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Aferrarse a un modelo de familia tradicional y sostener que ese es el camino para alcanzar la “alegría” o la forma de “no ser egoísta” corre el riesgo de simplificar demasiado las cosas y de terminar, por necedad, alejándose de una verdadera “defensa de la vida”
En su mensaje de Pascuas, el arzobispo de Montevideo volvió a poner sobre la mesa el tema de la gente que tiene “perrito” en lugar de “tener hijos”. Algo similar a lo que había dicho algunos años atrás el papa Francisco: “Hoy vemos una forma de egoísmo. Vemos que algunos no quieren tener hijos. A veces tienen uno, y ya, pero en cambio tienen perros y gatos que ocupan ese lugar”. En aquel momento, enero de 2022, Francisco había afirmado que no tener descendencia “quita humanidad” a las personas. También en ambos casos, los argumentos se basaban en la idea de la baja natalidad como un problema global y regional.
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Hay algo que es indudable, para la Iglesia católica la familia siempre ha sido la base de la sociedad y, por lo tanto, es entendible que reafirmen este mensaje en un Viernes Santo. Pero, aunque suene bien decir que en momentos de tristeza y dificultades se necesita insistir en “la alegría” de la familia, la realidad es bastante más compleja que lo que quiere hacer ver el arzobispo. Así, aferrarse a un modelo de familia tradicional y sostener que ese es el camino para alcanzar la “alegría” o la forma de “no ser egoísta”, corre el riesgo de simplificar demasiado las cosas y de terminar, por necedad, alejándose de una verdadera “defensa de la vida”.
Pienso en Moisés Martínez, el joven que mató a su padre después de una vida de sufrir violencia dentro de su familia: una madre que se quedó sin dientes de los golpes que le dio el marido mientras estaba embarazada; una hermana que a la temprana edad de 12 años ya había denunciado a su padre por abusar sexualmente de ella “más de 60 veces”; y el mismo Moisés, viviendo una vida marcada por golpes y violencia sexual ejercida por su padre. Una familia en silencio por miedo a las represalias y por la falta de confianza en una Justicia que no la protegió. “Ese padre era un monstruo”, dirán, “una excepción horrible”; les prometemos que las demás familias serán solo alegría.
Pienso en la investigación que salió a la luz en 2024, realizada por las alemanas Isabel Beer e Isabel Ströh. Las periodistas se infiltraron durante un año en un chat de la red social Telegram, donde más de 70.000 hombres de todo el mundo intercambiaban consejos para sedar y abusar sexualmente a mujeres. A veces eran mujeres desconocidas, pero muchas veces eran sus propias parejas, o a veces también sus hermanas y hasta sus madres. Más de 70.000 hombres.
Pienso en el francés Dominique Pelicot, que invitaba a un pueblo entero a violar a su esposa, drogada e inconsciente. Y pienso también en las decenas de niños y niñas abusadas sexualmente por sus padres, tíos o abuelos en Uruguay, y en la cantidad de femicidios en los que cada año mueren decenas de mujeres a manos de su pareja o expareja. Defensa de la vida, dicen. La “alegría” de la familia, cantan. Pero en esa defensa a ultranza de la familia tradicional, en esa falta de matices, dejan sin contención a quien elige otra forma de vivir por el motivo que sea, tildando a la gente de egoísta y de “menos humana” por no procrear.
Insistir en que tener más hijos es siempre positivo, sin prestar atención a las condiciones materiales (vivienda, precariedad, situación laboral) o a la violencia misógina que está expandida en el mundo entero, convierte a esa “defensa de la vida” en una consigna vacía más que en un compromiso real con las personas. Porque ser provida debería ser también garantizar vidas dignas, no únicamente promover nacimientos.
Por otro lado, la insistencia en la baja natalidad como preocupación parece más un argumento para reafirmar una idea previa que una preocupación genuina por la situación global. Se afirma muchas veces que el aborto y el matrimonio igualitario buscan “terminar con la humanidad”. Pero lo cierto es que vivimos en un mundo de 8.000 millones de personas y se estima que la población alcanzará los 10.000 millones hacia 2050. Nunca antes hubo tanta gente en el planeta, y la cantidad es potencialmente problemática, en especial por el nivel de sobrexplotación de la tierra. En este contexto, elegir no tener hijos también puede ser una forma de ser responsable con el planeta y tener en cuenta los límites ecológicos. Y aunque la tasa de fertilidad mundial cayó de aproximadamente cinco hijos por mujer en 1950 a cerca de 2,2 en la actualidad, se trata más bien del final de una explosión demográfica sin precedentes.
Por último, entiendo que es importante afirmar que el amor y la defensa de la vida van más allá de la familia propia y recordar la necesidad de tender redes de cuidados no solo con la especie humana, sino con todas las formas de vida. Decir, como expresó el arzobispo, que “cultivar los vínculos humanos” es un desafío mayor que el cuidado de otros animales, es olvidarse de la responsabilidad que como humanidad tenemos con otras especies, incluso con los hijos de las perras.