En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
No tengo noticia acerca de que Ludwig von Mises se hubiera inclinado ante las páginas de Ser y tiempo (1926), de Martin Heidegger; ni tampoco que este último reparara en la también formidable aventura que significó La acción humana (1949). Lo que sí me atrevo a testimoniar con cierta cercanía es que pude vislumbrar algún punto de encuentro que no fue debidamente atendido entre dos nociones que manejan estos pensadores y que permiten no digo armar una figura común, pero sí discernir analogías significativas. Me estoy refiriendo al dasein de Heidegger y al individuo actuante de Von Mises.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Sabemos que el dasein no es un algo a priori, sino un ente indeterminado arrojado a la existencia, que está en busca de su ser; sabemos que ese camino de búsqueda se produce en la relación que establece con el mundo, con otros dasein, con la experiencia que implica elegirse a sí mismo y presentarse así como “pro-yecto” (es decir, lo que se eyecta hacia adelante, “desplegándose en el horizonte del tiempo”); nos consta que ese existente al elegirse se confiere un sentido; sabemos que esa elección se hace con “la cara vuelta hacia la muerte”, esto es, reconociendo que sus posibilidades son finitas. Todas esas zonas o instancias de la existencia son, como se infiere, puramente relacionales; no están dadas de antemano, no son conceptos, no están definidas; todo está por ser en eso que denominamos existencia y se expresa claramente como acción; el existente “obra en cuanto existe”.
Si pasamos a Von Mises, nos hallamos ante una indeterminación similar del individuo. Prometo abstenerme de la torpeza epistemológica de combinar paradigmas distintos, siendo que un estudio se funda en la llamada “distinción ontológica” (ente-ser) y desconoce la dialéctica sujeto-objeto; y otro trata de entender la economía mediante la naturaleza de la acción para, desde allí, explicar las razones de las decisiones valorativas de las personas y los factores que intervienen en su implementación. Pero es inevitable que no me resista a observar que si miramos de cerca algunas precisiones del cuarto capítulo de la primera parte del libro de Von Mises, emergen líneas y supuestos que nos ponen ante un espectáculo que rima con la descripción fenomenológica de Heidegger. Por ejemplo, aludiendo al objeto de estudio de la praxeología (que es el conocimiento de la acción), nos dice que “no se ocupa propiamente del mundo exterior, sino de la conducta del hombre al enfrentarse con aquel; el universo físico, per se, no interesa a nuestra ciencia, lo que esta pretende es analizar la consciente reacción del hombre ante las realidades objetivas. La teoría económica, por eso, jamás alude a las cosas, interésase por los hombres, por sus apreciaciones y, consecuentemente, por las humanas acciones que de aquellas derivan”. Y también: “La economía, al tratar de la teoría de los precios, no se interesa por lo que una cosa deba valer, lo que le importa es cuánto realmente vale para quien la adquiere; nuestra disciplina analiza precios objetivos, esos que, en efecto, las gentes respectivamente pagan y reciben en transacciones ciertas; despreocúpase, en cambio, por entero, de aquellos fantasmagóricos precios que solo aparecerían si los hombres no fueran como son, sino distintos”. En un paso todavía más elocuente, y refiriéndose a la socorrida teoría del valor, desmonta la fábula de la objetividad y coloca el énfasis en la decisión humana como creadora de realidad valorativa: “El valor es la trascendencia que el hombre, al actuar, atribuye a los fines últimos que él mismo se haya propuesto alcanzar. Solo con respecto a los fines últimos aparece el concepto de valor en sentido propio y genuino (...). El valor no es de condición objetiva, no se halla ínsito en las cosas. Somos nosotros, en cambio, quienes lo llevamos dentro; depende, en cada caso, de cómo reaccione el sujeto ante específicas circunstancias externas (…). Nada importa lo que este hombre o aquel grupo digan del valor, lo importante es lo que efectivamente tales actores hagan”.
En su categorización del ser-en-el-mundo, Heidegger dice que las cosas tienen existencia a condición de que las necesitemos, de que sean significativas para nosotros. No hay para el existente nada que no tenga sentido. Corresponder eso con la teoría del precio que sostiene Von Mises no es totalmente atrevido. El punto radical de tomar la decisión, de conferirles sentido a las cosas (valorarlas en la acepción de Von Mises), constituye un vínculo fuerte entre ambas teorías.