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La sentencia está impresa en la carne, que mata mientras es pronunciado el veredicto. Algo así ocurrió con el boxeo. Era imposible que el deporte que estuvo siempre en crisis sobreviviese a esa crisis. Escribir sobre boxeo significa tener delante de nuestros ojos no solo al boxeo, sino también las demarcaciones de la civilización: qué significa, o qué debería significar, ser humanos. Cuando asistimos a una pelea de box, sabemos solamente que está sucediendo algo muy profundo y que eso se da en un lugar que está más allá de las palabras.
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Para alguien menor de cuarenta años, es probable que una pelea de boxeo resulte algo tan extraño y ajeno como un teléfono fijo. No me gusta ser un ladrón descarado de las sutilezas que van marcando el camino de una historia, por eso necesito decir, antes de seguir con este artículo, que muchas de las reflexiones que voy escribiendo, sobre todo las más lúcidas, no me pertenecen, sino que fueron extraídas de la película Días perfectos, de Wim Wenders, y del magistral libro Sobre el boxeo, de Joyce Carol Oates. Como debe ocurrir con las obras de arte, la interpretación y las correlaciones que generan son incontables, y en cada una la resonancia de esas interpretaciones y correlaciones se amplifica en los espacios íntimos de mayor fragilidad. Por eso, para mí, lo bello de estas dos obras es el recuerdo de la humanidad como la conocíamos antes de que la adrenalina por las redes sociales, la inteligencia artificial y la tierra prometida del metaverso la coptasen y la redujeran a cuerpos estériles desbordados por la cantidad de elecciones que le son impuestas, acorralándola en tiempos cada vez más urgentes, en un sucederse de decisiones ya no necesarias, sino indispensables.
Cuerpos estériles de una sociedad apabullada por el miedo: el miedo al futuro, el miedo a no pertenecer, el miedo a no gustar. Un miedo tan inmediato que ya ni siquiera piensa en la muerte, algo tan looser y con tanto espesor que es imposible no excluirlo de nuestra cotidianidad. Antes, la muerte estaba presente, por eso la sociedad se empecinaba en eliminar al boxeo del reino de los deportes. Seres humanos violentos que se golpean para ocasionar el mayor daño posible a otros seres humanos; si fuese necesario, hasta provocarle la muerte. La muerte asustaba. Era el lugar en el que la vida cobraba sentido, con la potencia irreducible de la eternidad.
Pero ahora podemos leer o ver con total soltura, sin conjeturas, el asesinato de decenas de miles de personas y a lo sumo emitir un “¡qué horror!”, seguido de una toma de postura tan infeliz como guionada. Vivimos en tiempos en los que hay que emitir opinión sobre cualquier cosa, manteniéndonos fieles al guion de turno; un Gran Hermano todo terreno, donde el chisme, la pornografía de las redes, la vacuidad de los conceptos, la prescindencia de los cuerpos son la norma. La vida se convirtió en el sueño de las Barbies de Bezos en el espacio, en los caprichos del sudafricano (¿futuro inmigrante ilegal en el reino de Trump?), en los complejos de inferioridad del programador neoyorkino dueño y desarrollador de universos sin carne bajo el nombre de Meta Platforms, Inc. y sus emuladores desparramados por todo el planeta.
Internet asesinó la muerte, y por eso la vida se vació de sentido. No me molesta lo que hacen, porque al fin y al cabo soy defensor de la libre elección de los caminos de la vida que uno sueñe, decida y pueda seguir. Simplemente no me siento cómodo en un mundo que profesa el culto cada día más concentrado no ya al éxito, sino al personaje exitoso; el éxito está lleno de acepciones por naturaleza y varía con cada persona, es altamente democrático. El personaje exitoso es un dogma que derrama dogma, comenzado por uno muy inquietante: los segundos afuera.
Y si le ganamos a la muerte, no hay Dios que aguante, por eso, este mundo ya no es apto para los perdedores, como el limpiador de baños de Wenders en Perfect Days (pero el hombre era feliz en su universo de baños sucios, autos con pasacasetes y música de las décadas del 60 y el 70), ni los boxeadores de Joyce Carol Oates, para quienes “segundos afuera” es un llamado a la gloria o a la destrucción a través del valor hecho carne. Necesitamos un mundo higiénico y controlable, que vaya rápido, contagie poco y que no sangre, como pasa con las imágenes de cada una de las guerras de estos días, en las que la centralidad, la visibilidad y el dolor del cuerpo humano son manipulados por los dueños de la tecnología.
Pero el que está mal es el boxeo, porque sangra, duele y deja expuestos sin mediaciones todos los recursos que el hombre utiliza para poder ser hombre (valentía, dedicación, locura, fuerza, elegancia, astucia, golpes bajos, muerte, arte) y sobrevivir a las miserias y las bajezas que el solo vivir nos impone, y que nos definen como especie, sin maquillaje. Como limpiar baños públicos en Tokio, trabajo sucio e insalubre, al que Wim Wenders transforma en apología de la belleza del día a día de esos segundos que quedaron debajo del radar del culto del personaje exitoso
Creo que fue en Yo, robot, la película de Alex Proyas del año 2004, que, ante el intento de la toma del poder por parte de los robots más evolucionados, el comisario, frente a la inminente caída de la estación central de Policía, decía: cómo vamos a extrañar las épocas en que los asesinos eran de carne y hueso.
Segundos afuera era el momento previo a que sonase la campana, y al boxeador se le quitaba la sillita y quedaba solo en el cuadrilátero con su rival y el árbitro, que, salvo excepciones, era el custodio de las reglas que se habían creado allá afuera para ser cumplidas ahí adentro, y de la salud de los contendientes. Segundos afuera es el principio y el destino que rige las vidas olvidables de los que llegan después, en una sociedad de reglas efímeras, que se dictan quién sabe dónde y por quién y se acumulan en una nube para ser distorsionadas a voluntad, no por Dios, sino por los dueños de Dios. Creo que vamos a extrañar el dolor de una trompada en la nariz y el olor de un baño público.