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    Por fin

    Ya llegará el momento en el que, tras mirar las gradas vacías de la Rural del Prado, la gente vuelva a colmarlas para aplaudir al trote de los caballos bien tratados, tirados por la rienda desde el piso por unos exjinetes avinagrados, que verán que el tiempo del maltrato animal ha quedado atrás

    Tras una innumerable serie de episodios trágicos y muy dolorosos, ha concluido por fin una de las semanas más crueles e injustas del año: la Semana Criolla.

    Quienes sentimos la fe animalista en el fondo de nuestros corazones, y tenemos la fuerza que nos alienta para luchar hasta el final, declaramos que la batalla recién comienza y que seguiremos hasta que nuestras reivindicaciones se vean concretadas en los hechos.

    Porque no es cuestión de pensar que solamente la Semana Criolla en la Rural del Prado es el escenario de los castigos inauditos contra los desprotegidos y castigados equinos que la protagonizaron, en manos (y patas con botas) de los salvajes gauchos vernáculos e importados de los países vecinos. Un relevamiento recientemente divulgado por nuestros equipos profesionales indica que, a lo largo y ancho del país, hay más de seiscientos (sí, seiscientos, seis cero cero) circos romanos, tristemente denominados “criollas”, en las que, con la vulgar excusa de juntar fondos para la escuelita rural del pueblo, los salvajes del facón detrás del cinto, bombachas y chiripá, botas y espuelas, se reúnen aquí y allá —en Semana Santa o de Turismo, en el mejor de los casos, pero en la Semana del Cordero Gordo, la Semana del Pollo a las Brasas o cualquier otra excusa denominativa— para tomar mate y alcohol, asar carne vacuna y treparse a los rebencazos en los inocentes caballitos que arrastran al ruedo con el fin de “domarlos”.

    Estamos ya en las etapas finales de un protocolo que les exigiremos a las autoridades que aprueben y pongan en vigencia, destinado —ya que no se las puede eliminar, porque contribuyen, según dicen sus organizadores, no solo al entretenimiento, sino, además, al servicio social y al encuentro humano— al menos a atenuar los graves daños que se les vienen causando a estas inocentes criaturas de cuatro patas.

    Les mencionamos tan solo algunos de los detalles de dicho protocolo, para que ya vayamos (a través de la divulgación en medios tan generosos como este, que nos facilita comunicarnos con el gran público) contribuyendo a crear una corriente de opinión pública que apoye y se sensibilice con nuestra lucha.

    Por ejemplo, en la sede del Radisson Hotel, en la parte de atrás, se construirán establos forrados con terciopelo, para alojar a las nobles bestias mientras estén en Montevideo con el fin de asistir a la Semana Criolla.

    A los gauchos, mientras tanto, si no tienen alojamiento, se les facilitará su permanencia en unas casas abandonadas de la Ciudad Vieja, las que permanecen cerradas desde hace años por problemas edilicios, de manera que vean y sientan lo duro que es estar en lugares fríos, húmedos e incómodos, como los que ellos destinan hasta ahora a los caballos.

    A estos, por las mañanas, se les retirará de los establos para conducirlos, dentro del hotel, a una piscina con agua tibia, destinándose parte del personal del establecimiento a cepillar y masajear a los animalitos, frotándoles el lomo con aceites perfumados y linimentos alcanforados. Tras los masajes, se les conducirá en camiones techados especialmente acolchados y calefaccionados a la playa Ramírez, para que troten y retocen en libertad, estirando los músculos. Mientras tanto, a los jinetes se les llevará en la caja descubierta de un camión municipal a una olla popular próxima a la playa en la que están retozando los caballos, para que hagan la cola, y luego coman gofio con leche con galletas de campaña, agua de la canilla y tres caramelos Zabala de postre para cada uno. Es lo máximo que se merecen debido a sus costumbres bárbaras e inaceptables en el trato con los nobles equinos. Que aprendan lo que es pasarla mal.

    Por las tardes, ya en el ruedo de la Rural del Prado, los caballos serán ensillados y luego los jinetes, sin montarlos, los llevarán de tiro de las riendas a recorrer el predio, mientras el público alienta satisfecho la visión de un trato digno a los animales y podrá, a la vez, abuchear a los otrora jinetes, ahora transformados en peatones con espuelas inútiles, los que quedarán como un mal recuerdo y una rémora de los tiempos que nos proponemos dejar atrás.

    El alimento para los caballos será traído especialmente de los restaurantes de la zona del Prado, los que prepararán al efecto tartas de alfalfa con mayonesa y queso cheddar, hamburguesas de pasto verde y fresco sazonadas con salsa Perrins, y brochettes de heno de primera, cocinadas a fuego lento y condimentadas con mostaza de Dijon.

    A los crueles centauros que otrora maltrataban a las inocentes y nobles bestias, se les enviarán sándwiches de paleta quemada, para que no se olviden del nombre de uno de los pocos héroes equinos que supo derrotarlos y tirarlos por tierra, allá por la década de los 60 del siglo pasado.

    Terminada la semana de paseos alrededor del ruedo, los caballos serán reenviados a sus respectivos domicilios, en los campos donde pastarán todo el resto del año, hasta que vuelvan a ser llamados para protagonizar una ceremonia similar.

    Lamentablemente, y hasta ahora, las encuestas de opinión pública que hemos encargado a empresas del ramo parecen no recoger demasiado entusiasmo del público aficionado a las criollas, para asistir a las gradas a contemplar este renovado, sano y benéfico espectáculo que hemos descripto más arriba.

    No nos preocupa. Lo mismo pasó con las corridas de toros. Al principio, su anulación fue resistida por los bárbaros que disfrutaban del maltrato y la violencia animal, pero, si miran ahora, verán que en la última plaza de toros que sobrevivió, allá en Colonia del Sacramento, en vez de torturar animales se ha erigido un enorme anfiteatro en el que han actuado Plácido Domingo, el Negro Rada y muchos artistas más.

    Ya llegará el momento en el que, tras mirar las gradas vacías de la Rural del Prado, la gente vuelva a colmarlas para aplaudir al trote de los caballos bien tratados, tirados por la rienda desde el piso por unos exjinetes avinagrados, que verán que el tiempo del maltrato animal ha quedado atrás.

    De acuerdo a los estudios mencionados, ello podría ocurrir dentro de 150 o 200 años.

    Pero vale la pena esperar.

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