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Lo más preocupante es la narrativa que se intenta imponer desde el gobierno y por ciertos grupos en redes sociales —con financiamiento que a menudo carece de transparencia—, que retrata a los científicos como parásitos que se aprovechan del Estado
El gobierno de Javier Milei navega entre las desregulaciones que consigue implementar y su deseo, no siempre expresado abiertamente, de abolir el Estado en consonancia con sus ideas anarcolibertarias. Durante una entrevista que adquirió notoriedad cuando era candidato a presidente, sugirió eliminar diversos organismos estatales, incluido el Conicet (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas), que es el principal encargado de promover la investigación. A pesar de sus esfuerzos por desfinanciarlo en sus dos años de gestión, diversos factores —legales, históricos, electorales y administrativos— han obstaculizado sus intenciones. Aunque es fundamental juzgar a los gobernantes por sus acciones y no solo por sus intenciones, cuando estas emergen como mensaje resulta necesario preguntarse sobre las posibilidades de que esas ideas se concreten en la realidad.
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En la reunión de gabinete de fin de año, Milei obsequió a sus funcionarios el libro Defendiendo lo indefendible, de Walter Block. Al finalizar el encuentro, todos los ministros posaron para una foto sosteniendo el libro como si fuera un trofeo. Block, un economista estadounidense nacido en 1941, publicó en 1976 esta obra, que fue elogiada por dos ídolos de Milei: Murray N. Rothbard y Friedrich Hayek. El título es provocador y refleja la creencia de los anarcolibertarios de que el “Estado de bienestar” ha provocado percepciones erróneas sobre el funcionamiento social. Como señala Hayek en el prólogo, “un verdadero entendimiento de la economía exige el desengaño de muchos prejuicios profundos e ilusiones”. Block lleva esta idea aún más lejos al “defender lo indefendible”: apoya el trabajo infantil (siempre que sea voluntario) y celebra figuras socialmente mal vistas que, según él, dinamizan la vida social y muestran las dignidades de la economía de mercado libre.
Entre las figuras elegidas por Block, por ejemplo, está el chulo o proxeneta, al que defiende en estos términos: “La función intrínseca del chulo es la de intermediario. Al igual que el agente inmobiliario, de seguros, de bolsa, de fondos de inversión, etc., el chulo cumple la función de juntar a las partes del intercambio por un coste inferior al que supondría tener que juntarse sin su ayuda. Quien paga a un agente se lleva parte de la inversión, si no, no le pagaría. Y ese es el caso del chulo, que ahorra tiempo de búsqueda al cliente. Es más sencillo contactar con un chulo para que te asigne una prostituta que perder tiempo y esfuerzo en buscarla personalmente. El cliente, además, cuenta con la seguridad de que la prostituta viene recomendada. La prostituta también se beneficia. Se ahorra el tiempo que gastaría en buscar clientes, y el chulo la protege de indeseables y de la policía”.
La premisa central del libro que el presidente presentó a sus colaboradores es que el mercado es sabio y que las relaciones contractuales deben ser libres, sin intervención estatal. Block critica, por ejemplo, el salario mínimo, argumentando que su existencia limita las oportunidades laborales, aunque las remuneraciones sean inferiores. Utiliza el ejemplo de personas con discapacidades, y dice que si no existiera esa medida absurda —el “salario mínimo”— podrían conseguir trabajo; seguramente ganarían menos, pero no tendrían que “elegir entre la ociosidad y trabajos improductivos subvencionados por el gobierno”. Aunque los ministros de Milei probablemente no tuvieron tiempo para leer el libro, aceptaron posar con él, pues también se ven a sí mismos como defensores de ideas “indefendibles” en un mundo que, en su visión paranoica, está dominado por lo “políticamente correcto”.
Si bien Block no menciona explícitamente la investigación científica, su argumentación se centra en los beneficios que los emprendedores privados aportan a la sociedad, en oposición a aquellos considerados “parásitos” —como los llama Rothbard— que dependen del Estado. En Argentina, y en otros países, los investigadores científicos necesitan del apoyo institucional, y el Estado se beneficia de sus descubrimientos, patentes y avances. Milei, llevado por sus dogmas, considera que también la investigación debería estar en manos de privados. Si bien no pudo anular la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, que es la que se encarga de seleccionar proyectos y financiarlos muchas veces con participación de empresas y de cooperaciones internacionales, el presupuesto que presentó al Congreso y que salió aprobado la deja sin fondos. Con esta situación, que lamentablemente encuentra un consenso amplio (así por lo menos lo muestra la votación en el Congreso), la agencia no podrá ni siquiera dar curso a proyectos que ya fueron aprobados.
Jorge Aliaga, un prestigioso físico que fue decano de la Facultad de Ciencias Exactas en la Universidad de Buenos Aires, es actualmente miembro del Directorio del Conicet y enseña en la Universidad de Hurlingham, antes de analizar la política presupuestaria, me envía un pasaje del discurso de Milei en ocasión de presentar el presupuesto de 2025: “Lo fundamental que tiene que hacer un Estado nacional es asegurar la estabilidad macroeconómica, las relaciones exteriores y el imperio de la ley. Punto. Cualquier otra cuestión puede resolverse a través del mercado o es competencia de los gobiernos subnacionales”. Aliaga me señala que, entre las tareas del Estado, el presidente “no menciona ni la salud, ni la educación, ni la ciencia”. Sobre el presupuesto aprobado para 2026, Aliaga me dice: “Eliminaron a cero todo lo que es financiamiento de ciencia. Históricamente venía a través de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica. Si uno se fija, el presupuesto en pesos es el mismo que el de 2023, y en el medio hubo una inflación muy fuerte. O sea que la perspectiva para este año es que la agencia pague los salarios de su personal y cumpla con las becas remanentes de los proyectos en curso que quedaron y que se van extinguiendo. Además, en los últimos años hubo un aumento por la ley de 2022 que tiene el objetivo de llegar al 1% del PBI en 2032, y se dejó de cumplir con esta ley. Es una política general en la que el Estado deja de invertir y nos estamos comiendo el capital. Lo que hay en la agencia es una inercia con financiamiento cero”.
Es sabido que los anarcolibertarios atacan especialmente a las humanidades, a las cuales consideran una enemiga en lo que llaman “batalla cultural” y parte de una hegemonía de izquierda estatista. Mario Pecheny, doctor en Ciencias Políticas y miembro del Directorio del Conicet, me comenta: “Ante la aprobación del presupuesto, mis colegas expresaron de modo unánime (como ‘una sola alma’) que estas medidas destruyen al sistema científico. No benefician siquiera a quienes dicen querer beneficiar, puesto que no existe aplicación de investigación sin investigación básica y sin un ecosistema de investigación. La anulación de los proyectos aprobados por la agencia en 2022 y 2023 deja sin recursos a todas las áreas del conocimiento y a la ciencia básica; además rompe con la institucionalidad basada en honrar compromisos y sostener la continuidad de los proyectos, que muchos de ellos incluyen contrapartes nacionales e internacionales. Esta ruptura define a la Argentina como un país nada confiable para establecer colaboraciones o convenios de investigación. Respecto de mi campo de investigación (investigación social en salud) puedo decir dos cosas más. Primero, al colocar a empresas como partícipes necesarios y a la búsqueda de retorno económico, queda por fuera cualquier trabajo de investigación a pedido o en conjunto con ministerios de salud, hospitales, asociaciones de pacientes, organismos internacionales; incluso deja afuera a posibles investigaciones junto a laboratorios que no busquen poner productos en el mercado, sino aspectos que tienen que ver con la calidad de vida de las personas. Tampoco podríamos investigar cómo es posible que en el Congreso se evoque a Satán a la hora de discutir políticas de vacunas (se refiere a un encuentro que se hizo en el Congreso contra las vacunas organizado por una diputada del oficialismo). Segundo, la llamada ‘batalla cultural’ es un nombre pomposo que se está usando para referirse a prácticas inquisitoriales que toman como blanco a los derechos que hemos conquistado, aquí y en otras partes, en los últimos tiempos: derechos de los trabajadores, derechos de las mujeres, de las nuevas generaciones, de las minorías. En suma, cortar de cuajo el financiamiento de la investigación es atacar la ciencia y recortar las posibilidades de mejorar la calidad de nuestras vidas y de hacer valer nuestros derechos”.
Para quienes investigamos y nos dedicamos a la docencia universitaria, 2026 será otro año difícil. Los salarios de los investigadores del Conicet se encuentran muy atrasados, pero quizás lo más preocupante es la narrativa que se intenta imponer desde el gobierno y por ciertos grupos en redes sociales —con financiamiento que a menudo carece de transparencia—, que retrata a los científicos como parásitos que se aprovechan del Estado. Solo nos queda esperar a no tener que vivir en un país en el que un proxeneta tenga más prestigio que un docente o un investigador.