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Cuando los organismos oficiales de contralor fallan o el control político que ejerce la oposición sobre el gobierno no se hace, ¿quién es el que puede poner sobre la palestra pública las ilegalidades, irregularidades, sospechas, mentiras, etc., que ocurren en todo el sistema político? La prensa. Cuando la prensa revela alguna ilegalidad o sospecha o cualquier ciudadano denuncia a un integrante del poder político, ¿quién es el encargado de investigarlo y eventualmente acusar? La Fiscalía.
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¿Es lógico que luego de una serie de escándalos políticos, algunos de los cuales aún no se dilucidan, la prensa y la Fiscalía estén en el centro de la crítica? Sí, es lógico.
Esta reacción negativa contra todo lo que vaya en su contra, ¿es propia de la derecha? No. O nos olvidamos del “eje del mal”, concepto con el que dirigentes del Frente Amplio se referían a los periodistas “de derecha” que atentaban contra sus intereses.
Entonces, qué hay de nuevo aquí. No mucho. En todo caso, quizás, lo más novedoso es que estos ataques están adquiriendo ribetes de campaña orquestada o por lo menos admitida por partidos que tienen en sus filas a algunos impresentables que no dudan en refugiarse en sus fueros para embestir contra todos sin el más mínimo pudor.
Y están las benditas “filtraciones”. Desde el punto de vista de los periodistas, mientras que lo que se revele sea de interés público, está dentro de sus funciones y de la ética. Habrá quien cuestione la oportunidad y otros asuntos, y está bien. Hay muchas formas de hacer periodismo y de encarar la profesión. Viva la libertad. Mientras que lo que se revele no sean asuntos de interés privado, estará dentro de las reglas de juego y a los que no les guste pues que se muerdan el codo.
¿De dónde salen esas filtraciones? Se podrá suponer lo que se quiera, pero los señalamientos contra la Fiscalía son, en general, infundados. No es una suposición. Lo digo por mi propio trabajo y por el de algunos colegas que están en la picota y con los que tengo una relación cercana y de confianza como para saber que la mayoría de las cosas que han divulgado no tienen a la Fiscalía como fuente. Los casos que llegan a la Justicia no solo están en manos de la Fiscalía, lo están también de jueces, abogados de las víctimas, abogados de los victimarios, de la Policía y de otros funcionarios públicos.
La Fiscalía molesta al poder político por otras razones. Un ejemplo de esas razones es la imposibilidad que el sistema político ha tenido para designar a un fiscal de Corte. Los partidos políticos no encuentran entre 3 millones de uruguayos a uno en torno al cual logren consenso para que asuma la Fiscalía de Corte. ¿No será que, como para nombrarlo, se requiere una amplia mayoría legislativa, si luego cuando actúe con firmeza e independencia ante algún político, nadie podrá decirle, como les dicen a otros fiscales, que juega a favor de tal o cual partido? ¿No será que temen que se les vuelva un boomerang?
Los fiscales sabrán defenderse de esta embestida. Los periodistas, en tanto, siempre estamos en la picota, incluso en boca de colegas que por sesgo, envidia o estilo se suman a las voces que exponen a otros profesionales cuestionando su seriedad y sus intenciones.
Quizás también debamos hacernos una autocrítica. Aunque hay periodistas pasándola mal en un momento de cambios profundos en la industria, como colectivo, forman parte del establishment. Les guste o no. Y el establishment todo tiene una mirada miope sobre la decadencia ética y cultural en que está inmersa la sociedad uruguaya. Mira hacia abajo y dice “¡oh, cómo han caído la educación, la cultura, los valores!”. Para advertir esto, los periodistas podemos mirarnos a nosotros mismos o, con cierta capacidad de observación, mirar alrededor y darnos cuenta de cómo —y quizás esto también forme parte de este viejo asunto de las presiones y los cuestionamientos pero con un nuevo estilo chabacano— otros sectores de las elites se han venido abajo y que no hay que dar por el pito más de lo que el pito vale.
Basta, por ejemplo, mirar al partido de gobierno. El partido de Oribe y Saravia supo tener en el Senado a hombres como Wilson Ferreira Aldunate y Carlos Julio Pereyra, a Walter Santoro y Dardo Ortiz, a Luis Lacalle Herrera y Gonzalo Aguirre. Hoy tiene a Sergio Botana y a Graciela Bianchi.