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Son muchos los indicios de que estamos viviendo entre los garrotes y los retorcijones mentales, una encrucijada en la que la única salida parecería ser un exorcismo que, como ya sabemos, implica mucha fe y muchísimo sufrimiento
Año 1997. David Foster Wallace, el genial escritor estadounidense, escribía en su ensayo E Unibus Pluram: los escritores americanos y la televisión1 lo siguiente: “El ascenso de Reagan/Bush/Gingrich nos ha demostrado que la nostalgia por un seudopasado más gentil, más bueno, más cristiano se presta también a ser manipulada en el interés del mercado y de la imagen pública. La mayor parte de nosotros todavía prefiere el nihilismo al neandertalismo”.
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Con la aceleración exponencial del tiempo, en menos de 20 años esa reflexión se invirtió. Foster Wallace, como pocos, lograba entender el mundo desde arriba y desde abajo, desde las sofisticaciones intelectuales más abstractas a las sutilezas de la cultura popular, como el hip hop, la televisión y el tenis, sin escalas. Murió suicida en 2008.
La definición de nihilismo es muy amplia y abunda en matices y acepciones, pero básicamente es una negación de los valores de la cultura predominante, cuyo origen y destino son vistos como una visión pesimista de la humanidad. Nietzsche y Dostoievski la vieron (ya que nuestra sociedad se separa entre los que la ven y los que no). El nihilismo exige reflexión y posee un espesor muy difícil de atravesar. Como ocurre con la mecánica cuántica, el nihilismo muchas veces es más una intuición que una certeza. Por eso es muy fácil de descontextualizar.
Arriesgo a pensar en el punk y en el Manifiesto futurista de Marinetti como dos vertientes del nihilismo. Un “rompan todo” implícito y explícito que exigía a sus seguidores fundamentalmente dos cosas: un enorme conocimiento del pasado y la capacidad de crear las herramientas necesarias para romper con ese pasado. Ambos apelaban a la inteligencia y a la construcción colectiva de una nueva estética-ética del mundo. ¡Rompían para arriba!
Nada de esto parece tener que ver con esta sociedad manipulada por egos muy lastimados, vaciada de autoestima, absorbida por el culto de la inmediatez, que es la cima desde la cual emana la intolerancia, la homofilia, la incontinencia emocional, el aturdimiento de los sentidos, la indiferencia y la fungibilidad de valores. Un mundo habitado por seres rápidos, furiosos, primitivos y replicables. No Homo sapiens, sino neandertales. Quizás sea un buen momento para ver 2001: odisea del espacio de Stanley Kubrick. La duración de la película y la no linealidad de su mensaje pueden funcionar como un anticlímax. Es una película intuiteable, y eso, como ya sabemos, descoloca. Como si duración y no linealidad no fuesen suficientes, a Kubrick se le ocurrió adornarla con música de György Ligeti y Richard Strauss… ¿En qué estaría pensando cuando lo hizo? Spoileo un poco, porque dudo de que con todas las advertencias que hice haya una corrida a las plataformas para verla. Comienza con esos seres que se asemejan a neandertales, que encuentran en la violencia y la extinción de sus competidores el secreto de la evolución de la civilización. El proceso evolutivo continúa hasta que el hombre comienza una relación romántica, bastante incestuosa por cierto, con su criatura, la inteligencia artificial (el Hal 9000 de la película). La cuestión es que la pareja no funcionó y terminamos confinados en un zoológico humano (elijo la interpretación que mejor se acomoda a lo que intento decir).
En fin, habrá que esperar para que se vuelva a invertir la fórmula de Foster Wallace y volvamos a una época en la que la mayoría preferimos el nihilismo al neandertalismo, aunque hoy todo indica que estamos más cerca de los garrotes de los monos que de los retorcijones conceptuales de la especulación filosófica. Por eso tampoco vendría mal ver El club de la pelea, la obra maestra de David Fincher, con Edward Norton, Brad Pitt y Helena Bonham Carter, entre otros. Se trata de un trabajador de una empresa aseguradora que sufre de insomnio y al que su médico en lugar de recetarle la medicación lo manda a un grupo de apoyo de enfermos de cáncer para que se deje de tantas mañas y vea lo que es sufrir realmente. La cuestión es que se vuelve adicto a estos grupos y empieza a dormir de nuevo, lo que lo vuelve más lúcido y recupera la capacidad de elucubrar sofisticadas abstracciones, como el nihilismo. Es un thriller psicológico en el que no se sabe quién es real y quién imaginario. En este delirio (que es una obra de arte) comienzan a formarse en muchas ciudades peleas clandestinas entre hombres comunes que han hecho todo para encajar en este mundo pero no lo han logrado, y empiezan a percibirse como no necesarios para mucho de lo que está ocurriendo en la vida. Es entonces que encuentran en la violencia pautada y en el dolor físico el sentido de sus existencias. Estos clubes son parte de un proyecto anticapitalista y anticorporativista llamado Project Mayhem (proyecto Caos). Es una película de 1999, de la prehistoria, que perfectamente podría haber sido escrita por Dostoievski en el 1800 y que en definitiva habla de las presiones que acorralan a los hombres comunes y a los no tanto.
Son muchos los indicios de que estamos viviendo entre los garrotes y los retorcijones mentales. Una encrucijada en la que la única salida parecería ser un exorcismo que, como ya sabemos, implica mucha fe y muchísimo sufrimiento. En mi caso, quizás por mi edad, siempre voy a preferir una pelea brutal entre pares y con reglas en un garaje clandestino que ser molido a palazos por los poderosos neandertales embriagados de impunidad. Creo que voy perdiendo
1. E Unibus Pluram representa la idea de una sociedad fragmentada y dividida.