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Como gobernante lúcida, Olga de Kiev vio en el ejemplo del Imperio bizantino que no bastaba con preocuparse solo por el Estado y la vida económica; era necesario empezar a organizar la vida religiosa y espiritual del pueblo
Dice Soloviev que la leyenda sobre la venganza de Olga, que denota un sentido moral y una determinación ingeniosa para reparar el dolor y la injusticia, es preciosa para el historiador porque refleja los conceptos predominantes de la época, que hacían de la venganza por el asesinato de un ser querido un deber sagrado. Está claro que incluso en el momento de la redacción de la crónica —que se presume fue escrita varias décadas después de la muerte de Olga— estos conceptos no habían perdido su fuerza. Dado el subdesarrollo de las relaciones sociales en ese momento, la venganza por un familiar era una hazaña por excelencia: es por eso que la historia de tal proeza despertó la viva atención de todos y se conservó de manera tan fresca y ornamentada en la memoria de la gente. La sociedad siempre, sin importar en qué etapa de desarrollo se encuentre, tiene un profundo respeto por las costumbres que la protegen y consecuentemente glorifica como héroes a aquellas personas que fortalecen estos modos tutelares de afirmar la identidad personal como emergente de los valores colectivos. En aquella primitiva sociedad, la costumbre de la venganza era precisamente la expresión protectora que luego sería reemplazada por la justicia, si es que había ambiente para ello; y el que cumplía el sagrado deber de venganza era necesariamente un héroe para toda la comunidad.
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Las crónicas de época son pródigas en ejemplos y elogios a la figura de santa Olga. La princesa gobernó las regiones de la tierra rusa bajo su control no como una mujer de entonces, socialmente acotada, sino como un hombre ideal de aquellos siglos, marcando su atributo de fortaleza y razonabilidad, manteniendo de manera firme el poder en sus manos y defendiéndose con valentía de los enemigos. Olga ha sido amada en vida por su propio pueblo como gobernante misericordiosa y piadosa, como juez justo que no ofende a nadie, que en lo civil impone castigos con compasión y premia a los buenos y por eso es venerada desde siempre por sus valores hasta el día de hoy. Su leyenda dice que infundía miedo a todo lo malo o extraviado, recompensando a cada uno en proporción al mérito de sus acciones, pero en todos los asuntos de gobierno mostraba previsión y sabiduría. Al mismo tiempo, Olga, compasiva de corazón, fue generosa con los pobres y los necesitados; como expresa una leyenda de la época recogida en la historia de Soloviev: “Las justas peticiones pronto llegaron a su corazón, y rápidamente las cumplió (…). Con todo esto, Olga combinó una vida templada y casta; no quería volver a casarse, sino que permaneció en pura viudez, observando el poder principesco para su hijo, velando por su crecimiento. Cuando este maduró, le entregó todos los asuntos del gobierno, y ella misma, habiéndose apartado de los rumores y de las preocupaciones, vivió al margen de las preocupaciones de la dirección, dedicándose a obras de caridad”.
Rusia bajo su mando creció y se fortaleció. Las ciudades se construyeron rodeadas de muros de piedra y roble. La propia princesa vivía detrás de los confiables muros de Vyshgorod rodeada de un escuadrón leal. El establecimiento de las primeras fronteras estatales de la Rus de Kiev se remonta a la época de Olga. Los extranjeros acudían en masa con mercancías a Gardarika (“el país de las ciudades”), como llamaban a Rusia en el oeste. Los escandinavos y los alemanes se unieron voluntariamente al Ejército ruso como efectivos mercenarios. Rusia en poco tiempo se convirtió en una gran potencia.
Como gobernante lúcida, Olga vio en el ejemplo del Imperio bizantino que no bastaba con preocuparse solo por el Estado y la vida económica. Era necesario empezar a organizar la vida religiosa y espiritual del pueblo. En el famoso Libro de los Grados, que es de crónicas de época, se afirma que su gran hazaña fue reconocer al Dios verdadero. “Sin conocer la ley cristiana, vivió una vida pura y casta, y quiso ser cristiana por libre albedrío, con los ojos de su corazón encontró el camino del conocimiento de Dios y lo siguió sin dudarlo”.
Habiendo hecho su elección, la gran duquesa Olga, confiando Kiev a su hijo mayor, partió con una gran flota hacia Constantinopla. Los antiguos cronistas rusos llamarán a este acto de Olga “el camino”; combinó una peregrinación religiosa, una misión diplomática y también una clara demostración del poder militar de la Rus. El patriarca bendijo a la princesa rusa recién bautizada con una cruz tallada en una sola pieza. En la cruz había una inscripción: “La tierra rusa fue renovada con la Santa Cruz, y Olga, la bendita princesa, la aceptó”.