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¿Cuál es tu fuente? es una de las frases mas recurridas en redes sociales. Lo que decís no me suena, me molesta o no se corresponde con lo que pienso sobre tal asunto, entonces, te pido fuentes. No como una forma de intentar ver si nos podemos poner de acuerdo, sino de demostrar que sos un chanta. Por eso, en realidad no importa cuántas fuentes se presenten, el sentido de la pregunta nunca es intentar entender el asunto, sino marcar paquete delante del otro y, si se puede, dejarlo en evidencia públicamente. Porque si alguna evidencia dejó la pandemia fue el casi completo analfabetismo científico en el que estamos instalados. ¿Por qué le habrían de interesar las fuentes a alguien que tiene una relación tan frágil con la evidencia?
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Por poner un ejemplo de lo difícil que se nos hace manejar esa eventual evidencia: somos incapaces de entender las diferencias entre números relativos y absolutos. Entonces, nos escandalizamos con el tránsito de las grandes ciudades cuando una estadística dice que es en ellas donde se produce la mayor parte de los accidentes. Y no logramos entender que ese dato, un número absoluto, es una obviedad (la gente se amontona en las ciudades) que solo nos dice algo sobre el estado del tránsito si lo usamos para construir una tasa, un número relativo. Esto es, un número que nos diga cuántos accidentes se producen cuando dividimos entre el número de habitantes y así podemos ver qué ciudad es realmente más insegura que otra.
O, por ejemplo, nos cuesta mucho entender que correlación no implica causalidad. Esto es, que dos variables se muevan de manera similar no implica que una explique la otra o que la determine. A veces sí, pero muchas otras veces no. Esto es especialmente claro cuando se trata de problemas complejos, como son los sociales. Por eso, es especialmente conflictivo no entender que la causalidad es otra cosa. Por ejemplo, en ciertas zonas costeras de EE.UU. existe una correlación casi perfecta entre el consumo de helados y los ataques de tiburones. Una mirada despistada podría pensar que efectivamente a los tiburones les gusta más el sabor de la gente que come helados. Pero, en este caso, la respuesta está en una tercera variable: el verano. En verano la gente toma más helados y se baña más seguido en el océano donde están los tiburones.
Otro ejemplo: entre 1999 y 2009 existió en EE.UU. una fuerte correlación entre el estreno de películas en las que aparecía Nicolas Cage y las muertes por ahogamiento en piscinas. Una mirada simplista podría llegar a creer que esto se debe a que la gente detesta tanto al actor como para ponerse a buscar la piscina más cercana y tirarse sin esperanzas en ella. En realidad, esa correlación puede ser puramente casual o quizá incida que muchas películas se estrenan en verano, que es cuando le gente se mete en piscinas y que justo en esa década Cage tuvo un momento cinematográfico dulce. Lo cierto es que en asuntos como el abandono del sistema educativo, un problema con muchas aristas, es muy arriesgado ponerse a señalar correlaciones y causas de manera absoluta.
Algo de eso ocurrió cuando la Federación Nacional de Profesores de Secundaria subió a redes un video en donde su dirigente Emiliano Mandacen afirmaba que “la desvinculación de los estudiantes no es porque se aburren por la currícula o no les interese el conocimiento. Se desvinculan por condiciones materiales. Un chiquilín con hambre no puede sostener un proceso de aprendizaje”. La frase del final es estrictamente cierta. Es decir, existe una fuerte correlación entre el nivel socioeconómico del estudiante y la posibilidad de completar el ciclo educativo. Para hacer esa afirmación, Fenapes recordaba que, en los sectores de menos ingresos, el fracaso liceal alcanza al 80%, esto es, que ocho de cada diez alumnos no termina el ciclo.
Se dirá que ahí está la fuente (el Instituto Nacional de Evaluación Educativa) y el dato. Pero una cosa es afirmar que el nivel socioeconómico es muy relevante para poder egresar porque, como bien señala Mandacen, con hambre “no se puede sostener un proceso de aprendizaje” y otra, que los estudiantes “se desvinculan por condiciones materiales”. De hecho, la misma estadística que señala que ese alto porcentaje de estudiantes pobres no termina el ciclo nos dice también que casi el 50% de los estudiantes de ingresos medios abandona los estudios. Y que en el nivel de ingresos altos llegan al 20%. Es decir, si bien el hambre (y todo lo que tiene asociado ser pobre, peor contexto, familias más frágiles) empeora las posibilidades de egreso, no es ni de cerca lo único que explica los bajísimos niveles de egreso en Uruguay.
Correlación no es causalidad, sobre todo cuando las causas son necesariamente múltiples, tal como ocurre con el abandono del sistema educativo. Claro, al centrarse exclusivamente en ese aspecto, que es exterior a ese sistema y a la vez muy real, lo que se logra es obturar cualquier posibilidad de discutir sobre las otras causas, que también son reales y que afectan a uno de cada dos pibes de clase media y a dos de cada diez de clase alta. Y hablando de obturar debates, es insólito el tono descalificador que maneja el encargado de la cuenta en X del sindicato docente. Especialmente tratándose de gente que, se supone, tiene algún interés vocacional por transmitir conocimiento a los más jóvenes. Un conocimiento que seguramente también se obtiene conversando con quienes piensan distinto o plantean dudas sobre lo expuesto por Fenapes.
A lo largo del intercambio que se produjo entre la cuenta del sindicato docente y el sociólogo Pablo Menese, que fue quien primero cuestionó el alcance de la afirmación de Mandacen (admitiendo a la vez que el nivel socioeconómico es muy relevante), surgieron varias cosas. La primera y más evidente, el responsable de la cuenta (anónimo pero Fenapes, al fin) considera cualquier cuestionamiento a sus publicaciones como un ataque que lo habilita a chicanear y faltarles el respeto a sus interlocutores. La segunda y más importante, que ese mismo responsable no logró entender en todo el intercambio la lógica del cuestionamiento que se le estaba haciendo. Si un 80% de los pobres no terminan el ciclo, su conclusión era que no se egresa porque se es pobre. Esto contradice el falsacionismo más básico: si una teoría afirma que todos los cisnes son blancos, la existencia de un solo cisne negro la refuta. Esos cisnes negros son casi uno de cada dos estudiantes que no son pobres y que tampoco terminan el ciclo.
El problema es que, mientras aquellos que deberían manejar con solvencia los matices y tener más que incorporada la capacidad de debatir para construir apelen a la descalificación personal y no entiendan la lógica de sus propios argumentos y datos, la posibilidad de mejorar las espantosas cifras de egreso que tenemos seguirá alejándose en el tiempo. Ninguno de quienes participamos en ese debate en X tendrá los problemas que van a enfrentar quienes abandonan la educación. Sin poner a estos últimos en el centro de la charla y de lo que hay que hacer, seguiremos usando la evidencia, pero esta seguirá siendo estéril.