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En su libro Los partidos políticos (1911), el sociólogo Robert Michels cita con simpatía la idea de Rousseau de que las masas, al delegar su soberanía, dejan de ser soberanas
Ningún ilusionista de circo ha podido tanto como los políticos modernos. Sacar un conejo de una galera, una paloma de una flor o partir en dos con un serrucho a una joven en paños menores hace un siglo o siglo y medio eran proezas que despertaban asombro, respeto y constituían un entretenimiento desafiante y misterioso. Escuchar a un político hoy no suscita nada de eso, más bien provoca algún movimiento peristáltico y poca cosa más; sin embargo, los discursos y las acciones de estos sujetos no deja de ser una superchería mil veces más refinada, más trabajada que la llevada adelante por los magos de los inocentes circos de antaño.
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El sociólogo alemán Robert Michels estudió a principios del siglo XX las instancias internas del partido socialdemócrata, y llegó a la conclusión de que la festejada democracia contemporánea nada tiene de democrática y todo sí de oligárquica. Pudo comprobar que la dispersión del poder es imposible, que el poder siempre se concentra, que es de unos pocos, aunque la prestidigitación de los relatos, y aun de las instituciones, diga y muestre otra cosa. Al fenómeno le llamó la “ley de hierro de la oligarquía”, según la cual “la dominación directa de las masas es técnicamente imposible” y, por lo tanto, cualquier organización social, incluso si comienza con la democracia, inevitablemente degenera en el poder de unos pocos selectos: la oligarquía.
En su libro Los partidos políticos (1911), Michels cita con simpatía la idea de Rousseau de que las masas, al delegar su soberanía, dejan de ser soberanas. Para él, representar significa hacer pasar una voluntad individual por una voluntad de masas. De aquí se desprende el punto de partida más importante de su razonamiento: “La masa nunca está preparada para la dominación, pero cada individuo que entra en ella es capaz de ello, si posee las cualidades positivas o negativas necesarias para elevarse por encima de ella y avanzar hasta la posición de líder”. Michels estaba convencido de que la mayoría de la humanidad nunca sería capaz de autogobernarse, incluso si las masas descontentas lograban privar a la clase dominante de su poder. Y todo porque tarde o temprano, entre las propias masas, aparecerá necesariamente una nueva minoría organizada que asumirá las funciones de la clase dominante. Por eso plantea una proposición a la que le confiere un carácter universal, tal vez eterno: “La clase dominante es el único factor de importancia duradera en la historia mundial”.
Su análisis va bien lejos, tanto que se hace insoportable para el ciudadano que vive embrujado por el relato con que lo intoxican diariamente los operadores políticos. Dice: cualquier estructura política, ya sea una democracia o, por el contrario, una autocracia, inevitablemente degenera en una oligarquía: el poder de unos pocos líderes, unidos por la responsabilidad mutua y el deseo de no compartir el poder con nadie y de no dejar entrar a nadie en su estrato. Añado: para un sujeto que piensa con sentido crítico, que todavía razona y relaciona los hechos con las palabras, las causas con los efectos, esto es una verdad incontrastable; para el pobre desdichado que vota y cada vez paga más impuestos para sostener a sus atormentadores, es una tragedia inverosímil que prefiere seguir ignorando.
Lo que Michels observó le quitó toda traza de fascinación a la grosera y taimada manipulación que el sistema ejerce por todos los medios a su alcance. La democracia perdió su rasgo angelical y empezó a ser vista como lo que crudamente es: una fábula contada por un idiota que se pavonea en el escenario, una ilusión, como un decorado de teatro tras el que se instala fatalmente una u otra elite oligárquica. Por eso que bajo su influjo el discurso de la democracia empezó a ser extraño a la libertad y a los derechos de las personas. Porque a la hora de contabilizar el tamaño, la incidencia y la índole del poder que el ciudadano tiene se ve que no hay esencialmente ninguna diferencia entre democracia y autoritarismo. En ambos casos, la restricción a todo lo que no es la elite que maneja el poder trabaja día y noche para impedir cualquier ingreso no deseado en los palacios, salones, gabinetes donde se toman las decisiones que afectan al mayor número.
Enseñó para siempre Michels que la democracia, para preservarse y lograr una cierta estabilidad, se ve obligada a crear una organización, y esto está relacionado con la asignación de una elite, en la que las masas deben confiar debido a la imposibilidad de su control directo sobre esta minoría. Así, con toda simpleza, la democracia se convierte inevitablemente en oligarquía. Con lo que, vote a quien vote, el ciudadano vuelve siempre al punto de partida. O más atrás.