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    No apto para fanáticos

    Director Periodístico de Búsqueda

    En la noche del domingo 30 de junio se inicia una nueva etapa política en Uruguay. Cuando se abran las urnas y se tiren los votos sobre todas las mesas receptoras, quedarán fuera del recuento por primera vez liderazgos políticos presentes por décadas. Ya no habrá ningún Lacalle entre los ganadores del Partido Nacional, ni ningún Mujica, Astori o Vázquez entre los frenteamplistas, ni Sanguinetti, Batlle o Bordaberry entre los colorados. Algunos de ellos porque ya han fallecido y otros porque resolvieron dar un paso al costado en esta oportunidad o porque están inhabilitados por la Constitución de la República, como es el caso del presidente Luis Lacalle Pou.

    Sea como sea, esa noche fría de invierno subirán por primera vez a los principales escenarios como candidatos presidenciales dirigentes que hasta ahora se han mantenido en las sombras de esos grandes árboles que tuvo y sigue teniendo la política uruguaya. Los caudillos que marcaron con su impronta los últimos años y que siguen siendo los referentes de la opinión pública se ubicarán en la primera fila de la platea, pero ya no con la responsabilidad de pronunciar el discurso más importante de esa noche.

    Por eso será el comienzo de un nuevo ciclo. O al menos un primer destello de algo que todavía no es del todo conocido. Los dos políticos más populares de Uruguay actualmente, Lacalle Pou y el expresidente José Mujica, no serán los principales protagonistas. Otros, no tan carismáticos como ellos, levantarán las banderas. Una forma diferente de hacer política se abrirá paso, quizá no tan centrada en caudillos y sí en dirigentes que con su peso electoral intentarán moldear, desde esa cima temporal que ocuparán, el perfil de sus figuras.

    Así de importante es la noche del domingo 30. Porque lo que allí se haga y se diga tendrá sabor a cierre de un ciclo, el interno, pero en realidad funcionará como el comienzo de otro mucho más importante, en el que todos los que realmente tienen posibilidades de cruzarse en el pecho la banda presidencial el próximo 1 de marzo serán debutantes.

    Mandarán los discursos y también los gestos. La forma en la que se presenten ganadores o perdedores, la manera mediante la cual anuncien la fórmula presidencial esa misma noche, o la falta de acuerdo para lograrla, y las primeras señales que envíen en sus discursos serán cruciales.

    Los partidos políticos con chances reales de obtener el premio mayor son dos: el Partido Nacional y el Frente Amplio. En ambos casos, ya hay muchos indicios de lo que puede pasar luego del conteo de votos y aumentan los secretos a voces sobre cuestiones que deberán ser resueltas de la mejor forma posible, para que no tengan impacto en el electorado.

    En el caso del Partido Nacional, todo parece encaminarse para que la fórmula sea anunciada la misma noche de las internas y esté integrada por el postulante favorito en todas las encuestas, Álvaro Delgado, y la que se mantiene a una distancia considerable pero siempre en el segundo lugar, Laura Raffo. El problema es que Delgado y su entorno no parecían muy convencidos de convocar a Raffo para cerrar la dupla presidencial. Hasta mandaron realizar sondeos para medir el apoyo que tendrían como eventuales postulantes a vice el exministro de Salud Daniel Salinas y la ministra de Economía, Azucena Arbeleche.

    Basándose en esas señales y en lo que sostienen varios dirigentes blancos, la relación entre Delgado y Raffo no parece ser muy cercana. Falta confianza y también afinidad en la forma de trabajar. Los pasos dados tanto de un lado como del otro separaron un poco más a esas dos figuras que ocupan un lugar central en la nueva página que está por escribir el Partido Nacional en su historia. Nada que no se pueda solucionar. Lo central es el cómo: cómo se arregla, cómo se presenta públicamente la fórmula si hay acuerdo y cómo se distribuye la campaña futura entre los dos integrantes del binomio presidencial.

    Algo similar ocurre en el Frente Amplio. Por más que en algunos todavía persisten las dudas, parece bastante decidido que la fórmula va a estar integrada por los dos principales competidores, Yamandú Orsi y Carolina Cosse, y que el orden lo definirán las urnas. Los dos ya se han manifestado a favor de esa posibilidad en público más de una vez. Lo han hecho con tanto énfasis que es casi imposible que puedan dar marcha atrás.

    Pero no es ningún secreto para los principales dirigentes del Frente Amplio que la relación entre Orsi y Cosse tampoco es muy buena. Tienen diálogo, pero hay una desconfianza instalada desde hace ya mucho tiempo. Se manejan de forma distinta y tienen maneras muy diferentes de abordar la política cotidiana. Sus perfiles como dirigentes e incluso ideológicos también son distintos.

    Tanto es así que algunas personas de primera línea del Frente Amplio están preocupadas sobre cómo funcionará ese binomio presidencial. “Son como el agua y el aceite”, me dijo uno de ellos. No sería la primera vez que una fórmula surge a partir de los votos y no de las afinidades. Es más, si se logran disimular o canalizar de la mejor manera esas diferencias, hasta puede ser un punto a favor porque se complementarían. Pero no es fácil el desafío que tienen por delante.

    Resueltas las dos fórmulas favoritas, lo que viene después de la noche del 30 es otra campaña, la verdadera campaña. Hasta ahora ha sido una para los fanáticos. Se jugó en el estadio Centenario, pero solo con las tribunas Ámsterdam y Colombes activas. Unos cantaban cualquier disparate de un lado y los otros les respondían algo peor del otro. La Olímpica miraba sin demasiado interés. Es más, es probable que muchos de los que optan por esa tribuna más neutral ni siquiera vayan a votar el domingo.

    Pero el nuevo trayecto hacia octubre no es apto para fanáticos. Ya no sirve eso de hacer una planilla de Excel y difundir en redes sociales cuál de los dos bandos cuenta con más casos de irregularidades y procesados por la Justicia. Eso es miel para los convencidos, para los que gritan desde la pasión, pero los indecisos van a ir a buscar algo más, no solo cuál es el menos malo. Esa competencia sirve para definir una interna pero no hace la diferencia en las nacionales.

    Ya no hay impolutos. Los candidatos serán nuevos pero sus partidos tienen experiencias de gobierno recientes. Todos. Y pasada la etapa de los convencidos, ahora llega la de los indecisos, los que se ubican bien al centro y que son los que terminan definiendo las elecciones. Eso debería funcionar como un sol que derrita a los cucos y que disuelva el barro. ¿Será posible? Es lo que está por verse.

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