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El mandato popular está claro: el soberano quiso que nadie tuviera mayoría en el Parlamento; hora de dialogar, parece ser el imperativo; desoírlo sería un error grave
Parece que hay muchos que se olvidaron de los resultados de las últimas elecciones nacionales. Apenas pasaron seis meses y aquella votación reñida, que significó que por primera vez en 20 años ninguno de los dos bloques políticos en los que se divide Uruguay obtuviera la mayoría parlamentaria, quedó como en una especie de nebulosa, tan densa como incomprensible.
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El Frente Amplio gobernó Uruguay durante 15 años con mayoría parlamentaria, y lo mismo ocurrió con la Coalición Republicana durante el último quinquenio. Quizás ese sea el principal motivo por el cual esas dos mitades todavía no terminan de despertar y así poder ver la nueva realidad. Están como si nada hubiera pasado en el mapa político, como si siguiéramos ante un escenario en el que el diálogo entre adversarios no es imprescindible.
Pues se equivocan y es probable que en breve empiecen a sufrir las consecuencias. Lo que sentenciaron las urnas el 27 de octubre de 2024 es que ni el Frente Amplio, a cargo del gobierno nacional, ni la Coalición Republicana, ahora en la oposición, tienen mayoría parlamentaria. Nada pueden aprobar en el Poder Legislativo sin contemplar a algún legislador fuera de sus bloques políticos.
Por eso, el actual debe ser un período de diálogo. No hay otra alternativa. El Frente Amplio es mano, porque es el que está a cargo del Poder Ejecutivo, pero la otra mitad también tiene responsabilidad. Ninguna ley puede ser aprobada sin concesiones de uno y otro lado, por más mínimas que sean.
Es cierto que el oficialismo ya cuenta con la mayoría en la Cámara de Senadores y que en la de Diputados solo le restan dos votos como para lograrla. Pero esos votos son, por ejemplo, los que hacen la diferencia entre poder aprobar el presupuesto quinquenal, la ley más importante de cualquier período de gobierno, o no aprobarlo. Así que no son para nada intrascendentes.
Además, este nuevo escenario político debería ser utilizado como el empuje para poder restablecer, de una vez por todas, mecanismos de coordinación muchísimo más fluidos entre oficialismo y oposición. Tendría que haber ya una instancia de carácter oficial en la que esa negociación entre las distintas partes políticas en las que se divide el país fuera la regla principal.
Es preocupante que no esté sucediendo. Muy por el contrario, lo que está pasando es que apenas van tres meses del nuevo gobierno y la tensión entre unos y otros se respira cada día de una forma más intensa. Prácticamente no hay nada que haga uno que al otro le parezca bien y esa es la mejor forma de que todo el país quede estancado.
Son otros los tiempos actuales. O al menos deberían serlo. Es el momento de la madurez, de la mano tendida, de mirar un poco más hacia adelante y no tanto para los costados. Esto implica un compromiso y una forma distinta de actuar de los dos lados. Desde el oficialismo debería de haber mucha más comunicación e información transmitida hacia la oposición, para hacerla partícipe de las grandes decisiones referidas al rumbo del país. Y desde el otro lado se tendría que incrementar la voluntad de dialogar y de colaborar en los temas que así lo ameriten, sin partir con el “no” como respuesta, sea cual sea la propuesta.
Uruguay ya atravesó dos décadas con mayorías parlamentarias que dificultaban mucho la negociación política en los temas más importantes. Hubo igual intercambios significativos, pero ninguno que realmente marcara un antes y un después en el relacionamiento político. Es más, lo que está ocurriendo con la Fiscalía de Corte y con los organismos de contralor es una prueba de ello. Hace años que esos organismos no pueden ser renovados por falta de acuerdo y esa es una pésima señal para adentro y para afuera.
Hay pruebas muy importantes por delante. La primera es el presupuesto quinquenal, aunque también la renovación de muchos cargos centrales en la estructura estatal. El presidente, Yamandú Orsi, ha tenido una actitud dialoguista a lo largo de toda su carrera política y tiene buena relación con algunos de los principales líderes de la oposición. Es tiempo de aprovecharlo. El mandato popular está claro. El soberano quiso que nadie tuviera mayoría en el Parlamento. Hora de dialogar, parece ser el imperativo. Desoírlo sería un grave error.