Se llama Orin O’Brien, tiene 89 años y es la protagonista del corto documental ganador del Oscar La única mujer de la orquesta, que se puede ver en Netflix.
La película, que se puede ver en Netflix, gira en torno a Orin O’Brien, la primera mujer en ingresar a la Filarmónica de Nueva York, en 1966, en la que fue la única chica entre 104 músicos hombres
Se llama Orin O’Brien, tiene 89 años y es la protagonista del corto documental ganador del Oscar La única mujer de la orquesta, que se puede ver en Netflix.
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEs probable que usted nunca haya escuchado su nombre y es lógico que así sea. O’Brien es contrabajista —instrumento de bajo perfil si lo hay— y, además, mujer. No obstante, en Estados Unidos es una leyenda y ha pasado a la historia como la primera mujer en ingresar a la Filarmónica de Nueva York, en 1966, bajo la batuta del maestro Leonard Bernstein y permanecer en ella durante 55 largos años. Por lo pronto, hasta 2021, cuando decidió jubilarse. Ese es precisamente el foco de la película, un emotivo registro de los momentos previos a su retiro, una suerte de despedida para una artista apasionada en cuerpo y alma por la música.
El corto es encantador y da lástima que sea eso, un corto, porque uno se queda con ganas de ver más, de saber más y, sobre todo, de escuchar más. Fue dirigido por su sobrina, Molly O’Brien, productora y directora de series y documentales; ganó un Emmy por la serie American High para Fox y es directora de proyectos de la NBC News. De allí, entonces, que la película tenga un tono íntimo y familiar que la transforma en un diálogo entre tía y sobrina, dos mujeres de diferentes generaciones y con distintas experiencias de vida. Son apenas 35 minutos y cada escena vale, vibra, se expande; la complicidad y el deleite de los ensayos, la admiración de sus alumnos ya consagrados y, por supuesto, el amor que siente por sus contrabajos. Se los ve colocados en fila, silenciosos y en alerta, esperando la diaria caricia como si fueran niños a la hora de dormir. Además, es delicioso percibir el sutil proceso mimético entre la protagonista y su instrumento, como si el peculiar carácter que anima al contrabajo fuera el de su intérprete: la humilde renuencia al protagonismo, el reclamo exigente en la postura y hasta las dificultades de su transporte. Será por eso que La única mujer de la orquesta es un viaje introspectivo pero siempre discreto, un relato afectuoso y sensible, pero que rehúye el desborde y la cursilería. En pocas palabras, marca el ritmo con un suave sonido grave, igual que un contrabajo.
Ahora, no menos sorprendentes son las peripecias de su vida, ya que O’Brien, que nació en 1935 en Los Ángeles, es hija de dos estrellas de Hollywood de aquellos míticos estudios de otros tiempos. Su padre fue George O’Brien, el legendario actor de los westerns de John Ford y protagonista de Amanecer de F. W. Murnau, película ganadora de tres Oscar en 1929, en lo que fue la primera ceremonia de la historia de la hoy famosa premiación. Por otra parte, su madre fue Margarite Churchill, coprotagonista de John Wayne en varias películas y hasta la actriz principal de Los muertos vivientes, junto con Boris Karlof, en 1936. Se hace difícil imaginar cómo en medio de este mundo de brillos y glamour nació una vocación tan profunda y poderosa, sin embargo, sucedió. Estudió en la prestigiosa Escuela Juilliard de Nueva York —donde años después fue maestra— y sus inicios orquestales fueron en el New York City Ballet, en la Metropolitan Opera House y en la American Symphony Orchestra, en donde en 1962 y bajo la dirección de Leopold Stokowski brilló en su primer solo con las Variaciones concertantes de Alberto Ginastera. De todos modos, el gran desafío fue superar la duras audiciones de Leonard Bernstein para la Filarmónica de Nueva York, las que hicieron de ella la única chica de la orquesta: 104 hombres y ella. ¿Dónde cambiarse de ropa? No había camerinos para mujeres. ¿Dónde dormir en las giras? Los cuartos eran compartidos. ¿Cómo intentar ser un igual sin ofender? Le querían cargar el contrabajo y las valijas. Los dilemas cotidianos fueron muchos, mas lo difícil fue superar la misoginia de algunos directores de orquesta. No doy nombres —ya lo sabrán si ven la película—, solo les cuento que algunas batutas-estrella quedan un tanto mal paradas.
O’Brien enfrentó obstáculos, forzó los límites y tomó decisiones, pero a fuerza de talento y actitud sus 55 años en la orquesta fueron un parteaguas para las carreras musicales de un sinnúmero de mujeres. Porque el mundo de la música clásica —al igual que muchos otros medios artísticos— es un círculo cerrado en el que las opiniones y los juicios pueden hundir una vocación a límites insondables, basta pensar en los escollos que afrontó la gran Antonia Brico, primera mujer en dirigir la Filarmónica de Berlín, en la década del 30.
Hay un momento en la película en que, con una mezcla de modestia y sabiduría, O’Brien comenta por qué su elección del contrabajo: “Eres un soporte para lo que está sucediendo, eres el suelo que sostiene a todos y que se derrumbaría si no fuera seguro”. Sin duda, el suelo no tendrá el protagonismo escénico de los virtuosos solistas, pero sin él no hay música que valga.