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    Eternamente en el mismo ‘loop’

    ¿Es bueno para el ciudadano tener a las administraciones quejándose durante meses del muerto que les dejó la administración anterior y desmantelando parte de los proyectos iniciados en el período previo, o sería mejor que las autoridades entrantes puedan operar sobre unos mínimos consensuados?

    Columnista de Búsqueda

    Recuerdo la primera vez que escuché la expresión “quedar en loop” referida a una situación de la vida real y no a la programación en informática. Debe haber sido a mediados de los ochenta, cuando todos estábamos como locos estudiando Basic, porque las computadoras eran la nueva gran cosa que se venía. Aquel “quedar en loop” se refería a la gente que se quedaba repitiendo las mismas acciones de manera cíclica, sin poder salir de ese mismo rizo o bucle. En informática se sale del loop cuando la condición establecida por la programación se cumple. Pero ¿qué ocurre cuando, en nuestros loops de la realidad, la condición nunca llega a cumplirse? Pues que quedamos en loop para siempre.

    Algo de eso es lo que se siente al leer noticias en las que las nuevas autoridades de gobierno reniegan, tanto en sus dichos como en sus acciones, de las decisiones del gobierno previo. También cuando se anuncian medidas que se limitan a reponer rutinas previas de dudosa efectividad o a restituir cosas que seguramente nunca deberían haberse interrumpido. Pienso, por ejemplo, en la ministra de Industria, Fernanda Cardona, quien en una entrevista con El Observador apuntaba que el gobierno, el suyo o cualquiera, debe tener objetivos a mediano y largo plazo, más allá de atender y resolver problemas específicos. Cardona consideraba que a la anterior administración le faltó esa mirada estratégica y que eso plantea hoy un panorama complicado en, por ejemplo, telecomunicaciones.

    Lo interesante es que, el mismo día en que la ministra hacía públicamente esas declaraciones, las nuevas autoridades de la Intendencia de Montevideo anunciaban su plan de limpieza, informando que dicho plan incluía cientos de nuevas papeleras en toda la ciudad. Las papeleras fueron retiradas en la anterior administración municipal, que también fue del Frente Amplio. Así, la idea de que la falta de continuidad en las políticas públicas se debe a que son administraciones de distinto signo político es dudosa en este caso. Porque esos quiebres se parecen más a una falta de visión estratégica sobre el conjunto de las acciones que se emprenden desde el gobierno (municipal, en este caso), que a una cuestión ideológica.

    Es verdad, las ideologías que nutren a las distintas opciones políticas suelen poner distintos énfasis en los distintos aspectos de su intervención en la realidad. De hecho, en una democracia de partidos, esa es la razón por la que la oferta es variada y múltiple: porque las distintas ideologías implican, se supone, determinadas formas de hacer las políticas públicas. Y sin embargo, el rango en que estas políticas se vuelven efectivas está siempre acotado por razones mucho más realistas que las ideológicas: es la economía, estúpido.

    Ahora, una vez aceptados los límites que impone la realidad de los números, ¿es bueno para el ciudadano tener a las administraciones quejándose durante meses del muerto que les dejó la administración anterior y desmantelando parte de los proyectos iniciados en el período previo, o sería mejor que las autoridades entrantes puedan operar sobre unos mínimos consensuados? La pregunta es válida porque, en esa misma entrevista, la ministra Cardona apuntaba que, y cito la nota de El Observador, “hasta que la política de telecomunicaciones” no esté “lo más consensuada posible”, tendrán el “resguardo” de “no innovar” con las licencias a cableoperadores para brindar servicio de internet. Es decir, se termina optando por una suerte de momentáneo inmovilismo como respuesta ante esa falta de consenso.

    Recuerdo las risas que provocaba hace unos años cuando participaba del programa Todas las voces y señalaba la ineficiencia de esa forma de hacer las cosas, planteando la necesidad de políticas que vayan más allá del ciclo electoral y hasta de los partidos. Para mis compañeros de panel, esa idea era no solo irrealizable, sino graciosa. ¿Por qué construir consensos a largo plazo si en este momento tengo la mayoría parlamentaria para aprobar lo que quiero y necesito, y, además, me eligieron para gobernar? Bueno, entre otras razones porque es la única forma de evitar los bandazos cuando cambian los gobiernos. Y, como el caso de las papeleras recuerda, no hace falta siquiera un cambio de color gubernamental para que todo siga en el mismo loop, corriendo para seguir en el mismo lugar.

    Y ahí andamos, en una suerte de gatopardismo de baja intensidad, en donde seguir siempre en el mismo lugar es vendido como una innovación top. En donde la falta de consensos nos condena a hacer poco, por si las dudas. Sin que nunca se cumpla del todo la condición para salir del rizo que nosotros mismos creamos, con nuestra visión cortoplacista y sectaria. Porque, conviene tenerlo claro, son los políticos que elegimos en cada período quienes terminan haciendo realidad efectiva esa falta de continuidad. Suena contradictorio, pero, a esta altura, un rasgo identitario de nuestras políticas públicas es que siempre se presentan como fragmentarias, como decisiones partidarias y no de Estado. Y eso habilita a que unos se anoten unos porotos sacando unas papeleras y los que vienen después se anoten otros porotos poniéndolas otra vez. O que los proyectos sean abandonados y queden sin concluir, sobre todo en el caso de proyectos de largo aliento.

    Esto no quiere decir que todas las opciones sean iguales y que dé lo mismo votar a Cacho o a Pocho. La diversidad de miradas y de conceptos que nutren las políticas públicas es real y saludable. Pero eso es una cosa y otra que al ciudadano se le proponga cada cinco años un menú que se le vende como infalible, pero que luego no puede realizarse porque “los otros” dejaron todo en un estado calamitoso o porque faltan apoyos. Es verdad que cuando no se encuentran consensos las políticas deben ejecutarse de todas formas, ya que los gobiernos existen para gobernar. Pero sería interesante tasar en pesos el capital que se pierde con todos los loops en los que estamos inmersos por falta de una mirada estratégica. Una que, sin omitir las ideologías y sus matices (que pueden ser muy profundos), sea capaz de operar en la realidad con eficiencia.

    Ser eficiente en las políticas públicas no es un capricho capitalista. Al revés, es darle al dinero de todos el uso más social posible. Es asegurar que se gasta cada peso de manera sensata, especialmente en esos proyectos estructurales que deben transformar al país de manera profunda a lo largo del tiempo. No se pueden tener dos o tres políticas de infraestructuras, eso es un delirio que siempre termina en un mal uso del dinero común. Es asegurar también que se puede operar de acuerdo con los planes trazados y no adjudicar el inmovilismo a la falta de consensos u apoyos que, quizá, antes no se buscaron.

    Mientras el ciudadano acepte un ciclo que no encuentra nunca la condición para salir y proyectarse, seguiremos con el juego de las papeleras que van y vienen y en el de la falta de consensos que permitan cambiar. Mientras el ciudadano confirme con su voto que le parece razonable el monumental despilfarro de dinero, recursos humanos y tiempo que se va en las idas y venidas de cada ciclo político, seguiremos eternamente en el mismo loop.

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