Pocas obras de la literatura universal han explorado con tanta intensidad los laberintos de la mente humana como Hamlet, la célebre tragedia de William Shakespeare. Escrita a comienzos del siglo XVII, la obra cuenta la historia del príncipe de Dinamarca sumido en una crisis existencial tras la muerte de su padre y el súbito matrimonio de su madre con su tío. Pero lo que ha fascinado durante siglos no es solo su historia de traición, locura y venganza, sino el modo en que Hamlet posterga una y otra vez la acción que lo definiría: vengar a su padre.
Atrapado entre el deber y la duda, entre el pensamiento y el acto, Hamlet representa una figura paradójicamente contemporánea: alguien que sabe lo que tiene que hacer, pero no puede evitar postergarlo. En su famosa frase “ser o no ser”, podríamos pensar que su dilema no es solo sobre la vida o la muerte, sino también sobre el impulso de actuar o el hábito de aplazar.
Hoy, en un mundo saturado de decisiones, notificaciones y expectativas, la figura de Hamlet se nos aparece con una desafiante familiaridad. ¿Cuántas veces nos encontramos, como él, rumiando pensamientos frente al espejo de nuestras pantallas, sabiendo qué debemos hacer, pero eligiendo —con o sin excusa— dejarlo para mañana? ¿Cuántas decisiones tenemos pendientes hoy y buscamos una y otra vez caminos fáciles, conocidos y repetidos para evitar dar los pasos que tenemos que dar?
Lo más probable es que en este mismo momento estés postergando algo. Tal vez incluso estés leyendo este artículo para hacerlo. ¿Por qué procrastinamos, a pesar de que sabemos que va en contra de nuestros mejores intereses? ¿Cómo podemos superarlo, preferiblemente sin odiarnos a nosotros mismos o a las técnicas que usamos en el proceso?
La procrastinación es una condición humana. Alrededor del 95% de las personas admiten posponer decisiones o tareas, según Piers Steel, autor de La ecuación de la procrastinación. Probablemente (y esto es una opinión personal) yo diría que el 5% restante está mintiendo. En su investigación, Steel identifica un conjunto de siete factores desencadenantes que hacen que una tarea parezca más adversa. Traé a la mente algo que estés posponiendo en este momento y, probablemente, descubrirás que esa tarea tiene muchas —si no todas— de las características que, como descubrió Steel, hacen que una tarea sea digna de procrastinación: es aburrida, frustrante, difícil, ambigua, estructurada, no es intrínsecamente gratificante o tiene falta de sentido personal.
A nivel neurológico, dice Estanislao Bachrach en su libro Zensorialmente, la procrastinación no encierra nada que tenga que ver con el pensamiento lógico. Es el resultado de la parte emocional del cerebro, particularmente del sistema límbico, que fortalece la parte razonable y racional del cerebro, la corteza prefrontal. La parte lógica del cerebro se rinde en el momento en que elegimos navegar por reels en Instagram durante el trabajo, o decidimos darnos un atracón de otro episodio de El Eternauta al llegar a casa en lugar de ir al gimnasio y cumplir con la rutina que teníamos planificada.
El problema es que nuestros cerebros están programados para procrastinar. En general, todos tendemos a luchar con tareas que prometen ventajas futuras a cambio de los esfuerzos que hacemos ahora. Esto se debe a que es más fácil para nuestro cerebro procesar cosas concretas en lugar de abstractas, y la molestia inmediata es muy tangible en comparación con esos beneficios futuros tan inciertos como impredecibles. Por lo tanto, el esfuerzo a corto plazo domina fácilmente el lado positivo a largo plazo en nuestras mentes.
Pero hay una manera de darle la ventaja al lado lógico de tu cerebro. Al notar que se acerca un enfrentamiento entre la lógica y la emoción, podemos resistir el impulso de procrastinar. Se trata de revertir los desencadenantes de la procrastinación y usar algunas pistas para poder bajar su nivel de incidencia en nuestro día a día.
Visualizar lo grandioso que será lograrlo. Los investigadores han descubierto que las personas son más propensas a ahorrar para su futura jubilación si se les muestran fotografías digitales de sí mismos avejentados. ¿Por qué? Porque hacen que su yo futuro se sienta más real, haciendo que los beneficios futuros del ahorro también se sientan más pesados. Cuando aplicamos una versión de esta técnica a cualquier tarea que hemos estado evitando, tomándonos un momento para pintarnos una imagen mental muy real de los beneficios de hacerla, a veces alcanza para desatascarnos. Así que, si hay una llamada que estás evitando o un correo electrónico que estás posponiendo, dale una mano a tu cerebro imaginando la virtuosa sensación de satisfacción que tendrás una vez que lo hayas hecho, y tal vez también la mirada de alivio en el rostro de alguien cuando obtiene de vos lo que necesitaba.
Comprometerse públicamente. Decirle a la gente que vamos a hacer algo puede amplificar poderosamente el atractivo de tomar medidas reales, porque el sistema de recompensa de nuestro cerebro responde muy bien a nuestra posición y presión social. Las investigaciones han descubierto que es muy importante para nosotros si somos respetados por los demás, incluso por extraños. La mayoría de nosotros no queremos parecer tontos o perezosos ante otras personas.
Trabajar el nivel de resistencia. Cuando una tarea desencadena disparadores de procrastinación, nos resistimos a hacerlo. Pero ¿qué tan resistentes somos? Digamos que tenés que leer una densa investigación para un próximo proyecto muy técnico que hay que presentar a un cliente. Para encontrar tu nivel de resistencia, considerá el esfuerzo que dedicás a esa tarea a lo largo de una escala móvil. Por ejemplo, ¿podrías concentrarte en la lectura durante una hora? Si ese período de tiempo todavía parece demasiado largo, ¿podrían ser 30 minutos? Acortar la cantidad de tiempo hasta encontrar un período con el que ya no te resistes a la tarea, y luego… manos a la obra.
Hacer algo, lo que sea, para empezar. Es más fácil seguir adelante con una tarea después de haber superado el obstáculo inicial de comenzarla en el primer lugar. Esto se debe a que las tareas que inducen a la procrastinación rara vez son tan malas como pensamos. Comenzar algo obliga a una reevaluación subconsciente de ese trabajo, y podríamos encontrar que la tarea real desencadena menos disparadores de lo que anticipamos originalmente.
Steel sugiere que recordamos mejor las tareas incompletas o interrumpidas que los proyectos que hemos terminado. Es como escuchar una canción pegadiza, solo para que se corte inesperadamente por la mitad y luego se te quede grabada en la cabeza el resto del día. Iniciar una tarea significa que continuará procesándola, y esto hace que sea más probable que reanude el trabajo más adelante.
Hacer una lista de los costos de la procrastinación. Esta táctica funciona mejor cuando estás posponiendo tareas más grandes. Si bien no vale la pena dedicar 20 minutos a enumerar los costos de no salir a correr por la mañana, enumerar los costos ayudará significativamente para una tarea como ahorrar para la jubilación. Hacé una lista de todas las formas en que posponer los ahorros para tu retiro podría afectar tu vida social futura, tus finanzas, estrés, felicidad, salud, etc. Es asombroso el resultado que vas a lograr.
También vale la pena hacer una lista de las cosas que posponés personal y profesionalmente, grandes y pequeñas, mientras calculás los costos de la procrastinación para cada una.
Desconectar. Nuestros dispositivos ofrecen una gran cantidad de distracciones, ya sea el correo electrónico, las redes sociales o los mensajes de texto con amigos y familiares. Esto es especialmente difícil a medida que nuestro trabajo se vuelve más ambiguo y desestructurado (dos desencadenantes de la procrastinación).
Si querés reducir la procrastinación digital y recuperar el foco, hay varias aplicaciones que te pueden ayudar a controlar el uso del celular y las notificaciones. Algunas de las más efectivas son Forest, que te motiva a no usar el teléfono plantando árboles virtuales; Freedom, que bloquea apps y sitios web en todos tus dispositivos; y StayFree, que muestra estadísticas de uso y permite fijar límites diarios. Lo más sencillo es usar los modos nativos de concentración en Android o iPhone, que permiten silenciar distracciones y limitar el tiempo en pantalla. Esto puede sonar drástico, y lo es. Desactivar las distracciones digitales con anticipación hace que no tengas más remedio que trabajar en lo que es realmente importante.
Como Hamlet, muchas veces nos quedamos paralizados frente al acto de decidir. Pero, a diferencia del príncipe danés, no vivimos en una tragedia escrita de antemano. Nuestra historia sigue abierta, y cada elección postergada es una oportunidad que se escapa, silenciosa, como el tiempo que él tanto meditó, pero nunca logró dominar.
Procrastinar no es solo dejar algo para después; es, en muchos casos, renunciar a nuestro poder de construir la vida que queremos. En lo personal y en lo profesional, aprender a actuar —aun en medio de la incertidumbre— es una habilidad crucial. No se trata de apresurarse, sino de no perderse en un ciclo infinito de análisis, excusas o perfeccionismo.
Tal vez la lección de Hamlet no esté en su tragedia, sino en nuestra posibilidad de evitarla. En un mundo que nos invita constantemente a distraernos, detener la procrastinación es un acto de coraje y responsabilidad. Porque, al final del día, el mayor riesgo no es equivocarse, sino no actuar nunca.