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    viernes 21 de junio de 2024

    Más allá de Iturralde

    Era necesario dejar pasar un tiempo para escribir esto. Que los días trajeran un poco de sosiego y que el ruido se fuera diluyendo con la distancia. Porque argumentar a los gritos, en la mitad del desborde de adrenalina, no aporta demasiado. Nadie se puede escuchar de esa forma. Sirve solo para hacer catarsis y el tema que voy a abordar es muy delicado y permanente, nada tiene que ver con un enojo del momento.

    Surge del episodio que hace dos semanas derivó en la renuncia del presidente del Directorio del Partido Nacional Pablo Iturralde. En pocas palabras, lo que allí ocurrió es que Iturralde envió al exsenador nacionalista Gustavo Penadés una serie de mensajes con valoraciones político-partidarias acerca de distintos fiscales que podrían estar vinculados a su caso. De una dijo que es su “amiga” y que es afín al Partido Nacional, a otro lo catalogó de “cagón” y a otra la puso en el bando de los enemigos.

    Algo fuera de lugar viniendo del presidente del partido a cargo del gobierno, en diálogo con un senador acusado de varios casos de abuso sexual a menores, aunque discutible para algunos porque no dejan de ser opiniones personales. Pero también dijo que había hablado varias veces con algunos de esos fiscales para tratar de incidir en determinadas decisiones. Es probable que esto último haya sido lo determinante en su renuncia.

    Hasta ahí todo lo político, lo partidario, lo ruidoso y lo ampliamente discutido. Pero, más allá de todo eso, Iturralde dejó en evidencia un problema que comparte con gran parte del sistema político uruguayo, por encima del partido, orientación ideológica, edad o sexo. Me refiero a ese concepto de que todos los profesionales, sean del rubro que sean y muy especialmente los que trabajan con lo que los políticos hacen, tienen una preferencia partidaria que los marca. O están del lado de los buenos o de los malos. O de la coalición republicana o del Frente Amplio o, peor todavía, son fachos o bolches. “Este es de los nuestros”, “ojo con ese que patea para el otro lado”, son frases demasiado recurrentes en los diálogos entre políticos. No fue una excepción lo de Iturralde ni tampoco es una característica exclusiva de los blancos.

    Es como lo que ocurre con los periodistas deportivos. Todos los futboleros tienen sus teorías acerca de cuáles son de Nacional y cuáles de Peñarol. Ya los tienen encasillados y, con base en eso, cada información que difunden o comentario que hacen es visto en función de sus supuestas preferencias por uno de los dos principales clubes uruguayos. “Dice eso porque es manya” o “defiende a tal jugador porque es flor de bolso”, son frases más que frecuentes en las tertulias futbolísticas entre amigos o familiares.

    Es grave que esto suceda, además de triste. Es subestimar la inteligencia de todos los uruguayos y en especial la de los periodistas y fiscales. Que dentro de ellos puede haber algunos que tengan preferencias por un club o por un partido político y que las antepongan a sus responsabilidades: por supuesto. En todos lados hay buenos y malos profesionales. Pero que todos lo hagan es una conclusión digna de fanáticos o conspiranoicos.

    El problema de fondo, ademas, es que no están entendiendo lo que verdaderamente pasa. Y hablo solo de los periodistas, porque es lo que soy, pero imagino que algo similar debe ocurrir con muchos fiscales. Los periodistas que realmente sentimos lo que hacemos como una pasión y vibramos cada día con ello estamos lejísimos de cualquier motivación distinta que no sea informar de la mejor manera posible u opinar a partir de lo que vemos e interpretamos, por fuera de cualquier identificación partidaria.

    Los que entran a la profesión con el objetivo de operar a favor de intereses particulares suelen durar poco o perduran, pero con muy baja credibilidad. Los otros, los que ponemos en lugares irreconciliables al periodismo y a la militancia, estamos acostumbrados a recibir críticas de todos lados porque eso es parte de nuestro trabajo. No sentimos la obligación de decir que votamos a un partido menor o que hemos votado a todos para ser más creíbles. Hablamos con nuestro trabajo y con los hechos. De la misma forma que no hay necesidad de que un periodista deportivo manifieste públicamente su simpatía por un equipo chico como para poder mostrarse independiente de Nacional y Peñarol. Eso es solo una señal de debilidad o una justificación que nadie pidió.

    Lo verdaderamente disfuncional aquí es que los fanáticos piensen que todos son fanáticos y los devotos que todos tienen sus adhesiones irracionales o sus camisetas por encima de todo lo demás y no entiendan que las cosas puedem ser de otra manera. No hablan el mismo lenguaje que el que tenemos los periodistas realmente independientes para hacer nuestro trabajo. No pueden comprender ese desprendimiento que hacemos todos los que trabajamos seriamente de esto.

    Confiar más en uno que en el otro porque supuestamente es “amigo” o es “de los nuestros”, cuando ese otro es alguien que antes que nada ejerce su profesión de la forma más honesta posible, es partir de un error conceptual básico y no puede terminar bien. Seguro que el que lo haga se lleva una gran decepción. Porque si la información es relevante, el periodista la publica, perjudique a quien perjudique. De la misma forma, si el imputado es un delincuente, el buen fiscal solicita que sea enviado a prisión, sea o no su supuesto “correligionario”.

    Dos ejemplos de casos opuestos entre sí, del ámbito político, para intentar ilustrar más estos principios. En la época de la guerrilla, cuando los tupamaros secuestraron a uno de los mejores amigos del entonces presidente, Jorge Pacheco Areco, él respondió con calma y transmitió en privado que cuando asumió en su cargo en medio de la tormenta se preparó para que le secuestraran un hijo. A su vez, de los del otro lado, los tupamaros recomendaban a los que en esa época se sumaban a sus filas que no tuvieran hijos porque la debilidad más importante que tienen los padres, y que se puede poner más de manifiesto en situaciones extremas, son sus hijos.

    Los hijos prohibidos, en especial de los periodistas políticos, aunque algo similar ocurre con el resto, son las camisetas partidarias. Y si la tienen, deben estar preparados para que a ese objeto irracional de sus amores le pase lo peor y que ellos tengan que asumir un rol protagónico en esa debacle. Si no están dispuestos a eso, nunca van a ser buenos periodistas. Si es que en algún momento llegan a serlo. El poder va y viene, los gobiernos, los reinados, los que se creen dueños de la verdad, los que ven en todos lados amigos y enemigos, esos son los que pasan. Los periodistas quedan.