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La historia antigua de Rusia está enriquecida por muchos de los relatos legendarios que consiguieron levantar una apasionante épica sobre los primeros elementos de la dinastía Rurik. Un involuntario punto de inflexión lo representa Igor, esposo de Olga y para el 940 padre de Sviatoslav, que lleva el primer nombre eslavo en la historia de la familia. Y digo involuntario porque aquello que cambiará el destino moral de Rusia lo tiene como origen de una hegemonía decisiva.
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El disparador de la cadena de acontecimientos tiene lugar en el año 945, según las crónicas que consulta Soloviev en su Histoire de Russie (Editorial Adamant Media Corporation, París, 2001). Al parecer el poderoso escuadrón del príncipe de Kiev estaba insatisfecho por la exigua bolsa que venía recibiendo, luego de las imprudentes aventuras militares en la que había perdido considerables ganancias. Por esa razón y acaso firmemente presionado por la soldadesca fue a tratar con los drevlianos, una tribu eslava que vivía en la Polonia profunda. Esta era una tribu taimada y valerosa que, sin que lo imaginara Igor, había llegado a colmar su paciencia con las arbitrariedades fiscales de Kiev. Igor les comunicó que aumentaría la tasa del impuesto ya alto que les cobraba; no conforme con eso, miembros de su escuadrón saquearon parte de la tribu, abusaron, se mostraron insultantes. Es entonces que tiene lugar la famosa indignación de los drevlianos, que toman prisionero a Igor, lo atan de cada uno de sus miembros a cuatro abedules previamente tensados e inclinados y luego sueltan las ramas, descuartizándolo del modo más cruel pero también más minucioso; no hubo una parte del príncipe que quedara entera. Literalmente, lo partieron.
Los drevlianos deberían haber esperado venganza de los parientes de Igor de Rusia, pero sabían que Sviatoslav tenía apenas cinco años y sería incluso fácil de eliminar; su esposa Olga, pensaron, no sería problema. Una leyenda popular registrada en la crónica de esta época y de la señera figura de Olga sostiene que frente a los despojos de Igor los drevlianos comenzaron a pensar: “Matamos al príncipe ruso, ahora tomemos a su esposa Olga para nuestro príncipe , y con su hijo, Sviatoslav, haremos lo que queramos”. Habiendo decidido esto, los drevlianos enviaron a Lodya 20 de sus mejores hombres para plantearle a Olga la singular propuesta.
Al enterarse de que habían venido los drevlianos, Olga los llamó y les preguntó por qué habían venido. Los embajadores respondieron: “La tierra de drevlianos nos envió a decirte: matamos a tu marido porque nos robó como un lobo, y nuestros príncipes son amables, dispersaron la tierra de drevlianos para que puedas casarte con nuestro príncipe”. Olga les dijo: “Me encantan sus palabras; después de todo, ¡no puedo resucitar a mi marido! Por eso quiero honrarlos mañana ante mi pueblo; ahora regresen a su barco y se acuestan allí y esperan noticias”; “pero ¿qué pasa mañana?”, preguntaron con cierta ansiedad. La princesa con voz imperturbable e insinuando una cierta simpatía le dijo al mayor de ellos: “Por la mañana te enviaré a buscar, entonces les dirás a los mensajeros: no montaremos a caballo, no iremos a pie, sino que nos llevarán a la barca y ellos los conducirán en barca ante mí”. Cuando los de Drevlyan regresaron a su barco, Olga ordenó que cavaran un hoyo grande, bien grande y bien profundo, en el patio de la torre suburbana y a la mañana siguiente mandó llamar a los invitados y les ordenó a sus sirvientes que les dijeran: “Olga los convoca a un gran honor”. Los drevlianos respondieron con entusiasmo: “Con gusto obedeceremos. ¡No montaremos a caballo ni en carros y no iremos a pie, llévanos al barco!”. Los de Kiev dijeron a esto: “Somos gente hospitalaria y queremos la amistad entre nuestros pueblos; nuestro príncipe fue asesinado y nuestra princesa quiere casarse con su príncipe”, y los llevaron a Lodya, y los drevlianos se sentaron y se dieron aires, muy pagados de sí mismos. Pero cuando los llevaron al patio de la torre los precipitaron al gigante hoyo que les habían destinado. Olga se inclinó hacia ellos y les preguntó: “¿Están satisfechos con el honor?”. Los drevlianos respondieron: “¡Oh, para nosotros es peor que la muerte de Igor!”. La princesa, ahora con una amplia sonrisa, ordenó que los enterraran vivos y fueron tapados de tierra y lodo.
Esta fue la primera de las famosas cuatro venganzas de la espléndida Olga de Kiev, que luego sería ungida santa ejemplar de la Iglesia.