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    Patrimonio histórico

    Las discusiones acerca de quién merecería una (y a veces otra) estatua siguieron en la sociedad uruguaya, informaba el noticiero que creía estar viendo Fortunato

    En una semana de informaciones bastante generosa, las opciones de Fortunato para sentarse a mirar el informativo de cierre lucían atrayentes.

    Culminada la cena, nuestro personaje se dirigió, con una copita de vino en la mano, a su sillón frente al aparato más proteiforme del hogar. En efecto, las cocinas, los lavarropas, los microondas, las camas y las mesas de luz son iguales desde siempre: algún cambio debido al desgaste apenas habría significado un aparato similar con muy pocas variaciones con relación al anterior. En los electrodomésticos, algún brillo; en los muebles, alguna guiñada al minimalismo. Pero la tele… Desde aquel cajón cuadrado con una pantalla bombé de vidrio grueso, unas antenas que emergían de la parte de atrás como dos cuernitos, en el cual para cambiar uno de los cuatro canales había que levantarse a girar la ruedita pegada al aparato, que exhibía una (muchas veces borrosa) imagen en blanco y negro que nos anunciaba pasadas las 23 horas el cierre de emisión con un “hasta mañana, queridos amigos” con la voz de Américo Torres, hasta la más moderna versión del 43/50/75 pulgadas smart TV con conexiones a 500 canales, plataformas de entretenimiento, emisiones locales e internacionales, en estéreo y con una nitidez prodigiosa, ningún artefacto doméstico ha exhibido un lifting tecnológico tan espectacular como el televisor.

    Fortunato se imaginaba que la principal noticia serían las gárgaras que gobierno y oposición venían haciendo hace días (con una sorprendente unanimidad) acerca de ese tratado con nombre de insecticida (CPTTLC, DDTPPC o algo parecido) que nos permitirá ensanchar nuestro horizonte comercial hasta los confines del planeta. Pero no. La cosa no venía por ahí.

    Resulta que el informativista arrancó con la triste noticia de la suspensión de la visita de la vicepresidenta de Vietnam, doña Vo Thi Anh Xuan, una militante activa del Partido Comunista con cargo oficial (como Juan Castillo, digamos) que debería haber venido para asistir a la inauguración de un busto de Ho Chi Minh en una plazoleta, ahí enfrente al Antel Arena.

    “Todavía no se sabe el motivo oficial de la cancelación de esta visita —dijo el periodista en la tele—, pero no se descarta que ello se deba a la polémica suscitada en la capital con motivo de la erección de un busto en homenaje al antiguo guerrillero que debería inaugurarse durante su presencia en Montevideo. Los obstáculos para el homenaje al histórico líder vietnamita —prosiguió la tele— surgieron desde diversas fuentes de la oposición, en las que se calificó al homenajeado como ‘criminal guerrillero asesino’, y otros calificativos por el estilo, para la seria preocupación del canciller Mario Lubetkin, que demostró un gran interés en la inminente presencia de la vicepresidenta, quien sucedió como presidenta interina al expresidente Nguyen Xuan Phuc, ya que Phuc debió renunciar tras la pandemia cuando se probó la corrupción de la que había sido parte al aceptar sobornos de funcionarios en los recordados vuelos de repatriación de ciudadanos vietnamitas que estaban en el exterior”, concluyó, con fidedigna información.

    A esta altura, Fortunato bostezaba de forma profunda y reflexionaba ante tremenda frustración gubernamental, que dejaba afeitados y sin visita al intendente Mario Bergara, al canciller y, pensaba Fortunato, también a la colega de la visitante, la vicepresidenta Carolina Cosse, quien vería cumplido uno de los sueños de su vida al tener a su correligionario Ho Chi Minh mirando por toda la eternidad el majestuoso Antel Arena, un templo casi tan grande como el mausoleo del frustradamente homenajeado, quien yace insepulto y embalsamado en el suyo propio, en el mismo estilo de Lenin, Mao, así como del abuelo y el papá del gordito norcoreano Kim, y forma parte de la galería de “famosas momias comunistas”.

    Fortunato creyó escuchar, antes de que se le cerraran los ojos, que se estaba produciendo en el país una “onda” de potenciales estatuas célebres, ya que, al fin de cuentas, qué tenía Ho Chi Minh que no tuvieran otros personajes de comparable talla.

    “En Cerro Largo estamos proyectando erigir una estatua de Aparicio más grande que el Artigas de Lavalleja”, le decía a la tele en un reportaje el edil nacionalista Mauro Soyblan Cazo, quien se despachaba asimismo contra la —según dijo— trasnochada idea del Partido Comunista de erigir una estatua de Rodney Arismendi en el lago Cachón del Parque Rodó, aprovechando el bronce que quedó después de que unos vándalos degollaron y le robaron la cabeza y un ala al cóndor que allí intentaba levantar vuelo. “El bronce que sobró que lo dediquen a una lápida arriba de una cloaca para enterrar el busto del guerrillero comunista asesino”, comentó, según la tele, un distinguido militante del Partido Colorado.

    Las discusiones acerca de quién merecería una (y a veces otra) estatua siguieron en la sociedad uruguaya, informaba el noticiero que creía estar viendo Fortunato, algunas tan originales como la del mundo cultural uruguayo, que promovió una encuesta popular para elegir a los potenciales homenajeados. Grande fue su desilusión cuando los intelectuales promotores de la encuesta descubrieron que el 78% de los encuestados decía que Rodó era el propulsor de un parque de diversiones infantiles, el 82% expresaba que Juan Benito Blanco era el fundador del barrio La Mondiola, y el 90% opinaba que Alfredo Vásquez Acevedo fue un capataz de la construcción que trabajó en la edificación de varios inmuebles de la zona del Cordón.

    Al final, Fortunato, que dormía profundamente, se perdió la opinión del presidente Orsi, quien, al ser consultado por la prensa a la salida de la inauguración de una canilla de agua caliente en una pileta de la policlínica de Capitán Tula, señaló: “A mi juicio, es un tema para ver, ¿no? Porque hay que tener presente que una estatua, bueno, claro, no es cualquier cosa o, más bien, sí que es cualquier cosa, pero esto no es lo mismo que una cosa cualquiera, porque las cosas son como son, salvo que no lo sean y, en ese caso, hay que ver, ¿no les parece?”.

    También hay un proyecto para instalar no una estatua, sino un enorme reflector de luz potente que ilumine el piso 11 de la Torre Ejecutiva, así, según dijeron técnicos de UTE que trabajan en el proyecto, probablemente se verá más claro.

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