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A las puertas del Ministerio de Relaciones Exteriores de Ucrania se levanta una enorme estatua de santa Olga, patrona de los conversos y de las viudas y una de las figuras centrales de la identidad rusa, siendo la primera soberana rusa que se convirtió al cristianismo y quien desde ahí llevó a toda la nación a la senda de la más profunda y viva espiritualidad. El hecho de que fuera empeñosamente vengativa es un detalle que no opaca su otra grandeza; por el contrario, creo que la mejora.
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Tras haber asesinado a los embajadores que fueron a rendirle agasajos e invitarla a casarse con sus vecinos de la Polonia profunda, Olga mandó a decir a los drevlianos, asesinos de su marido: “Si realmente me piden que vaya a ustedes, entonces les agradezco que me envíen hombres eminentes para que pueda ir a ustedes con gran honor, de lo contrario, tal vez, los de Kiev no me dejarán asumir ese camino; debo ir en las condiciones que reflejan mi posición aquí y también en su país”. Los drevlianos entendieron pertinente la petición y fue así que eligieron a los mejores hombres, que también eran los más ricos de su región, a rendirle homenaje a la princesa, que pronto sería reina de ellos. Con grave solemnidad, esta nueva embajada entró a Kiev y fueron recibidos cordialmente. Pero Olga les hizo saber que para saludarla antes tenían que bañarse; por lo que sus mayordomos calentaron convenientemente la casa real de baños, y cuando los drevlianos entraron allí y comenzaron a lavarse, arteramente se cerraron las puertas con trancas y cadenas y con mucha dedicación prendieron fuego la cabaña: los embajadores fueron asados sin ninguna piedad. A esta segunda venganza, Olga añadiría otras dos no menos terribles.
Pasada una semana del incidente, envió a decirles a los drevlianos: “Ya estoy en camino hacia ustedes, haré rituales con miel en la ciudad donde mataron a mi esposo, lloraré sobre su tumba y celebraré el funeral”. Los drevlianos obedecieron, trajeron mucha miel y la prepararon. Olga, con un pequeño séquito, llegó a la tumba de Igor, lloró sinceramente sobre ella y ordenó a su gente que llenaran un montículo alto, y cuando lo hicieron, ordenó que se celebrara una fiesta fúnebre. Los drevlianos se sentaron a beber y Olga ordenó a sus jóvenes que les sirvieran en abundancia a sus anfitriones. Cuando los drevlianos se emborracharon en forma, Olga ordenó a sus jóvenes que bebieran por su salud, y ella misma se alejó y ordenó al escuadrón que azotaran a los drevlianos. Mataron en esa tarde a 5.000 de ellos; Olga regresó feliz a Kiev.
Meses más tarde, Olga reunió un ejército numeroso y valiente, se llevó a su hijo Svyatoslav y se fue a la tierra de drevlianos y los sitió, cercándolos por el hambre. Fue una situación desesperada. La crónica afirma que los de ese pueblo multicastigado murmuraban: “Hoy estaríamos encantados de rendirle homenaje, pero ¿ella todavía quiere vengar al príncipe Igor?”. Olga les dijo a los emisarios que comuniquen esto: “Ya he vengado a mi marido más de una vez: en Kiev y aquí, en el funeral, y ahora ya no quiero vengarme, pero sí pretendo retomar el capítulo de los tributos, no violentamente sino de a poco; y de este modo, habiendo hecho las paces con ustedes, me iré”. Los drevlianos preguntaron: “¿Qué quieres de nosotros?”. Y Olga mandó responder: que paguen con miel y pieles, pero sé que ahora no tienen miel ni pieles, y por eso exijo poco: pido solamente palomas y gorriones de la corte y de los vecinos”. Los drevlianos quedaron exultantes con esa respuesta, recogieron tres palomas y tres gorriones del patio y se los enviaron a Olga con una reverencia. Olga les pidió que dijeran: “Ya se han sometido a mí y a mi hijo, así que vayan tranquilos a vuestra ciudad y mañana me retiraré de ella y volveré a mi casa”. Los drevlianos fueron voluntariamente a la ciudad y todos sus habitantes se alegraron mucho cuando supieron de las buenas intenciones de la temible princesa. Mientras tanto, Olga entregó a cada uno de sus militares una paloma, a los demás un gorrión, y ordenó que envolvieran con azufre y fuego pequeños trapos, los ataran a cada pájaro y, al caer la noche, los liberaran al viento. Los pájaros, habiendo recibido la libertad, volaron directamente a sus nidos, las palomas por los palomares, los gorriones bajo los aleros, y de repente los palomares, donde estaban las jaulas, donde estaban las bóvedas y los odres y las reservas de comida se incendiaron, y no hubo un solo patio ni casa que no fuera asaltado por las llamas. Los vecinos asustados huyeron de la ciudad y fueron interceptados por los soldados de Olga . Así la ciudad fue tomada e incendiada; Olga se hizo cargo de los ancianos de la ciudad; del resto, obsequió a algunos como esclavos al escuadrón y dejó a otros en el lugar para pagar tributo.