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    jueves 11 de julio de 2024

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    Las lágrimas de Joaquín

    Hace unos años, cuando mi hijo Joaquín, hoy adolescente, tenía seis o siete años, estaba sentado mirando la TV e hizo o dijo algo que me molestó y le pegué en la pierna con la mano abierta. En el momento mismo que le pegué me di cuenta de que se me había ido la mano y que le había pegado fuerte. Él lloraba en voz baja y se lamentaba: “Si yo no hice nada”. Quise abrazarlo arrepentido y él se dejó. Pasan los años, nos adoramos, pero en mis noches aciagas aquella es una de las imágenes que vuelve a mí. Y se me estruja el alma. No por haberlo lastimado físicamente, porque estuve muy lejos de eso. Me angustia verme a mí, un hombre grande, abusando físicamente de un nene indefenso. Podía haber hecho con él lo que quisiera. Podía haberlo seguido golpeando, insultado, humillado y vaya a saber qué más. ¿Y él qué podía hacer? ¿Seguir llorando?

    De acuerdo a las cifras oficiales, las agresiones contra niños van en aumento. Golpes, abusos sexuales, agresiones verbales, abandono; una cifra seguramente muy oculta, porque ¿qué niño va a denunciar a sus padres por eso? Solo cuando la agresión es muy evidente las maestras o los CAIF lo detectan. Y muchas veces regresan al mismo infierno. Y cobran por partida doble. Porque, además, la opción B es apenas mejor, cuando no peor. Todos los expertos advierten que la institucionalización, la internación, es la peor solución.

    Decimos, a veces con razón, que la pobreza no necesariamente genera niños y jóvenes violentos, pero no hablamos solo de la violencia del hambre, el frío, la violencia innata de la pobreza material que afecta a uno de cada cinco niños uruguayos, sino que a ella se suma la otra violencia, la explícita, el golpe, la violación, el insulto. Brazos fracturados que sueldan solos sin pasar por un médico, quemaduras de cigarros, noches de invierno durmiendo atados junto a perros y chanchos.

    Hay médicos que han dedicado su vida a atender a estos niños. Maestros que se dedican a intentar enseñarles. Los periodistas lo poco que podemos hacer es poner el tema en agenda. No crean que no sé que puedo aburrir con el tema. De hecho, cuando subo a YouTube notas sobre escándalos políticos las visualizaciones se disparan, pero cuando escribo sobre los niños las cifras se planchan.

    Los médicos, los educadores, los periodistas. ¿Y los políticos?

    Ellos tienen el poder, y el poder lo tiene el que puede. El que puede aplicar políticas públicas.

    Hay cosas que no se pueden hacer, al menos en plazos cortos. Pero hay otras que se hacen de un día para el otro, como terminar con la pobreza infantil medida por ingreso, o invertir en el sistema de cuidados o aumentar las políticas de salud mental.

    Luego, sus resultados llevarán tiempo. ¿Alguien cree que los resultados de las políticas sociales de José Batlle y Ordóñez se vieron de un viernes para un lunes? Pero un siglo después siguen evitándonos muchos males.

    Con sinceridad, ¿a quiénes de los que tienen el poder podremos recordar dentro de un siglo con base en lo que están haciendo hoy?

    Claro que el dinero no da para todo. Es duro decirlo, pero con un presupuesto acotado, para que alguien gane, alguien tendrá que perder o no ganar tanto.

    Hay cosas que no fuimos. Los dirigentes políticos seguro no fueron educadores ni productores, y seguro la mayoría no fue pobre. Pero todos fueron, fuimos, niños, o tenemos hijos, nietos, sobrinos, hermanos.

    Podemos darnos cuenta, porque lo vivimos, de la fragilidad de un niño. Los que pueden invierten en ellos en buena educación, en deportes, en tratamientos psicológicos y, aún así, a veces dan problemas, y a veces graves. Imaginemos a los que no solo no tienen eso sino que les falta casi todo.

    ¿Cómo es posible que no logremos convencer contra el discurso fácil que atribuye a las madres los desvíos de sus hijos cuando ellas mismas fueron niñas pobres y abusadas y lo fueron sus abuelas? Y si quienes pueden tomar decisiones de fondo no logran convencer, entonces se necesita que al menos en un tema el político deje de ser tal y asuma como un estadista.

    Habrá hecho más por la gente y por el país en 20 años que conformando a una ciudadanía que, a fuerza de deserción educativa, discursos facilistas, una sociedad que premia el tener más que el ser, se ha deprimido en su capacidad no solo de reflexión, sino de empatía. Una sociedad a la que la neurociencia describiría con el neocórtex (la cognición) del cerebro poco ejercitado y el sistema límbico (los sentimientos) anestesiado. Vivimos activando todo el tiempo el sistema reptiliano, el que regula los instintos de supervivencia. Corremos o peleamos. No empatizamos. Ni compadecemos. Y justamente eso es lo que nos salvará de la supervivencia. No nos preocupamos por los hijos de otros hasta que un día uno de esos olvidados venga a tomar la vida de un hijo propio. Y entonces propondremos matarlos a todos.

    El tema de la infancia empezó a manejarse en la campaña electoral. Llegado el momento habrá que ver la seriedad y la profundidad de las políticas que se vayan a aplicar. Qué estamos esperando para una medida tan urgente no sé.

    Por cierto, el proyecto de la diputada Cristina Lustemberg, que apenas se centra en ordenar el gasto en infancia, carreteó seis años en el Parlamento y allí sigue durmiendo.

    Pero, ojo, también es fácil emprenderla contra los políticos, cuando estos muchas veces funcionan ante los reclamos populares. Quizás haya que empezar a pedirle responsabilidades a la gente y no esperar que todo nos venga de arriba.

    El problema allí es que los directamente afectados no están ni organizados ni en condiciones de una gran movida nacional, como sí lo pueden los gremios, las organizaciones de mujeres u otras corporaciones.

    Los que podrían ejercer esa presión son grupos que tienen la vida de sus hijos más o menos resuelta.

    Un ejemplo: los gremios están proponiendo la jornada de seis horas. Bien, una propuesta que vale por sí misma. Pero por qué no se alían con la corporación feminista y con la consigna de la igualdad de género en un país con tasas de natalidad inexistentes no plantean la licencia paternal por seis meses, como funciona en Noruega. ¿Nunca se les pasó por la cabeza? Se benefician ellos, ellas y los niños, que estarán más y mejor acompañados, es de esperar.

    Sobran los ejemplos de medidas que no están dirigidas a los niños, pero que los comprenden. Pero a esta altura no puede haber dudas de que la ciudadanía, al igual que los políticos, es consciente de la desprotección de la infancia.

    Las sociedades desarrolladas han encontrado canales de control ciudadano incluso entre los propios niños. En el caso de bullying, por ejemplo. Los expertos apuntan a que el control entre abusados y abusadores lo ejerzan la mayoría de los jóvenes que no forman parte de ese círculo violento. Los que miran que dejen de mirar y actúen. Una forma de alentar en épocas tempranas contra la injusticia. Si nadie los cuida, que se cuiden ellos.

    Basta ya de delegar nuestros dolores en grupos que tienen intereses pensando en mañana y no en 20 años. Quienes no dependemos de los votos ni tenemos compromisos con corporaciones más poderosas que los niños deberíamos encontrar formas de presión. Las mujeres lo hicieron y lograron que se aprobara una ley de violencia de género, mala por su falta de presupuesto y un tanto egoísta porque no incluyó a los niños en el delito de femicidio. Pero lograron algo.

    Sé que no es fácil, pero nadie dijo que lo sería. Yo mismo ya no sé qué más hacer que seguir insistiendo con lo que me parece el asunto con mayor proyección de los que tenemos en agenda. Siento impotencia ante la displicencia social y la falta de responsabilidad y de coraje de los dirigentes. Les mandaría una maldición para que, en las noches, antes de dormir, los persiga una imagen como la que a veces me persigue a mí, con la cara de Joaco llena de lágrimas y diciendo entre pucheros: “Si yo no hice nada”. Pero quizás no tengan tiempo de detenerse en eso; posiblemente estén pensando en el acto partidario del día siguiente, donde se juega la chance de acceder al poder. “Para nosotros la infancia es prioridad”, dirán. Pero Uruguay sigue último en el continente en la infantilización de la pobreza, y eso es porque hace décadas que no son la prioridad para nadie. Y por eso hemos instaurado una especie de consigna tan ignorante como estúpida: los niños son el futuro. Mientras no sean de una vez por todas el presente, su futuro será, como lo está siendo hoy, nuestra condena.