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    La angustia es el precio

    Un primer paso para intentar comprender los procesos políticos que nos rodean es asumir que el partido sobre el cual construimos nuestra identidad, ese que defendemos a capa y espada, ese que nos da sentido de pertenencia (hasta el punto de declararla en nuestro perfil de redes), no es realmente un sistema de ideas coherente y racional que todo lo explica

    Columnista de Búsqueda

    Hace unos años, el filósofo español Manuel Arias Maldonado popularizó la idea de la “democracia sentimental”, un concepto que intenta explicar las razones del progresivo deterioro en la calidad de la conversación pública en nuestras democracias. Arias Maldonado intenta responder “por qué la indignación y no el debate razonado, por qué el soberanismo defensivo y no la cooperación multilateral, por qué la antipolítica y no la política”. Y considera que muchos de los movimientos que resurgieron, la xenofobia, los nacionalismos, los populismos, “apuntan en una misma dirección: hacia un movimiento de introversión agresiva dominado por las emociones antes que por la razón”.

    El libro de Arias Maldonado se proponía también explicar la aparición de los outsiders en la política, esos que surgen por fuera de las estructuras partidarias convencionales y fundan su propio partido, tipo Milei. O esos que colonizan por completo un partido tradicional, como Trump. O aquellos que se dedican directamente a desbordar el marco democrático liberal que los llevó al poder y terminan ejerciendo de dictadores, como Maduro. Y también buscaba explicar por qué se produce la polarización política, en donde priman las posiciones radicales y emocionales por sobre las más moderadas y razonadas.

    Algo que puede explicar ese paso de lo racional a lo sentimental es que según un estudio de Luigi Curini, Willy Jou y Vincenzo Meloni, publicado en la International Political Science Review hace unos años, los ciudadanos que “adoptan posiciones ideológicas extremas exhiben mayor nivel de felicidad que los moderados: a mayor radicalismo, más felicidad”. Es decir, es más sencillo ser feliz cuando se renuncia a la negociación con el otro y alcanza con sentirse parte de la tribu adecuada. Cuando esa tribu está convencida de su superioridad moral respecto a las otras (y todas lo están), el corolario es evidente: el terreno común sobre el que podrían tejerse los posibles acuerdos con “el otro” pasa a ser irrelevante y ese pasa a ser un espacio en el que solo se paran quienes estén dispuestos a cuestionar el dogma interno de la tribu. Y ese cuestionamiento tiene altos costos sociales y personales.

    Otra posible explicación es que los propios partidos políticos han aceptado, lo reconozcan o no, las políticas basadas en la identidad. No necesariamente en su discurso, es decir, no necesariamente en sus proclamas y en sus programas, sino en el modelo de identificación partidaria que proponen a los suyos. Esto es, que ese modelo de identificación no se basa tanto en “posiciones políticas sustantivas como en identidades”, apunta el periodista español Sergio Parra en un artículo reciente.

    Para afirmar eso, Parra reseña un estudio realizado en X, en donde resultó claro que la negatividad respecto a “los otros” era mucho más popular que destacar los aspectos positivos del propio programa. Que es más popular aquello que ridiculiza al rival que aquello que expone los valores propios. Y que eso se debe en buena medida a que la identificación política no es tanto con qué cosas creo, sino con qué cosas soy. “Y si yo soy esto, el otro deviene ‘el otro’, en el sentido más visceral del término: el que amenaza mi pertenencia, mi tribu, mi reflejo. Así, el discurso político se transforma en un ritual de afirmación grupal más que en una deliberación racional. Como si estuviéramos menos en una polis ateniense que en una arena romana, donde lo que se disputa no es la verdad sino la fidelidad”, concluye Parra.

    Algo de esto es fácilmente detectable en la política uruguaya cotidiana. Es verdad, ocurre sin explosiones rutilantes, sin outsiders que parasiten partidos y sin demasiados sobresaltos, pero ocurre. Ocurre cuando las posturas moderadas son descalificadas como “tibias” y quienes promueven el diálogo con los opuestos son vistos como “blandos” o directamente traidores. Ocurre muy especialmente en X, la red de lo negativo por excelencia, en donde la frustración da rienda suelta a niveles que merecerán un análisis profundo en el futuro, cuando ya no tengamos un sistema democrático liberal que nos ampare.

    Según una encuesta realizada en 2017 entre usuarios de redes sociales, citada por los psicólogos Cory J. Clark y Bo M. Winegard en su texto El tribalismo en la guerra y la paz: la naturaleza y la evolución de la epistemología ideológica y su importancia para las ciencias sociales modernas, un 44% declaró que dejó de seguir a amigos e incluso a familiares por sus puntos de vista políticos. Y en un muestreo realizado entre adultos de EE.UU. en 2019, el 11% declaró que terminó una relación romántica por diferencias políticas. “¿Por qué el compromiso con ideas e identidades políticas abstractas debería perturbar relaciones personales significativas?”, se preguntan los investigadores.

    “Aunque el tribalismo no es intrínsecamente malo, los compromisos con el endogrupo pueden dar lugar a ciertas tendencias psicológicas poderosas que son potencialmente perjudiciales (…) para la búsqueda del conocimiento (y, en última instancia, de la verdad), ya que pueden causar un pensamiento ideológico distorsionado que favorece la información que concuerda con la ideología y los valores sagrados del endogrupo por sobre la información que no concuerda con estos”, dicen Clark y Wineward. Algo de eso comentaba en alguna de las columnas pasadas: cuando los hechos no coinciden con la narrativa del grupo, prescindimos de los hechos.

    Uno de los efectos evidentes de esta afectividad filtrada de manera inconsciente a las preferencias políticas es que afecta nuestra posibilidad de acceder a la verdad ya no como individuos, sino como miembros de la tribu partidaria. “Si bien los humanos parecen estar preocupados por la verdad y probablemente fueron moldeados por la evolución para desear y buscar información precisa, especialmente información concreta y fácilmente verificable o falsificable, el deseo de ajustarse a las creencias de la tribu puede distorsionar la comprensión de la realidad y comprometer los procesos epistémicos de maneras que conducen a sesgos predecibles, percepciones distorsionadas y creencias falsas”, apuntan los investigadores.

    Un primer paso para intentar comprender los procesos políticos que nos rodean es asumir que el partido sobre el cual construimos nuestra identidad, ese que defendemos a capa y espada, ese que nos da sentido de pertenencia (hasta el punto de declararla en nuestro perfil de redes), no es realmente un sistema de ideas coherente y racional que todo lo explica. Y que nuestra adhesión, muchas veces puramente emocional, puede resultar tremendo gol en contra en la medida en que nos aleja de cualquier intento realista de modificar las cosas.

    Será más precavido y sensato (dos valores en baja en estos tiempos) no asumir una postura radical y rabiosa ante un asunto que nos resulta complejo o sobre el que no tenemos demasiada información. Claro, eso puede implicar desalinearse de lo que el partido tribu reclama en ese momento y, por lo tanto, tiene un costo social. Pero, bueno, ya lo dijo Silvio Rodríguez, “la angustia es el precio de ser uno mismo”.

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