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Mi columna del jueves 19 de febrero terminaba diciendo: “La política uruguaya es la más sana del continente. Podemos sentirnos orgullosos. Pero le falta autocrítica y ambición. Nos sobran discusiones triviales y nos faltan soluciones reales”. Me gustaría desarrollar un aspecto concreto de esta afirmación: el reclamo de mayor ambición.
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Desde luego, no soy el único que piensa que a nuestra comunidad de práctica democrática le viene faltando ambición. De hecho, la semana pasada lo dijo con toda claridad la vicepresidenta del Banco Mundial en el acto que conmemoró los 80 años de vínculo entre esa institución y Uruguay. Según consigna la nota de Búsqueda, Susana Cordeiro Guerra arengó este lunes 14 al sistema político uruguayo a buscar consensos para encarar, con “ambición”, una “agenda de transformación” que permita convertir la “credibilidad en crecimiento” más dinámico. En un tono algo más escéptico, puede leerse una demanda del mismo tenor en la última columna de Javier de Haedo en El País titulada “Pensando en una agenda para 2030 (¿o 2035?)”.
No siempre nos faltó ambición. En verdad, la curva del “afán arquitectónico” de la política uruguaya ha sido cambiante. Tuvo una enorme ambición el Partido Colorado en tiempos de José Batlle y Ordóñez que soñaba con un “pequeño país modelo”. Al ir por la revancha no le faltó ambición al Partido Nacional en su combate al “dirigismo”: Juan Eduardo Azzini lideró la aprobación de la Reforma Cambiaria y Monetaria y, un poco más tarde, le encomendó a la CIDE del contador Enrique Iglesias formular un Plan Nacional de Desarrollo Económico (1965-1974).
Tuvo valentía y ambición la elite política colorada y blanca, después de la dictadura, entre 1985 y 2004, cuando se propuso estabilizar los precios, liberalizar la economía y modernizar el Estado. La lista de innovaciones es muy extensa (desde la forestación hasta la educación, desde los CAIF hasta la creación de las AFAP). El Frente Amplio se atrevió a mover el statu quo en particular durante la primera presidencia de Tabaré Vázquez, cuando llevó adelante una amplia agenda de reformas (desde el IRPF hasta el Plan Ceibal). A su manera, rezongando, tuvo ambición José Mujica al insistir durante cinco años en reformar la educación. De esa obstinación nació la UTEC. En cambio, hay poco para destacar del segundo mandato de Vázquez, acaso el esbozo del Sistema de Cuidados. En todo caso, la ambición fue menguando.
El viento en contra, la cascada de urgencias, no impidió que la Coalición Republicana, durante la presidencia de Luis Lacalle Pou, llevara adelante algunas innovaciones relevantes, como la transformación educativa y la reforma de la seguridad social. El gobierno actual, desde mi punto de vista, no pasará a la historia por su ambición en materia de reformas. Aun así, cabe mencionar dos iniciativas que sobresalen de la medianía: en materia de infraestructura, el impulso a la demorada reforma del sistema de transporte metropolitano (con BRT, para mi gusto, la alternativa menos interesante) y, en el plano de las políticas sociales, la unificación (gradual, por razones fiscales) del sistema de transferencias para la infancia y la familia.
Lo que realmente importa, a esta altura, no es hacer mirar hacia atrás para evaluar el grado de creatividad y de coraje de los distintos partidos y presidentes, sino, como sugieren Susana Cordeiro Guerra y Javier de Haedo, preguntarse por la agenda de reformas y la vocación transformadora de los gobiernos que vendrán. Uruguay precisa un nuevo impulso reformista. Menos ambición por el poder, más ambición por hacer. ¿Qué tienen en común, y en qué difieren, los diagnósticos de Cordeiro Guerra y de De Haedo? Vale la pena detenerse un momento en esto, porque no dicen exactamente lo mismo.
Coinciden en el diagnóstico de fondo: Uruguay administra bien lo que tiene, pero no se anima a lo que podría tener. Cordeiro Guerra lo dice en la gramática típica de un organismo multilateral: pide “abrir espacio para la ambición, las decisiones y las diferencias que inevitablemente acompañan una agenda de transformación” y resume el desafío como convertir “la credibilidad en crecimiento”. De Haedo, con la imagen que ya le conocemos de otras columnas, dice que nuestro “velero carece del motor que decidimos no ponerle”: navegamos bien, pero solo cuando el viento sopla a favor.
También coinciden en dónde ubican el problema. Ninguno de los dos cree que a Uruguay le falten diagnósticos técnicos. Los dos creen que lo que en verdad está faltando es coraje político, porque cuando se mueve el statu quo inexorablemente hay “ganadores y perdedores”. Cordeiro Guerra lo plantea casi como una fórmula de manual: “Consenso sobre el destino, debate sobre el camino”. De Haedo es más exigente: reclama “un verdadero liderazgo” que “se juegue su futuro político” y que deje de “ponerse por delante de la sociedad haciendo como que la lidera, cuando en realidad está siendo conducida por ella”.
Ahí empiezan las diferencias. Cordeiro Guerra habla desde afuera, con la prudencia diplomática de quien representa a un organismo internacional. No enumera medidas. De Haedo, en cambio, escribe desde adentro del debate técnico-político local y no se guarda nada: ajuste fiscal de tres puntos y medio del PIB, reducción de los vínculos laborales con el Estado, achicamiento del número de ministerios, desregulación, apertura comercial. Y agrega un capítulo que Cordeiro Guerra no toca: la seguridad, a la que reclama enfrentar “con el mismo énfasis que en materia económica”.
La diferencia más elocuente, sin embargo, es de expectativa. Cordeiro Guerra convoca, con optimismo institucional, a que el próximo tramo sea distinto. De Haedo es más escéptico: no cree que la ambición vaya a aparecer en el próximo período de gobierno. Teme que haya que esperar al 2035, es decir, que sea necesario que pasen “cinco años más de pobre crecimiento y creciente insostenibilidad de nuestro modelo de convivencia” para que pueda surgir un liderazgo dispuesto a cambiar el rumbo.
El tiempo dirá. En todo caso, me parece realmente fundamental que los partidos políticos recuperen el “afán arquitectónico” que supieron tener en otros momentos. No tienen por qué coincidir ni en el “destino” ni el “camino”. Por el contrario, es conveniente que le ofrezcan a la ciudadanía propuestas diferentes, cimentadas en sus respectivas tradiciones ideológicas. Pero en demasiados asuntos se acerca otra vez el tiempo de pasar de los cambios en el margen a transformaciones de otro calado.