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    Ganó Atchugarry

    Pocos dirigentes políticos de los últimos tiempos son más representativos de la idiosincracia uruguaya que el exministro de Economía Alejandro Atchugarry. Por lo moderado, por lo dialoguista, por lo austero en su forma de vivir pero también por lo poco pasional a veces, por lo lejos de los fanatismos y por esa forma de comunicarse pausada, poco explosiva, un tanto monótona, sin hacer olas, pero que resultaba convincente para muchos. Un uruguayo promedio con todas las letras. Le faltaba solo el termo y el mate, a los que había sustituido por la Coca-Cola Light y el cigarrillo.

    Lo eligió el expresidente Jorge Batlle en medio de la crisis de 2002 para que, con su tono cansino y su paciencia casi infinita, lograra enfriar un poco lo que estaba prendido fuego. Y lo logró. Atchugarry fue uno de los responsables de la salida de la crisis y adquirió una popularidad importante. Tanto que Batlle lo pensó como su eventual heredero pero el entonces ministro de Economía no quiso competir por la presidencia. Años más tarde falleció y entró en el terreno de la leyenda.

    Hoy, a menos de una década de su muerte, ganó Atchugarry. Cuando en la noche de ayer, domingo 30, se terminaron de contar los votos y se anunciaron los ganadores, ganó Atchugarry. Y no exactamente en el Partido Colorado, su partido. Allí el que se impuso es el representante en esa colectividad de la renovación y de una nueva forma de concebir la política: Andrés Ojeda. El exministro de Economía ganó en las dos colectividades principales, las que tienen posibilidades ciertas de ser gobierno: el Partido Nacional y el Frente Amplio.

    Ganó porque tanto el blanco Álvaro Delgado como el frenteamplista Yamandú Orsi son sus más fieles herederos. Ellos dos serán los principales competidores para octubre y muy probablemente tendrán una segunda instancia en noviembre. Entre ellos tienen muchas cosas que los separan, en especial las ideologías y los bloques que representan. Eso está fuera de discusión.

    Pero vale la pena detenerse en esta oportunidad en lo que los asemeja. Ya habrá muchas oportunidades para analizar sus distintas propuestas, enfoques, formas de encarar los temas y los modelos que cada uno de ellos representan. Sin embargo, una de las primeras cosas dignas de ser destacadas es que también tienen muchas similitudes y quizá la principal es que los dos comparten muchas de las características que tuvo Atchugarry.

    Esta constatación, a priori, no es ni buena ni mala: es un hecho. Los candidatos que inician la carrera esta semana hacia la banda presidencial son hasta demasiado uruguayos, al estilo Atchugarry.

    Lo son en su forma de encarar los temas. Ambos tienen un tono pausado, mesurado y no son de hacer declaraciones muy grandilocuentes ni tampoco demasiado polémicas. Son dialoguistas, cuidadosos por demás a veces y tratan de convencer antes de actuar, algo muy distinto a otros de los dirigentes políticos que los precedieron.

    Lo son en sus orígenes. Tanto Orsi como Delgado surgieron mediante el impulso de los dos principales líderes políticos uruguayos durante los últimos años y hasta la actualidad. El primero, del expresidente José Mujica, y el segundo, del actual mandatario Luis Lacalle Pou. Eso no quiere decir que no tengan diferencias con Mujica y Lacalle Pou porque las tienen y muchas. Pero comparten esos padrinazgos políticos que nunca rompieron ni, por lo visto hasta ahora, tienen pensado romper.

    Lo son en su forma de mostrarse públicamente, de vestirse, de recorrer los distintos lugares y de dirigirse a sus eventuales votantes. Tienen modos parecidos. Cuentan con esa idiosincrasia muy uruguaya, con ese prototipo oriental incorporado en cada una de sus apariciones públicas. También en su forma de gestionar y de intentar resolver los problemas se parecen entre sí y a Atchugarry, como sus dignos herederos.

    Como si eso fuera poco, mantienen una muy buena relación entre ellos. Es más, se han reunido varias veces durante el último quinquenio sin ninguna comunicación pública ni cámaras que lo registraran. Tuvieron juntos más de un “asado”, de esos que tanto caracterizan a los uruguayos. Y lo hicieron por afinidad y con una agenda abierta, no para generar un hecho político ni para marcar la agenda sino para encontrar coincidencias en silencio. Eso, con los resultados a la vista, es probable que tenga una incidencia en lo que queda hacia adelante.

    Lo que sí ninguno de los dos cumple, al menos todavía, es con las condiciones de los caudillos históricos que pautan la política uruguaya. Están por primera vez en el rol protagónico de sus respectivos partidos políticos y lo adquieren atrás de dirigentes con una popularidad avasalladora. Los dos además, Lacalle Pou en el caso de Delgado y Mujica en el caso de Orsi, siguen teniendo un rol protagónico en la opinión pública. No la tienen fácil. Tendrán todos los focos apuntándoles durante los próximos meses pero las exigencias serán altas.

    Esto puede significar que el que pierda la contienda final por la presidencia de la República tenga dificultades para poder mantener el liderazgo que tendrá al menos hasta fines de octubre, cuando se celebren las elecciones nacionales, y seguramente hasta noviembre, cuando se concrete una muy probable segunda vuelta. Difícil que el que pierda pueda repetir con las mismas condiciones dentro de cinco años como el abanderado de su colectividad. Pero eso está por verse.

    Quedan cuatro meses para las elecciones nacionales y los dos favoritos tienen mucho para hacer por delante. También los demás, y sobre todo el colorado Ojeda, el cabildante Guido Manini Ríos y el independiente Pablo Mieres. Más allá de todo eso, que será muy importante para el resultado final, es un hecho que ganó la penillanura levemente ondulada, de un lado y del otro. Se impuso el camino del medio, y eso cambia el panorama hacia el futuro.

    Algunos piensan que puede llegar a ser aburrida la campaña que hoy comienza. Puede ser, pero capaz que también sirva como para apagar a los piromaníacos que dominaron la previa a las internas. Si llega a ser así, es una buena noticia para Uruguay. Porque lo preferible siempre es que gane el mejor y no el menos malo. Y comparar los talentos en lugar de los defectos o las propuestas del gobierno, en lugar de los casos de corrupción. Pero eso también está por verse.