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    Hoteles del Río de la Plata para escribir, amar y algunas veces morir

    “No estoy seguro de que yo exista”, decía Borges; sin embargo, en la foto de su estadía en el Hotel Crillón, tomada por Andrés Fernández Pintos, se lo ve con un croissant en la mano, en pleno uso de su materialidad; hoy sabemos que Borges existió, el que no existe es el hotel

    Columnista de Búsqueda

    La calidad de un hotel tiene estrecha relación con el precio y ninguna con el nombre. Que se llame Golden o Taj Majal es perfectamente compatible con las cucarachas o las sábanas manchadas por huéspedes anteriores. En el rubro de alta rotatividad, los hay tan malos que los dueños, con lógica desconfianza, cierran la puerta de la habitación por fuera hasta tanto no se concrete el pago. Lo curioso es que incluso la peor pocilga, con un poco de imaginación, se convierte en escenario novelesco. La habitación de hotel, como un ecotono, permite dejar atrás ciertos lastres cotidianos, y eso parece ser un estímulo para el erotismo, la escritura y hasta el deseo de morir.

    En una intrincada librería de usados de la calle Tristán Narvaja, asoma el libro Hoteles literarios, de la periodista Nathalie de Saint Phalle. El título atrae y la contratapa promete una “vuelta al mundo (de la literatura) pasando por un montón de hoteles (literarios): de Aden a Zurich (…) de continente a continente”. Si está Aden, que queda en Yemen, pienso, mencionará Uruguay. Pero no. Lo más cercano viene de los consagrados de la región: Borges, Cortázar, Mistral, García Márquez... La autora ya lo había advertido en el prólogo: “Siempre habrá alguien que deplore la ausencia de un escritor, de una ciudad…” e invita a añadir nombres a la lista.

    Ante el desafío, me viene a la memoria el hotel Cervantes (hoy Esplendor by Wyndham Montevideo Cervantes) en Soriano y Andes. Allí se hospedaron Adolfo Bioy Casares, Carlos Gardel y Atahualpa Yupanqui, entre otros, aunque la leyenda más sonada tuvo como protagonista a Julio Cortázar. Después de una estadía en Montevideo en 1954, Cortázar escribió desde París —a partir de sus recuerdos— el cuento La puerta condenada. Se trata de una historia inquietante en la que Petrone, comerciante venido a la ciudad por negocios, descubre en la habitación una puerta clausurada. Por las noches oye el llanto agónico de un niño sin que haya ninguno registrado en el hotel, y la atmósfera se irá poniendo espesa. “A Petrone le gustó el hotel Cervantes por razones que hubieran desagradado a otros. Era un hotel sombrío, tranquilo, casi desierto. Un conocido del momento se lo recomendó cuando cruzaba el río en el Vapor de la Carrera, diciéndole que estaba en la zona céntrica de Montevideo. Petrone aceptó una habitación con baño en el segundo piso, que daba directamente a la sala de recepción. Por el tablero de llaves de la portería supo que había poca gente en el hotel; las llaves estaban unidas a unos pesados discos de bronce con el número de la habitación, inocente recurso de la gerencia para impedir que los clientes se las echaran al bolsillo”, describe Cortázar al inicio del cuento.

    Más o menos al mismo tiempo, Bioy Casares escribió un relato con una trama similar inspirado en el mismo hotel, sin haber conversado con Cortázar, según dijo. “Estando él (Cortázar) en Francia y yo en Buenos Aires, escribimos un cuento idéntico. Empezaba la acción en el Vapor de la Carrera. El protagonista iba al hotel Cervantes de Montevideo, un hotel que casi nadie conoce. Así, paso a paso, todo era similar, lo que nos alegró a los dos”. El mito estaba servido. Unas cuantas décadas después, el español Enrique Vilas Mata llegaría al edificio ya restaurado con la obsesión de encontrar la puerta clausurada de la habitación 205, la de Cortázar, y daría nueva vida al misterio en su novela Montevideo.

    Borges también se hospedó en el Cervantes, pero no escribió ningún cuento fantástico sobre ello. En cambio, de su estadía en el Crillón, a unas pocas cuadras, se conserva una imagen absolutamente terrenal del escritor tomada por el fotógrafo Andrés Fernández Pintos, el 14 de diciembre de 1981. “No estoy seguro de que yo exista”, decía Borges; sin embargo, en la foto se lo ve con un croissant en la mano, en pleno uso de su materialidad. Hoy sabemos que Borges existió, el que no existe es el hotel.

    Eduardo Galeano frecuentaba el Argentino Hotel con su familia. Susana Trías, por entonces encargada de Cultura, lo veía pasar por las mañanas hacia la piscina. Había en ese tiempo un saxofonista que tocaba en la confitería. En una oportunidad, el escritor preguntó si el músico con el instrumento podría tocar en las escalinatas frente al mar. Aunque era Galeano, su deseo no fue concedido. La fotógrafa Olga Rivero también lo recuerda en Piriápolis. “Nuestra amistad se consolidó en el hotel —dice—. Desde el primer momento compartimos charlas, caminatas por la rambla y fotografías que él me pidió en distintos espacios. Entre ellos en las escalinatas principales y en el vitral detrás de la escalera, lugares que Eduardo consideraba mágicos y llenos de energía”. Rivero recuerda con humor cuando el escritor le preguntó qué libro suyo había leído. “Ninguno”, se atrevió a decir. Y él le respondió: “Al fin voy a tener a alguien a quien contarle cosas sin que ya haya leído mi obra”.

    La habitación impersonal en ocasiones es el último escenario, la puerta condenada. César Pavese se suicidó en el hotel Roma de Turín; Alfonsina Storni salió en la noche de un hotel en Mar del Plata para meterse en el mar. Amado Nervo murió de muerte natural en la madrugada del 24 de mayo de 1919 en el Parque Hotel en Montevideo. “¿Por qué no abren esas ventanas para que entre luz? No quiero morir sin ver el sol”, dicen que pidió el poeta en plena oscuridad.

    Y así, hay infinidad de relatos novelescos que transcurren tanto en un burdel como en el más lujoso hospedaje. En el hotel, la carga del pasado se esfuma, la imaginación se libera. Es parte del viaje dejar atrás las miserias, pero en realidad lo que cambia es el decorado. “Asno que sale de viaje, no regresa convertido en caballo”, dice un refrán anónimo seguramente acuñado por un escritor que había perdido la inspiración.