máquinas de la Revolución Industrial reemplazaban principalmente fuerza física. La IA comienza a reemplazar tareas cognitivas que durante décadas definieron el trabajo del conocimiento. Actividades como analizar información, escribir textos, programar códigos o responder consultas de clientes ya pueden ser realizadas por sistemas automatizados con niveles de eficiencia cada vez mayores.
Frente a este escenario, muchas personas sienten que el suelo bajo sus pies se vuelve inestable. Los despidos masivos que aparecen en las noticias suelen interpretarse como fracasos personales. Sin embargo, en muchos casos reflejan algo distinto. Responden a cambios estratégicos en las empresas, a transformaciones tecnológicas o a nuevas formas de organizar el trabajo en un entorno económico incierto. Perder un empleo no necesariamente es una señal de que las capacidades de una persona dejaron de ser valiosas. A menudo es una consecuencia de un sistema productivo que se está rediseñando a gran velocidad.
Este cambio obliga a repensar una idea que durante décadas parecía estable. Durante gran parte del siglo XX la narrativa dominante del trabajo era relativamente clara. Estudiar, especializarse, conseguir un empleo y construir una carrera progresiva dentro de una organización. El conocimiento se acumulaba y la experiencia se convertía en un activo cada vez más valioso.
En el mundo actual esa lógica empieza a mostrar sus límites. La velocidad del cambio tecnológico hace que las habilidades se vuelvan obsoletas mucho más rápido. La carrera profesional ya no puede entenderse como una trayectoria lineal basada en una sola especialización. Cada vez más se parece a un proceso continuo de aprendizaje, adaptación y reinvención.
Diversos estudios sobre liderazgo y desarrollo profesional coinciden en un punto central. Las cualidades que hoy definen a los profesionales más valiosos no son únicamente las habilidades técnicas, sino también la curiosidad intelectual, la flexibilidad mental y la capacidad de aprender de manera constante. Ejecutivos y trabajadores necesitan mantenerse actualizados en conocimientos técnicos, financieros, tecnológicos y de gestión para no quedar rezagados en un entorno que cambia de forma permanente.
Quienes dejan de aprender corren el riesgo de quedar atrás en mercados que evolucionan rápidamente. Pero este desafío también exige cambiar la manera en que entendemos la experiencia. Durante décadas el objetivo profesional era convertirse en un experto. La experiencia acumulada era vista como una garantía de valor. En el contexto actual, esa misma experiencia puede convertirse en una trampa si limita la capacidad de pensar de manera diferente.
Investigadores del comportamiento organizacional han señalado que cuando una persona alcanza un alto nivel de dominio en un área existe el riesgo de que su pensamiento se vuelva rígido. El éxito pasado puede reforzar patrones mentales que dificultan ver nuevas oportunidades o imaginar soluciones distintas. Algunos especialistas llaman a este fenómeno atrincheramiento cognitivo.
Por esa razón, algunos líderes han comenzado a promover una práctica que puede parecer contraintuitiva. Consiste en buscar deliberadamente situaciones en las que uno vuelve a ser principiante. Aprender un idioma nuevo, experimentar con una disciplina artística, practicar un deporte desconocido o explorar actividades completamente ajenas al propio campo profesional. Cuando una persona se enfrenta a algo que no domina, el cerebro se ve obligado a crear nuevas conexiones y a desarrollar mayor flexibilidad cognitiva.
Estas experiencias pueden parecer pequeñas frente a una transformación tecnológica tan profunda como la que produce la IA. Sin embargo tienen un efecto importante. Cultivan la curiosidad, la apertura mental y la capacidad de adaptarse a lo inesperado. En un entorno donde las tecnologías evolucionan constantemente, esas cualidades se vuelven más valiosas que cualquier conocimiento específico.
El caso de Phil Tippett ilustra con mucha claridad cómo un avance tecnológico puede transformar por completo una profesión. Tippett era, en ese momento, el mayor experto del mundo en stop-motion, la técnica de animación cuadro por cuadro a partir de la utilización de maquetas físicas. Su trabajo había marcado un antes y un después en el cine: fue el genio detrás de los icónicos AT-AT de Star Wars y también el responsable de diseñar y animar los dinosaurios originales que se planeaban para Jurassic Park. Sin embargo, durante la preproducción de la película en 1993 ocurrió un giro inesperado. Steven Spielberg vio una prueba de animación digital (CGI) creada por un pequeño grupo de artistas de Industrial Light & Magic. En la pantalla, los dinosaurios digitales se movían con una fluidez y naturalidad que el stop-motion simplemente no podía igualar. Al ver esa demostración, Tippett comprendió inmediatamente lo que significaba ese cambio tecnológico y se giró hacia Spielberg para decir una frase que quedó para la historia: “I think I’m extinct” (“Creo que estoy extinguido”). Esa reacción resume con precisión el miedo que hoy sienten muchos profesionales frente al avance de la inteligencia artificial.
La situación de Tippett permite trazar un paralelismo muy claro con el presente: el animador de maquetas de entonces se parece mucho al redactor, programador o analista de hoy frente a la IA. Tras aquel momento, Tippett atravesó un verdadero duelo profesional y cayó en una depresión profunda, convencido de que sus manos y su conocimiento artesanal habían quedado obsoletos. En cambio, en lugar de abandonar la industria, decidió reconvertirse. Aprovechó lo que la máquina todavía no tenía: su comprensión profunda de la biología, el movimiento y la anatomía de las criaturas. Así pasó a supervisar a los animadores digitales, guiando cómo debían moverse los dinosaurios para que se sintieran reales. La lección es clara: la herramienta cambió —de la arcilla al software—, pero su ojo experto siguió siendo el verdadero valor diferencial.
Todo esto sugiere que el verdadero desafío de la inteligencia artificial no es únicamente tecnológico. Es cultural y psicológico. Obliga a revisar la manera en que entendemos el aprendizaje, el trabajo y el desarrollo profesional.
La historia muestra que las grandes transformaciones tecnológicas siempre crean nuevos espacios de actividad humana. La Revolución Industrial eliminó muchos oficios tradicionales, pero también creó profesiones que antes no existían. Ingenieros, diseñadores industriales, técnicos especializados y una enorme variedad de roles asociados a nuevas industrias surgieron en ese período.
La IA probablemente seguirá un camino similar. Algunas tareas desaparecerán o se automatizarán. Otras cambiarán profundamente. Y al mismo tiempo surgirán profesiones nuevas que hoy apenas comenzamos a imaginar. En ese contexto, la ventaja más importante para las personas no será dominar una herramienta específica, sino desarrollar una mentalidad adaptable. Aprender rápidamente, cuestionar lo que parece obvio, explorar nuevas áreas de conocimiento y aceptar la incomodidad de lo desconocido.
Quizás la lección más importante de esta nueva era es que el trabajo ya no puede definirse solo por lo que sabemos hacer hoy. Debe entenderse también por nuestra capacidad de seguir aprendiendo mañana. En un mundo donde las máquinas aprenden cada vez más rápido, la ventaja más humana que tenemos sigue siendo la misma de siempre: nuestra capacidad de reinventarnos para no quedar extinguidos.