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Esta semana la Real Academia de las Ciencias de Suecia cerró el anuncio de los galardonados de este año con los Premios Nobel distinguiendo al economista turco-estadounidense Daron Acemoglu y a los británico-estadounidenses Simon Johnson y James Robinson, por haber “demostrado la importancia de las instituciones sociales para la prosperidad” de los países.
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Dentro de una profusa producción académica de los ahora nobeles de Economía sobresale el libro Por qué fracasan las naciones, escrito por Acemoglu y Robinson, en el que los autores argumentan que las instituciones son fundamentales para el desarrollo económico. En las puertas de una elección nacional y, además, de un plebiscito con potenciales impactos negativos trascendentales como es el que propone el PIT-CNT junto con otras organizaciones sociales y políticas, el reconocimiento implícito a la importancia de las instituciones públicas hecho por la academia sueca debería resonar en nuestra ciudadanía al momento de ir a votar el próximo domingo 27.
Acemoglu y Robinson plantean que las instituciones inclusivas, que permiten la participación amplia en la economía y la política, fomentan el crecimiento y la prosperidad. En definitiva, según ellos, el éxito o el fracaso de las naciones obedece, principalmente, a la calidad de estas instituciones, no a factores geográficos o culturales.
El domingo 27 los uruguayos volveremos a tener la oportunidad de elegir a nuestros gobernantes para los siguientes cinco años, y nada hace pensar que vayan a ocurrir incidentes lamentables como se ven en otros países de la región. En Uruguay, desde la cada vez más lejana dictadura, las instituciones democráticas funcionan y se respetan.
Al amparo de esa institucionalidad, el PIT-CNT, junto con otras organizaciones sociales y algunos partidos políticos de izquierda, recolectaron firmas y lograron convocar a un plebiscito para modificar la Constitución con propuestas que entienden justas: declarar la seguridad social un derecho humano y, en ese marco, establecer que las personas pueden elegir jubilarse a los 60 años de edad; que las pasividades no pueden ser más bajas que un Salario Mínimo Nacional; y que está prohibido cobrar por administrar los ahorros jubilatorios personales.
El problema de algunas buenas intenciones es que, al final del día, alguien tiene que pagarlas. Y según los cálculos técnicos hechos por el Banco de Previsión Social y lo que sostiene la casi unanimidad de los economistas —incluso más de 100 que son votantes del Frente Amplio y firmaron una declaración en contra de la papeleta por el Sí—, esta reforma es inviable desde el punto de vista financiero. Implicaría un costo fiscal gigante, que seguramente obligaría o a subir impuestos o a recortar gastos, con el riesgo de poner la deuda en curva ascendente.
Las consecuencias potenciales van más allá. La papeleta propone eliminar las AFAP y, con todo derecho, si la enmienda prospera, estas empresas administradoras de fondos previsionales pueden reclamarle al Estado por sacarlas de un negocio que está por cumplir tres décadas. También podrían sentirse afectados y pretender accionar judicialmente los más de 1,6 millones de afiliados con cuentas individuales, más allá de que el texto plantee, como medida de transición, la conformación de un fideicomiso con la totalidad de los fondos gestionados por las AFAP “respetando y garantizando el derecho de los aportantes a la trazabilidad de sus aportes a lo largo de su período de actividad, así como la no pérdida de derechos o beneficios”. Y para los inversores en general, este cambio puede ser una señal de alerta. ¿Uruguay seguirá siendo un país que ofrece certezas, diferenciándose dentro de una región inestable?
Si esta reforma prospera, el país entrará en una fase de inestabilidad que deberá gestionarse en el final del actual período y el inicio de la siguiente administración. Las instituciones seguirán funcionando. Puede que no sea el fin del mundo, pero muy probablemente hará más empedrado el camino hacia la prosperidad, cualquiera sea el color político del próximo gobierno. No podemos fallar.