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    Robaron, huyeron y nunca los pescaron

    El robo más grande de arte de la historia ocurrió hace 35 años en el Museo Isabella Stewart Gardner de Boston; se llevaron 13 obras, entre ellas, un Vermeer, cinco Degas y tres Rembrandt

    Columnista de Búsqueda

    El Museo Isabella Stewart Gardner de Boston es uno de los más selectos y bellos museos de Estados Unidos. Es además un museo diferente, su colección de pintura, libros raros y antigüedades se exhibe en la mansión que la propia Isabella construyó y su patio interior es lo más parecido a teletransportarse a la Venecia del siglo XV.

    No obstante, cada vez que se lo menciona solo se recuerda que fue el protagonista del robo de arte más grande de la historia de Estados Unidos, y como este año se cumplen 35 años del insuceso no voy a ser la excepción.

    Ocurrió en la madrugada del 18 de marzo de 1990, cuando aún no se acallaban los excesos de la fiesta de Saint Patrick. Dos hombres vestidos como policías llamaron a la puerta y le dijeron al guardia que necesitaban acceder al edificio. Los dejó entrar, lo amordazaron y lo llevaron al sótano junto con su otro compañero. En una hora y 20 se llevaron 13 obras de la colección, entre ellas, El concierto de Vermeer, cinco Degas y tres Rembrandt, incluido Tormenta en el mar de Galilea, el único paisaje que pintó. En pocas palabras, el equivalente a 500 millones de dólares.

    A la mañana siguiente llegó la policía, luego los agentes del FBI, y a medida que fueron pasando los años entraron en escena los detectives privados. Algunos de ellos, muy famosos, como el británico Charley Hill, un experto en infiltrarse en redes clandestinas, que trabajó años para Scotland Yard y que en 1994 recuperó El grito de Munch robado de la Galería Nacional de Oslo. Pero aún sigue sin haber pistas sobre sus autores, todos los cuadros continúan desparecidos y la recompensa de 10 millones de dólares sigue vigente. Por su parte, el museo exhibe los marcos vacíos en el mismo lugar donde antes estaban las obras; huecos desoladores que simbolizan la esperanza de que algún día volverán, aunque el espectáculo se parece más a un acto de contrición que evidencia los fallos de seguridad que facilitaron el hurto.

    De más está decir que hubo infinidad de sospechosos, desde el guardia que abrió la puerta hasta un ladrón de arte que en 1975 robó un Rembrandt del Museo de Bellas Artes de Boston. No podía faltar tampoco la mafia irlandesa, y durante décadas se apuntó a las bandas mafiosas Winter Hill y el Clan Merlino y a sus conexiones con el Ejército Republicano Irlandés (IRA, por sus siglas en inglés). El IRA tuvo una vasta experiencia en estos asuntos, notoriamente desde que se unió a sus filas Rose Dugdale, una millonaria inglesa, educada en Oxford, que en 1974 robó 19 pinturas para intercambiarlas por dos militantes presos.

    A primera vista se podría pensar que el golpe fue perfecto y, si nos atenemos al estado de situación actual, sin duda lo fue, sin embargo, ciertas inconsistencias siguen dando que hablar. Por ejemplo, que no se llevaran el fabuloso Rapto de Europa de Tiziano y, en cambio, pasaran media hora trajinando con un vaso chino del siglo XII que, aunque es una pieza valiosa, no tiene punto de comparación. Se alega que pudo ser por sus dimensiones, pero, si así fuera, no se entiende que ni se detuvieran ante el dibujo de una Pietá que hizo Miguel Ángel en 1540 para su amiga Vittoria Colonna. Esto lleva a pensar que fueron con una lista preseleccionada, eran esas piezas y no otras, pero, si así fue, es incomprensible la brutalidad con la que arrancaron los lienzos de los marcos desprendiéndolos a cuchillo.

    Todo lo que rodea este robo es un misterio y, aunque precisamente por eso ha dado lugar a libros, documentales y series como Esto es un atraco (se puede ver en Netflix, la recomiendo), no parece justo que la memoria de Isabella Steward Gardner quede únicamente ligada al funesto episodio. Isabella fue una mujer sorprendente; nacida en una familia acaudalada de Nueva York en 1840, supo doblegar a los finos bostonianos —incluido a su marido, Jack Gardner— a fuerza de inteligencia y atrevimiento. Inquieta, poco convencional y extremadamente culta, fue sufragista, amiga de pintores, escritores y músicos y también una gran viajera. Su primera compra importante fue El concierto de Vermeer en 1892 y luego, ya aconsejada por el crítico Bernard Berenson, se convirtió en la primera americana en hacerse de un Botticelli.

    Con la rapidez que solo dan los millones conformó una de las más selectas colecciones del renacimiento italiano y a ella le sumó su pasión por el barroco holandés, las antigüedades orientales y la obra de sus amigos John Singer Sargent y James McNeill Whistler. Un día de enero de 1903 abrió las puertas de su villa veneciana al público y a su muerte en 1924 legó su mansión, su colección y su fortuna a la ciudad de Boston. A 35 años del robo, bien vale recordar el episodio y en igual medida a esta extraordinaria mujer que fue algo más que una superficial millonaria que compraba arte.

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