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    ¿Orsi o Delgado? Parecido no es lo mismo

    Orsi y Delgado representan proyectos políticos esencialmente diferentes, que tienen fortalezas y debilidades opuestas

    Columnista de Búsqueda

    El domingo la ciudadanía elegirá presidente. Yamandú Orsi o Álvaro Delgado. Será uno de los dos. Se ha subrayado que los dos han mostrado a lo largo de sus trayectorias políticas buena voluntad para cruzar el puente que separa a las nuevas “patrias subjetivas” de nuestra geografía política, la “patria frenteamplista” y la “patria republicana”. Se ha insistido también en la amplia zona de intersección de sus respectivas plataformas electorales en algunos temas fundamentales (como seguridad y primera infancia). Sin embargo, Orsi y Delgado representan proyectos políticos esencialmente diferentes, que tienen fortalezas y debilidades opuestas.

    Los partidos políticos, por definición, deben esforzarse por agregar y canalizar las demandas de los grupos sociales. Los partidos que permanecen, que resisten el paso del tiempo, son aquellos que cuidan sus raíces sociales. El Frente Amplio (FA) y la coalición republicana (CR) son proyectos políticos policlasistas (catch-all, en la jerga politológica). Pero tienen bases sociales distintas y se esfuerzan por conservarlas. El FA tiene una larga historia de sintonía con el movimiento sindical y con el mundo universitario. La CR, por su lado, tiene un estrecho vínculo con el sector empresarial, urbano y rural, y con los trabajadores no sindicalizados. Mirados desde este punto de vista, FA y CR son proyectos necesarios y complementarios.

    En el plano ideológico, también es posible advertir diferencias significativas entre los proyectos que representan, en este balotaje, Orsi y Delgado. Empecemos por comparar estrategias económicas. Aunque durante la campaña electoral ambos bloques parecen haber querido disimular sus diferencias, las concepciones de política económica del FA y la CR son distintas. El FA busca conciliar crecimiento con igualdad mediante un papel activo del Estado. En las Bases Programáticas del FA, un extenso documento de 106 páginas, el vocablo Estado aparece 111 veces. En cambio, la palabra mercado lo hace 17 veces. La política económica de la CR, en cambio, busca maximizar el crecimiento. El papel de la empresa es clave, y la libertad económica, un nutriente crucial. Minimizar la pobreza es un objetivo central, pero combatir la desigualdad, no. En Gobernar entre todos. Compromiso país, el programa presentado el 4 de noviembre por la CR, las palabras igualdad y desigualdad aparecen solamente una vez cada una en un texto de 33 páginas.

    Las diferencias ideológicas son todavía más notorias cuando se examina la posición predominante en ambos bloques en materia de valores y derechos. El FA se define a sí mismo como partido feminista. Ha sido, durante los últimos 15 años, la organización política que ha liderado la llamada “revolución de los derechos” que generó cambios normativos y culturales de una magnitud extraordinaria (desde la cuota de género al matrimonio igualitario). La CR, por su parte, encarna la firme y asordinada resistencia de una parte de la sociedad a esta agenda, que suele etiquetarse como woke. Esta diferencia en el plano de los valores entre ambos proyectos políticos es al menos tan relevante como la que refiere a las concepciones de política económica.

    No es lo mismo votar por Orsi que por Delgado. El FA y la CR tienen bases sociales diferentes e ideologías distintas. Estos contrastes son de carácter estructural y definen sus respectivas identidades políticas. Pero a estas diferencias hay que sumar otras que, pese a tener un carácter más coyuntural, también son muy relevantes a la hora de vislumbrar escenarios de gobierno alternativos. El principal desafío de un gobierno de Delgado será el de resolver la ecuación de la gobernabilidad. El principal desafío de Orsi será el de ofrecer una política económica previsible y estable. Me explico.

    Es cierto que ninguno de los bloques tiene mayoría parlamentaria. Pero es evidente que la gobernabilidad será más sencilla en un gobierno del FA que en uno liderado por Delgado. Ambos tendrán que pactar entre sí. Tanto Orsi como Delgado deberán cruzar el puente y tenderle la mano al otro. Pero Delgado tendrá que trabajar mucho más que Orsi para construir mayorías parlamentarias. La diferencia entre tener o no mayoría en el Senado no es trivial. Conseguir dos votos en Diputados, lo único que precisaría el FA para alcanzar la mayoría en ambas cámaras, está lejos de ser un problema grave.

    La política económica luce más previsible, en cambio, en un gobierno de la coalición republicana que en uno del FA. Todos en el FA comparten que debe apuntarse a conciliar crecimiento e igualdad. Pero hay diferencias de fondo en el plano de las políticas específicas. Alcanza con comparar lo dicho por Gabriel Oddone en El despegue con las Bases Programáticas aprobadas por el Congreso del FA el año pasado. Si gana el FA, a la hora de intentar impulsar su agenda, Oddone contará con apoyos importantes, empezando por Orsi, y siguiendo con Mario Bergara, principal sobreviviente del equipo económico astorista. También contará, en principio, con el respaldo de la enorme, aunque heterogénea, bancada parlamentaria de la lista 609 (9 senadores y 36 diputados). Pero, en temas de primer orden para él, deberá enfrentar una resistencia importante liderada por comunistas y socialistas, en el Parlamento, en el FA y en el movimiento sindical.

    Los dos escenarios son desafiantes. No será fácil para Delgado, en caso de ser electo, construir acuerdos políticos con los demás partidos de la CR y con el FA. No será fácil para Orsi, si obtiene el cargo presidencial, suturar diferencias en la interna frenteamplista y, al mismo tiempo, obtener apoyo parlamentario en Diputados. Por eso, los años que vienen, gane quien gane, serán años de prueba. La calidad de nuestra política estará sometida a un examen muy exigente. Uruguay logró construir una de las pocas democracias dignas de este nombre del mundo. Gracias a eso mismo, desde mi punto de vista, tenemos el mayor PBI per cápita y la mejor distribución del ingreso de la región. A fin de cuentas, como argumentan Daron Acemoglu, Simon Johnson y James Robinson, la calidad de las instituciones políticas explica la prosperidad de las naciones. Pero, como nos enseñara Emanuel Adler, el progreso social ni es rectilíneo ni está asegurado. No alcanza con tener buenas instituciones. Es imprescindible generar y desplegar buenas prácticas.

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