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    No crea derechos

    Frédéric Bastiat y sus consideraciones acerca de la propiedad, los derechos individuales y la ley

    Columnista de Búsqueda

    En su corta vida, Frédéric Bastiat pudo acreditar algunas evidencias acerca de la libertad; una de ellas es que la intervención del Estado en la economía no solo es en sí misma perniciosa, sino que, como lo advertiría Hayek un siglo más tarde, es siempre el preámbulo de mortificaciones mayores que acaban por aniquilar totalmente la libertad de las personas. La otra constancia que obtuvo consistió en admitir que la desmesura de la ley o su equívoca utilización por parte de legislaturas innobles configura un daño seguro a los derechos del individuo y, por lo tanto, una perturbación indeseada y eficaz para que cada uno pueda buscar la felicidad en este mundo.

    A propósito de ese último tema, escribió un breve ensayo —La Loi (La ley)— que es fundacional de la necesidad de marcar el exacto perímetro de alcance que ha de tener ese instrumento tan venerado y tan propicio a ser manejado como arma letal contra la soberanía de los individuos. Al principio del ensayo anuncia la calamidad con la que se propone controvertir: “¡La ley pervertida! ¡Y los poderes del Estado para guardar el orden pervertidos junto con ella! ¡La ley, digo yo, no solo ha cambiado de rumbo desviándose de su propósito correcto, sino que además ha tomado un rumbo enteramente contrario a su propósito! ¡La ley se convierte en el arma de todo tipo de avaricia! ¡En vez de controlar el crimen, la ley misma es culpable de cometer las maldades que se supone que ella castigue!”.

    Son varios los aspectos en los que problematiza la maldad de las generaciones de legisladores consagrados a martirizar a los próximos, que coincide que son no solamente sus resignados votantes, sino también los contribuyentes directos de la hacienda que sostiene la comedia de enredos que es la faena parlamentaria convertida en oficio. Bastiat, en efecto, observa cómo el uso espurio de la gestión legislativa ha envilecido la verdadera índole de la ley. Y lo ve en la primera de sus premisas, aquella peligrosa especie que tiende a establecer que la ley crea derechos.

    Para el pensador esto es una artera falacia debido a que nadie ni nada nos puede dar lo que de por sí, por naturaleza, nos pertenece: “Gozamos el obsequio de Dios que incluye a todos los demás. Este obsequio es la vida —la vida física, intelectual y moral—. Pero la vida no se puede mantener por sí sola. El Creador de la vida nos ha entregado la responsabilidad de preservarla, desarrollarla, y perfeccionarla. Para que podamos lograr esto, Él nos ha otorgado muchas facultades maravillosas. Él nos ha puesto en medio de una variedad de recursos naturales. Al aplicar nuestras facultades a estos recursos naturales, los convertimos en productos, y los usamos. Este proceso es necesario para que la vida pueda desarrollar su curso designado. La vida, las facultades, la producción —en otras palabras, la individualidad, la libertad, la propiedad— esto es el hombre. Y a pesar de la astucia de los líderes políticos diestros, estos tres obsequios de Dios preceden toda la legislación humana, y son superiores a ella. La vida, la libertad y la propiedad no existen porque los hombres hayan hecho leyes. De lo contrario, el hecho de que la vida, la libertad y la propiedad existían antes es lo que causó que los hombres hicieran leyes en primer lugar”.

    Esto quiere significar que el derecho de propiedad no se postula convencionalmente, no es algo que resulta del acuerdo de políticos filantrópicos o de mayorías virtuosas que se imponen a minorías recalcitrantes ni de construcciones de la ingeniería social que concluyen acerca de la utilidad de que las personas sean propietarias de su vida, de sus bienes, de sus ahorros, de sus cuerpos, de sus ideas, de sus proyectos existenciales. Nada de eso: la propiedad es inherente a la persona humana; el hombre cuando nace, nace ya propietario de alguno de estos bienes. La función de la ley, entonces, no es crearlos, porque no tiene capacidad para hacerlo ni tampoco legitimidad para arrogarse una misión solo reservada a la Divinidad (nada menos que generar la naturaleza del hombre), sino tan solo tutelarlos, esto es, reconocerlos, garantizar su ejercicio poniéndolos a salvo de agresiones o desconocimiento provenientes tanto de particulares como del propio Estado, el que a menudo se olvida de este deber y prefiere formar parte privilegiada de la vasta legión de ofensores.

    No es la ley, sino la libertad el sacrosanto que debe ser valorizado.

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