• Cotizaciones
    sábado 21 de febrero de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    La política exterior de Javier Milei: un protrumpismo exacerbado

    Con Donald Trump, el presidente argentino Javier Milei comparte visiones similares sobre los establishment: el argentino se ha convertido en una figura prominente para los antiwoke, aquellos que rechazan las políticas progresistas a escala global

    Columnista de Búsqueda

    A ocho meses de haber asumido la presidencia en Argentina, la política exterior de Javier Milei se define con claridad: un protrumpismo exacerbado. Todas sus acciones y omisiones en el ámbito internacional han sido motivadas por una única apuesta: el regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos en enero próximo. Esta orientación marcó decisivamente el enfoque de sus relaciones internacionales.

    Si bien Milei y quienes están más cerca de él repiten que Estados Unidos, como líder de las democracias liberales occidentales, es un socio natural de la Argentina y que por eso es necesario actuar en consecuencia y construir una inexpugnable alianza estratégica con ese país, el único vínculo que parece interesarle al presidente argentino, en realidad, es con Trump.

    Para comprobarlo, basta analizar las relaciones que construyó, sus enfrentamientos, discursos, elogios e insultos, el destino de sus viajes y sus reuniones. Su presencia en eventos de claro corte republicano en suelo estadounidense demuestra que su interés es más Donald Trump que Estados Unidos. Milei apuesta con fuerza al triunfo del magnate, basado en la creencia de que su alineamiento incondicional redundará en apoyo político y económico cuando el candidato republicano llegue a la Casa Blanca.

    Su identificación con Trump es ideológica y pragmática. Necesita su apoyo en organismos internacionales de crédito donde siempre la palabra de Estados Unidos pesa mucho. Milei también busca una oportunidad para transformarse en su principal referente en la región. Sabe que ni en Lula, ni en Petro, ni en Boric, y ni siquiera en el presidente de Paraguay, Santiago Peña, ni en quien gane la elección en Uruguay, Trump va a encontrar alguien como él para ser su voz en el sur de América. Milei sueña con convertirse en líder regional.

    Con Trump, además, Milei comparte visiones similares sobre los establishment: el argentino se ha convertido en una figura prominente para los antiwoke, aquellos que rechazan las políticas progresistas a escala global. Su estrategia parece priorizar la atención mediática y el refuerzo de su imagen como líder de la extrema derecha global, a menudo a expensas de las relaciones diplomáticas tradicionales.

    Todos los vínculos que Milei estableció o profundizó en estos ocho meses han tenido un hilo conductor: Trump. La mayoría, claramente explícitos: su participación en la reunión del conservador think tank CPAC (Conferencia Poítica de Acción Conservadora) en Los Ángeles, en la tribuna de Vox en España o en sus reuniones con Elon Musk. Este vínculo es clave porque el empresario es acusado de liderar a través de X una campaña de odio contra Kamala Harris y contra los inmigrantes en Gran Bretaña, que atraviesa una crisis por serios disturbios protagonizados por grupos de extrema derecha. Musk se reunió con Milei más veces que con cualquier otro presidente del mundo.

    En todos los lugares que pisa, Milei es presentado como un defensor de la libre empresa, música para los oídos de los dueños y los gerentes de compañías multimillonarias, algunas de ellas más poderosas económicamente que muchos países, que buscan siempre mercados que les garanticen una expansión ilimitada, sin trabas impositivas y con el Estado bien lejos. La simbiosis con Milei es total.

    En Estados Unidos Milei se reunió con los CEO de las empresas tecnológicas más importantes del mundo. Ya dijo que su objetivo es que Argentina se transforme en “un nuevo polo mundial para el desarrollo de inteligencia artificial”. Quiere convencer a quien se le ponga enfrente que él podrá crear las condiciones de mercado ideales para que las grandes empresas, sobre todo las tecnológicas, inviertan en Argentina. Por ahora, no lo consiguió.

    Europa es quizá el lugar donde más cómodo se siente para mostrar al mundo su proyecto político, basado en un alineamiento ideológico estrecho con las posturas más extremas que habitan las democracias occidentales, que cada vez tienen más éxito cuestionando todo lo que defienden los establishment económicos, culturales y políticos que gobernaron los principales países del mundo en los últimos 60 años. Milei eligió al presidente Pedro Sánchez como enemigo, después de haber sido descalificado por uno de los ministros del gobierno español. Esa pelea después reguló el resto de sus vínculos con líderes europeos. En la cumbre del G7, Giorgia Meloni lo recibió encantada. En Alemania, Olaf Scholz, con frialdad, y en Francia Macron le dedicó algunos minutos en la previa de la inauguración de los Juegos Olímpicos. No más que eso.

    Milei se mueve cómodamente en el escenario que le regalan Vox y gran parte de la extrema derecha europea. Representa como ningún otro las ideas de lo que él llama “la libertad” y otros definen como ultraderecha. Se autoconvenció de que puede decir lo que quiera y donde sea sin importar las consecuencias. No cree que acusar de corrupta a la esposa de un presidente en su propio país y en un acto de la oposición vaya a tener algún impacto en la relación política y comercial.

    Para él es todo ganancia. Milei se transformó sin duda en la principal figura mundial de quienes odian las políticas progresistas, entre ellos la pragmática Meloni, el pro-Putin Viktor Orban, el líder del Partido Republicano de Chile, José Antonio Kast, el presidente de Chega de Portugal, André Ventura, el ex primer ministro de Polonia Mateusz Morawiecki y la presidenta de la Agrupación Nacional francesa, Marine Le Pen.

    En línea con este “estrellato” internacional surge un aspecto singular de su política exterior: el desprecio evidente a América del Sur. No visitó de manera oficial ningún país vecino. Además, se peleó con Lula, Petro y Boric, y también desairó con su ausencia en la cumbre del Mercosur a Lacalle Pou y a Peña, supuestamente más afines en lo ideológico a él. Como podemos ver, no hizo distinciones ideológicas.

    Javier Milei recrea un “occidentalismo furioso” inspirado en los años 90 de Carlos Menem, pero en un contexto internacional radicalmente diferente: estamos en otro mundo. Hoy, con Estados Unidos dividido y China disputando el poder global, la estrategia de alineamiento exclusivo resulta anacrónica. El de Menem respondía al clima de época en el que estaban todos los países detrás de Estados Unidos por una sola razón: no había opción. El muro se había caído y la URSS estaba desintegrada. Las democracias liberales se reproducían en todas partes. Estados Unidos lideraba y era el único referente global.

    Hoy, ese mundo de los años 90 que reivindica Milei no existe. No solo porque Estados Unidos está partido en dos quizás como nunca antes, sino también porque China le disputa poder económico y geopolítico. A los países de la periferia esto los obliga a estrategias de equilibrio, de negociación, de alta diplomacia y de prudencia. Todos elementos de los que la política exterior de Milei carece.

    También estamos en presencia de un raro experimento: el de la triple diplomacia. Por un lado, la que ejerce Milei, formando exóticas alianzas que incluyen más a dueños de multinacionales que a líderes políticos. Por otro, aparece la canciller Mondino para administrar, sin ningún éxito visible, los restos de las crisis diplomáticas que Milei va dejando en el camino. Y detrás de ella, una Cancillería que se aferra al profesionalismo para gestionar los aburridos asuntos protocolares y burocráticos que deben resolver los países para convivir en un sistema internacional tan interconectado como conflictuado y para acomodar los desatinos que dejan el presidente y la canciller. El caso de Venezuela expuso esta situación a la perfección.

    Milei no tardó en salir a hablar de fraude y condenar a Maduro, con el principal objetivo de mostrarse como el máximo referente regional contra las dictaduras, aun antes de que Maduro consolidara su estafa electoral. Cuando todos esperaban que la canciller pusiera algo de prudencia, Mondino hizo todo lo contario: en su cuenta personal de X reconoció el triunfo de la oposición. La Cancillería tuvo que salir a contradecir a su propia titular, aclarando que se estaba evaluando la situación para poder pronunciarse. Lo que buscaban era tiempo para resolver el destino de los argentinos en la embajada en Caracas, asediados por el régimen de Maduro, para, luego de asegurarse que no corrían peligro, definir un posicionamiento. La triple diplomacia en su esplendor.

    Brasil salió al rescate y terminó mediando para resolver la situación y se hizo cargo de la embajada argentina en Caracas. Fue la segunda vez que, a pesar de las diferencias ideológicas, el país vecino ayudó al gobierno de Milei. La primera había sido en mayo, cuando el Brasil de Lula, a pesar de los insultos cruzados que mantuvo con Milei, colaboró para resolver un serio faltante de gas que complicaba, aún más, a la economía argentina. Pragmatismo brasileño. Salvando las distancias, algo parecido sucedió con China: el régimen “comunista” de Xi Jinping salió al rescate de Milei cuando, meses atrás, hubo que renovar el swap financiero que fortalece las reservas nacionales en moneda extranjera. En ambos casos, con Brasil y China, las necesidades de gestión les ganaron a los deseos ideológicos de Milei. Así son las relaciones internacionales y esto no va a cambiar ni siquiera si Trump vuelve a ser presidente de los Estados Unidos.

    *Politólogo y magíster en Estudios Internacionales, docente de la Cátedra de Teoría de las Relaciones Internacionales en la Universidad de Buenos Aires y director del sitio web zoominternacional.com, portal especializado en política internacional.

    // Leer el objeto desde localStorage