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Lo imagino este fin de semana encerrado en la habitación de la casa de Rehoboth Beach, estado de Delaware, recuperándose del Covid-19 que contrajo; casi puedo verlo midiendo el espacio de la estancia con sus pasos, como un león enjaulado, o sentado en su escritorio recibiendo, una a una, las pésimas noticias de las deserciones de sus amigos y correligionarios. Y, finalmente, dando el paso que todos esperaban, tomando la decisión y escribiendo la carta en la que comunica que él, Joe Biden, renuncia a la candidatura a la presidencia de los Estados Unidos.
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Hasta el viernes todavía insistía con la muletilla de que se presentaría a las elecciones. Sin embargo, el domingo, él mismo daba por terminada su carrera. ¿Qué pasó en el medio, ese fin de semana, seguramente tan largo? No es difícil suponer que esta reflexión venía de atrás: el pedido de su renuncia a la reelección se había convertido en un clamor desde las filas de su propio partido, después de los devastadores efectos del debate con Donald Trump.
El sábado de mañana sus asesores prepararon un programa para que retomara la campaña ni bien regresara a la Casa Blanca, esta misma semana. El presidente, que hasta ese momento parecía tan desconectado de las preocupaciones de la gente sobre sus capacidades mentales para enfrentar otro período, no tuvo más remedio que ceder ante los embates que venían de la propia interna partidaria: prácticamente una rebelión en su contra. Esa noche del sábado, afirman sus allegados, él mismo empezó a considerar la decisión más difícil en sus 50 años de carrera política. Se dice que tomó la determinación final de retirarse el domingo, en horas tempranas, y que llamó a su círculo más estrecho, a su jefe de gabinete Jeff Zients, a la jefa de campaña Jen O'Malley Dillon y a la vicepresidenta, Kamala Harris, para informarles lo que había resuelto. Y alrededor de las 14, hora local, emitió la declaración pública que causó conmoción en el panorama político estadounidense y mundial, y que seguramente cambiará de manera radical la campaña y las elecciones de 2024.
Pero hay una pregunta que flota sobre esta caída. ¿Qué es lo que provocó que Joe Biden se haya convertido en un escollo dentro del propio Partido Demócrata? ¿Qué lo empujó a ser un obstáculo que se interponía entre su sector y el triunfo sobre Donald Trump? ¿La edad? No parece que sea el caso desde que su opositor tiene 79 años, o sea, tres menos. ¿Su salud mental? Ese argumento sí jugó en su contra: un informe periodístico reciente mostró que, en el último año, el mandatario multiplicó la cantidad de errores en sus intervenciones públicas. Por ejemplo, el 11 de julio, llamó a Kamala Harris “vicepresidenta Trump”. Pero ¿basta una recopilación de furcios para diagnosticar la incapacidad de una persona? Hay formas científicas de medir el deterioro cognitivo de un adulto mayor, estudios que permiten conocer la situación funcional de la persona, sin necesidad de recurrir a una enumeración de torpezas. ¿Él mismo no quiso someterse?
No se puede ignorar que ha habido una campaña de desinformación, una manipulación de fotos y videos del actual presidente que fueron recortados o sacados de contexto para demostrar una real o presunta cadena de actos que tratan de mostrarnos el deterioro. Desde aquel en el que aparece dormido y roncando durante una entrevista hasta el otro en el que intenta sentarse en una silla invisible. Ambos habrían sido cortados, lo que impediría ver la acción completa, que sí tendría sentido. Joe Biden tampoco habría colocado una medalla al revés en el pecho de un veterano de guerra ni habría firmado papeles en blanco. Pero después de esa avalancha de fakes y de imágenes trucadas, uno sospecha que se ha propiciado un debate ramplón, simplificado y efectista en torno a los achaques de su edad, y no una verdadera discusión sobre las capacidades de Biden para gobernar basada en diagnósticos. Capacidades que probablemente estuvieran afectadas, aunque esa no era la forma de determinarlo.
Pero más allá de que su deterioro sea real, visible y hasta cronológicamente esperable, más allá de lo inquietante que sonaba saber que terminaría su mandato con 86 años, da miedo ver que una campaña bien orquestada y mejor financiada puede persuadir a millones de votantes de casi cualquier cosa con casi cualquier argumento, por ejemplo, demostrar una condición médica valiéndose de imágenes adulteradas repetidas hasta el infinito en redes sociales o en medios poco fiables. Da miedo ver cuán fácilmente se nos manipula con un relato que se instala, se viraliza, se transforma en una verdad.
Hoy el discurso oficial habla del acto heroico de un paladín de la justicia, de un adalid del bien común. Así, si la futura candidata demócrata sortea esta montaña rusa y gana en noviembre, es probable que se dé una extraña paradoja: el anciano decrépito y gagá, el debilitado física y cognitivamente, Joe Biden, gracias a su renuncia, pasará a ser el protagonista de una nueva narrativa épica, y venerado como uno de los mejores presidentes en la historia de los Estados Unidos. Porque al final, todo se reduce a la historia que nos cuentan.