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Venía con la intención de hablarles de algo serio, fundamental, trascendente, pero esta escena rocambolesca ganó la pulseada: tres monjas octogenarias escapan de una residencia de ancianos para volver a su casa de siempre, el monasterio Goldenstein, en las afueras de Salzburgo, Austria. Debo aclarar que se trata de religiosas que visten a la vieja y estricta usanza: hábito y escapulario, cabeza cubierta con velo y toca (sí, tuve que preguntarle a la inteligencia artificial los nombres de cada parte de su indumentaria). La ropa, sumada a la imagen de un castillo en la montaña, da un encanto especial a la circunstancia de la huida.
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Creo que en Uruguay ya no quedan monjas que se vistan de monjas, o hace mucho que yo no veo ninguna que pueda ser identificada como tal; pero antes, cuando cruzarse con alguna sucedía, uno las miraba pasar y se hacía mil preguntas. ¿Cómo es la vida de estas personas? ¿Trabajan o solo rezan, meditan, contemplan? ¿Tienen cosas mundanas como una cuenta de banco, amigos, un lugar al que regresar, algo que puedan llamar hogar?
Bernadette, Regina y Rita, de 88, 86 y 81 años, pasaron casi toda su vida en el Kloster Goldenstein. Bernadette llegó en 1948, año en que ingresó al colegio (por cierto, fue compañera de Romy Schneider); Regina entró más tarde, en 1958, cuatro años antes de que lo hiciera Rita. Tras ser alumnas fueron profesoras, y Regina llegó a directora del colegio. Con el paso del tiempo vino la crisis de vocaciones, y vieron vaciarse el convento hasta quedar solo ellas tres. La decisión de trasladarlas a un internado de ancianas católicas y cerrar el monasterio fue tomada por las autoridades eclesiásticas, y las tres mujeres denuncian que fue inconsulta, afirman que fueron expulsadas de su hogar en diciembre de 2023. “No nos lo pidieron”, declaró la hermana Bernadette a la BBC. “No nos preguntaron nada. Teníamos derecho a quedarnos aquí el resto de nuestras vidas y ese derecho fue violado”, dice. Del otro lado, el preboste Markus Grasl de la abadía de Reichersberg y superior de las hermanas, defendió la reubicación de las mujeres en un centro geriátrico y afirmó que la decisión “se tomó por el bienestar de las hermanas y por preocupación”. Y agregó, amenazante (oh, la sombra de la excomunión): “Las hermanas están actuando en contra de los votos que hicieron”. Consideró “totalmente inaceptable” que los simpatizantes y los medios de comunicación acompañaran a las hermanas en esta aventura, especialmente su entrada a la zona de clausura.
No lo leí en ninguna parte, pero la colisión de intereses salta a la vista y, como suele suceder, el mercado manda. Si bien es cierto que el antiguo castillo Goldenstein había sido utilizado por órdenes religiosas desde1877, su ubicación en una zona que hoy es muy turística hace pensar que nada de esto es casual. Cualquiera advierte que unas monjas viejas no iban a ser obstáculo en el proyecto de recuperar el inmueble con vistas a un futuro más provechoso. Dicho y hecho: dicen las hermanas que, violando el acuerdo firmado de mantenerlas en su hogar hasta el fin de sus vidas, fueron expulsadas. Como detalle, las cuentas de sus jubilaciones como profesoras del colegio, que les permitirían una completa independencia de las autoridades religiosas, no aparecen.
Volvamos a la historia del escape. Una vez que las religiosas huyeron del geriátrico donde, según ellas mismas, malvivían, volvieron a su antiguo convento. Ayudadas por exalumnos y un cerrajero, violaron las cerraduras y okuparon el inmueble. Desde entonces, los exalumnos se han encargado de limpiar el desorden y les llevan la comida, y los médicos pasan a visitarlas regularmente.
Y la frutilla de la torta o la espina clavada, según por dónde se mire: hace un par de semanas apareció una cuenta de Instagram desde donde se trasmiten las jornadas monacales de Bernadette, Regina y Rita a sus ya casi 47.000 seguidores (hace tres días tenía 25.000, anteayer 30.000, ayer 40.000). Las fotos y videos muestran un mundo exótico, un universo que ya no existe: el castillo en la montaña, monjas vestidas de hábito estricto, los dormitorios de un claustro. En definitiva, un aire a La novicia rebelde. Por si alguien quiere buscarla, la cuenta se llama @nonnen_goldenstein.
La secretaria general de la Conferencia Austríaca de Órdenes Religiosas, la hermana Christine Rod, no comprende por qué la prensa internacional muestra tanto interés en esta historia. Los periodistas —desde la BBC hasta el New York Times, pasando por la CNN y todos los medios europeos importantes— llegan en tropel a Austria a entrevistar a los involucrados. Se trata de “cuestiones de atención adaptada a la edad, algo similar a lo que ocurre en cualquier familia”, afirma Rod. Y sí, todos sabemos cómo es eso, a veces a la abuela hay que empujarla un poco para que ingrese en una residencia de ancianos. Sobre todo si vive en un castillo sobre una montaña en Salzburgo.
A su vez, la hermana Beate Brandt, superiora de la Federación de Canonesas de San Agustín en Alemania, condena la actitud de las religiosas como un acto de desobediencia. “El rector tenía que adoptar una postura firme. Si les hubiera preguntado con delicadeza si querían ir a una residencia de ancianos, habrían dicho que no”. Solo le faltó decir que no había otra solución que darles una patada en el trasero y deportarlas.
Llegado a este punto, me planteo qué derechos (sociales, pero también humanos) tienen las personas que han consagrado su vida a su profesión religiosa y, después de estas actitudes, puedo imaginar la tranquilidad con que otros colegas (curas, monjas) mirarán su futuro.
Pese a las críticas y las intimidaciones, las hermanas del Goldenstein se mantienen firmes y se niegan a abandonar su casa. “He sido obediente toda mi vida, pero ya es demasiado”, dijo Bernadette, la que a pesar de los 88 años, que hicieron que se la internara, parece tener la lucidez necesaria para ser la portavoz del grupo.
Tres viejas expulsadas del que fue su hogar por más de medio siglo, tres mujeres internadas compulsivamente en una casa de salud. Un conflicto de intereses entre la autoridad eclesiástica y la voluntad de las monjas de conservar el control de sus vidas. En el fondo, nada nuevo: la historia misma del abuso de poder ejercido por la religión. La opresión, antes impuesta bajo violencia y amenazas, hoy se sigue imponiendo pero con simpáticas formas condescendientes y didácticas, con veladas referencias a la obediencia y al derecho canónico. La única novedad son las tres ancianas que desafían y desobedecen, que resisten en su castillo y, sobre todo, que trasmiten en directo su rebeldía y someten el conflicto a la incómoda lupa de las redes sociales. ¿Qué esperarán conseguir las monjas Goldenstein con este revuelo internacional que han causado? Yo supongo que un hogar al que regresar para morir en casa.