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    Representación parlamentaria

    Las ideas de Lysander Spooner suenan un poco radicales en tiempos en los que el centrismo y la tibieza mental han ocupado el lugar que antes ejercían a sus anchas el vértigo y el saludable sentido rupturista del ademán liberal

    Columnista de Búsqueda

    La tercera parte del libro La ética de la libertad (Unión Editorial, Madrid, 1995), de Murray N. Rothbard, lleva por sugestivo título El Estado contra la libertad y tiene por objeto explicar cómo en sustancia la institución estatal tiene por objeto espoliar y engañar a los individuos, a los que roba su dinero y cercena sus derechos. En uno de sus mejores capítulos, exhuma algunos textos de Lysander Spooner, un pensador constitucionalista estadounidense de mediados del siglo XIX que consagró toda su fecunda energía intelectual a demostrar de qué modo el Estado toma por tontos a sus súbditos, mientras los apalea con impuestos y amenazas.

    Las ideas de Spooner suenan un poco radicales en tiempos en los que el centrismo y la tibieza mental han ocupado el lugar que antes ejercían a sus anchas el vértigo y el saludable sentido rupturista del ademán liberal. La apelación de Rothbard a esta figura tiene todas las trazas de la intencionalidad deliberada, porque apunta a destacar, con los mejores argumentos de la tradición liberal extrema, hasta qué punto los ciudadanos son prisioneros de los giros de esa kermés que se ha dado en llamar el sistema de representación democrática. En la página 231, recoge precisamente la contestación de Spooner a la socorrida falacia que es la representación mediante el voto, un dispositivo que induce a creer que el poder reside en quien está forzado a otorgarlo y no en quien efectivamente lo ejerce, y que el supuesto consentimiento del ciudadano dista mucho de ser mecánica y moralmente aceptable. Dice así:

    “Lo cierto es que en el caso de cada ciudadano particular, no puede entenderse su voto actual como prueba de consentimiento... Al contrario, debe considerarse que el ciudadano se encuentra, sin que le hayan pedido su consentimiento, rodeado por un gobierno al que no puede resistir; un gobierno que le fuerza a pagar dinero, a prestar servicios y a olvidarse de ejercer muchos de sus derechos naturales, bajo la amenaza de pesados castigos. Ve también que otros ciudadanos ejercen tiranía sobre él mediante el uso de las papeletas. Ve además que si se decide a utilizar su voto, tiene alguna oportunidad de liberarse de la tiranía de otros, sometiéndolos a su poder. En suma, se encuentra —sin su consentimiento— en tal situación que si utiliza las papeletas se convierte en el amo; y si no las usa, en esclavo. Y no hay otra alternativa. Tiene que elegir una de las dos cosas. Para autodefenderse, elige la primera”.

    A Rothbard le interesa destacar en este razonamiento el carácter arbitrario de la fijación caprichosa de impuestos, cuando una legislatura cruel y avariciosa decide ir contra la propiedad de los individuos para satisfacer los gastos operativos del Estado, entre ellos los de la propia legislatura y sus innúmeras comparsas. Las preguntas que formula son incómodas y certeras: ¿en virtud de qué se fijan los impuestos sobre todos y cada uno, con independencia de si han votado o no, o más en particular, si han votado por el candidato vencedor? ¿Cómo puede dar a entender quien no ha votado, o quien ha votado por el perdedor, que aprueba las acciones del gobierno elegido?

    En esa selva de celadas y argucias se pierde la expresión real de la voluntad del ciudadano, esto es, el fuero de todos sus derechos. La cita de Spooner en este punto es de una elocuencia devastadora, por cuanto dice que el desdichado súbdito del Estado “es parecido al del hombre forzado a entrar en combate, donde debe matar o morir. El hecho de que, para salvar su vida en la batalla, un hombre intente apoderarse de la vida de sus oponentes, no demuestra que haya elegido la batalla por su propia voluntad. Y lo mismo ocurre en las contiendas por las papeletas—simples sucedáneos de las balas—. El ciudadano las utiliza como su única oportunidad de autodefensa, pero de aquí no puede deducirse que entra por su propia voluntad en la contienda y que renuncia libremente a todos sus derechos naturales, en una apuesta contra todos los demás, para resultar ganador o perdedor por el simple poder de los números... Es indudable que hasta los hombres más miserables bajo los más opresores gobiernos del mundo recurrirían a las papeletas si vieran en ellas una posibilidad de mejorar su situación. Pero de aquí no cabe deducir legítimamente que el gobierno mismo que les exprime haya sido voluntariamente elegido, y ni siquiera tolerado, por ellos”.

    En esta infamia se cifra toda la fina ingeniería de la representación. Cualquiera puede entenderla, porque nadie, ni el más obsecuente, se escapa de sufrirla.

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