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    Nuestra tendencia a la devastación

    Somos herederos de una caja de Pandora que se abrió la madrugada del 16 de julio de 1945 con el lanzamiento de la bomba Little Boy sobre la población civil de Hiroshima y Nagasaki, día en que la historia bélica cambió para siempre; y hoy, cada vez son más los países que integran el club nuclear

    Columnista de Búsqueda

    Disculpen que venga a sacarlos dos minutos de los resultados de las elecciones nacionales, pero resulta que allá afuera el mundo está que arde y, para variar, las noticias no son buenas. Desde hace unos días hay cambios en la doctrina nuclear rusa y se suceden las amenazas nucleares. La carrera armamentística descontrolada, que después de estar detenida se reinició hace pocos años con la oleada de nuevos conflictos bélicos, se cierne sobre nuestras cabezas con potenciales derivas catastróficas.

    En la llamada Guerra Fría, entre 1947 y 1991, el mundo estuvo a punto de vivir una hecatombe nuclear a causa de las tensiones entre Estados Unidos y la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). Después de eso, hace una década, todos pensamos que la violencia a gran escala era un capítulo cerrado. Pero la geopolítica actual, las guerras en Ucrania y en Gaza o la insurgencia de los hutíes, conflictos en los que cada vez se involucran más naciones, ha aumentado la posibilidad de llegar a un gran enfrentamiento. Hoy, los nueve Estados poseedores de armas nucleares, Rusia, Estados Unidos, Francia, Reino Unido, China, India, Pakistán, Corea del Norte e Israel, se encuentran en vías de actualizar sus arsenales nucleares. Máquinas económicas que se preparan para la guerra, inversiones armamentísticas impensables para la mayoría de los países. No es necesario que diga que esta tendencia a la militarización puede tener consecuencias desastrosas para todos, que cada día se da un paso hacia un abismo del que podría no haber vuelta atrás.

    Según Los Angeles Times, la Federación de Científicos Estadounidenses estimó recientemente que Rusia tiene un inventario total de 5.580 ojivas nucleares, la mayoría de alcance intercontinental, mientras que Estados Unidos tiene 5.044. Las intenciones de Vladímir Putin de modificar el marco jurídico que autoriza a Rusia a utilizar armamento nuclear confirma que se ha cruzado un umbral de tensión con Occidente. Así Moscú, que no había realizado pruebas desde 1990, el año anterior a la caída de la Unión Soviética, aprobó una ley que revoca la ratificación del Tratado de Prohibición Completa de Ensayos Nucleares. El presidente ruso redobló sus habituales amenazas ante la posibilidad de que la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) haga llegar su ayuda a Ucrania a otro nivel y habló de armas “capaces de destruir la civilización”. Un motivo de reflexión y de alarma.

    El esfuerzo de Rusia por relanzar su potencia nuclear ha impulsado a Estados Unidos a aggiornar su propio arsenal. ¿O fue al revés? Vaya uno a saberlo. El hecho es que hace pocos días la Administración Nacional de Seguridad Nuclear de Estados Unidos (NNSA, por sus siglas en inglés) completó la fabricación de un pit de plutonio, un componente que actúa como núcleo explosivo en las armas nucleares. Es el primero desde 1989. El Departamento de Defensa planea incorporarlo en la ojiva W87-1 del misil balístico intercontinental Sentinel de la Fuerza Aérea.

    En conjunto, Rusia y Estados Unidos representan alrededor del 88% de las armas nucleares del mundo.

    Hay quienes restan importancia al asunto, dicen que esto ya lo vivimos (al menos los que vivimos tiempos de la Guerra Fría), que la humanidad ya ha enfrentado riesgos catastróficos globales, que solo se trata de una nueva línea roja, de movimientos retóricos causados por el agravamiento del conflicto con Ucrania. Pero la amenaza es innegable y existe un peligro que en los años 90 no existía: la inteligencia artificial en el ámbito militar, el uso de armas autónomas que podrían provocar una escalada. Individuos, empresas y Estados perdiendo el control del armamento. ¿Qué tal? A mí me suena pavoroso.

    Sabemos que el poder simbólico de una potencia nuclear está dado por su capacidad de disuasión al enemigo. O queremos creer que se trata de un poder meramente disuasorio, aunque sospechamos que la lógica bélica de algunos líderes podría impulsarlos a incendiar el planeta antes que perder el control. En ese caso, Berlín sería destruido en un minuto y 36 segundos, París en tres minutos y 20 segundos y Londres en tres minutos y 22 segundos. A propósito, si alguno se pregunta cómo sería esa destrucción nuclear, cómo serían los primeros momentos de la hecatombe, el diario británico The Sun levantó imágenes subidas a Telegram por la cadena rusa de televisión Tsagrad (simpatizante del Kremlin y de la Iglesia ortodoxa rusa) con una simulación de un ataque nuclear de Rusia sobre Londres. El video no es demasiado explícito, pero el texto es elocuente, logra poner los pelos de punta.

    Somos herederos de una caja de Pandora que se abrió la madrugada del 16 de julio de 1945 con el lanzamiento de la bomba Little Boy sobre la población civil de Hiroshima y Nagasaki, día en que la historia bélica cambió para siempre. Las guerras y las relaciones entre naciones ya no volverían a ser iguales. Y hoy, cada vez son más los países que integran el club nuclear, cada vez es menor la voluntad de someterse a controles y cada día aumentan los factores de inestabilidad e incertidumbre.

    Negros nubarrones cubren nuestro horizonte. Una peligrosa dicotomía de armas, poder y desarrollo para las grandes potencias; de hambre, debilidad y dependencia para el resto del mundo. La imparable tecnificación que puede empujarnos al aniquilamiento de la civilización o a la esclavitud de los seres humanos. Y como siempre, nuestra inefable tendencia a la devastación del planeta.

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