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    Todo es mentira, la verdad

    La Bibliotheca Fictiva de la Universidad Johns Hopkins, en Estados Unidos, reúne engaños históricos y literarios, desde la antigua Grecia hasta el presente; en el mundo de habla hispana, pululan las frases falsas de Quino, de Borges y hasta un monumento de Ansina que no es de Ansina

    Columnista de Búsqueda

    A juzgar por la documentación acumulada, los seres humanos somos mentirosos compulsivos. En los primeros días de diciembre, la BBC publicó un artículo sobre la Bibliotheca Fictiva de la Universidad Johns Hopkins de Estados Unidos, la primera colección del mundo en reunir engaños históricos y literarios. Son cerca de 2.000 libros repletos de falsedades que van desde la antigua Grecia hasta el presente.

    En ese caldo de imposturas nos hemos cocinado a fuego lento durante siglos hasta llegar a este presente signado por la posverdad. Muchas falsedades surgieron con buenas o malas intenciones para cubrir vacíos que libros tan antiguos como la Biblia o La Ilíada no podían llenar. Por ejemplo, la falta de una descripción física de Jesús en el Nuevo Testamento se resolvió en la Edad Media con una carta apócrifa de Publio Léntulo, cónsul romano y gobernador de Judea, al Senado de Roma. En ella describe a Jesús con rasgos que conocemos por la iconografía actual. “En estos días apareció un hombre de gran virtud llamado Jesucristo. (…) apuesto, con un rostro reverente que inspira temor y amor. Su cabello, del color del castaño maduro, es liso casi hasta las orejas, pero de ahí para abajo es algo rizado. (…) su rostro sin arrugas ni manchas. (…) su barba es espesa, del mismo color que su cabello; sus ojos grises, claros y vivaces”, dice Léntulo. Copias de esta falsificación epistolar se difundieron en decenas de manuscritos medievales y renacentistas, según se señala la página del Centro Virginia Fox Stern de la Universidad Johns Hopkins, y probablemente inspiraron las representaciones de Jesús en el arte occidental.

    La escasa información sobre la vida de Shakespeare también incentivó las mentes imaginativas. La misma Bibliotheca guarda algunos escritos supuestamente firmados por el escritor inglés que en realidad salieron de la mano de William Henry Ireland (1775-1835), un famoso falsificador. Ireland empezó por crear un modesto escrito para ganarse el cariño de su padre, un anticuario obsesionado con encontrar documentación sobre Shakespeare. La mentira tuvo tan buen efecto en el vínculo entre padre e hijo que Ireland se engolosinó. Llegó a componer una tragedia completa titulada Vortigern, una carta de amor dedicada a la esposa del poeta, Ana Hathaway, y hasta un autorretrato, entre otras exquisiteces. Para justificar la aparición de tantos documentos de la noche a la mañana, Ireland recurrió al cuento del tío o, más bien, al cuento del baúl. Un amigo, dijo, le había entregado un antiguo baúl lleno de manuscritos y documentos renacentistas… El padre de Ireland estaba encantado. Numerosos eruditos de la época validaron los hallazgos y concedieron al tramposo su minuto de gloria. Se cuenta (si no se trata de otra mentira) que James Boswell, biógrafo de Samuel Johnson, se arrodilló ante los manuscritos falsos y los besó. “Ahora puedo morir contento”, dijo. Pocos meses después Boswell murió sin conocer la verdad. Contento, tal vez, pero su alegría no impidió el escándalo que estalló en la representación de Vortigern, la tragedia del baúl. La liviandad de los textos fue indisimulable. Aquello en nada se parecía a la poesía shakespereana. El público comenzó a chiflar y hasta los actores terminaron por burlarse de la obra. Ireland cayó en desgracia y debió confesar el fraude. Su padre jamás le volvió a hablar.

    En el arte y la literatura de habla española también nos hemos macerado con mentiras. Una de las frases más populares de Mafalda, “paren el mundo que me quiero bajar”, no nació de Quino, ni el dibujo ni el texto, y sin embargo la seguimos repitiendo. Daniel Divinsky, editor de Quino por más de 50 años, dijo en una ocasión que alrededor de la mitad de las frases adjudicadas a Mafalda en las redes eran falsas. Y allá vamos detrás de ellas.

    En fechas de sensibilidad a flor de piel —Navidad, fin de año, Día del Amigo, Día de la Madre, etcétera— suelen viralizarse poemas apócrifos. Instantes, adjudicado a Borges, no falla por más que la primera frase (“Si pudiera vivir nuevamente mi vida, / en la próxima trataría de cometer más errores”) provoque retorcijones a cualquier lector de Borges.

    No reconocer las dudas u omitir datos también promueven los malos entendidos. La figura de Ansina en Uruguay ha dado lugar a controversias por el motivo de siempre: la falta de documentación de la época. Muchas generaciones de escolares de túnicas blancas homenajearon a Ansina frente al monumento de José Belloni en la zona de Tres Cruces. Luego se supo que Belloni había representado a Manuel Antonio Ledesma, otro afrodescendiente que participó en la revolución artiguista, y no a Ansina. Actualmente, en la página de la Intendencia de Montevideo junto con la descripción de la escultura se puede leer: “Monumento a Manuel Antonio Ledesma (ex-Ansina)”.

    En 1998 Manu Chao cantaba “Todo es mentira en este mundo. / Todo es mentira, la verdad”. Sabias palabras. En esas fechas no se habían extendido las fake news ni se hablaba de posverdad. Tales expresiones se encumbrarían años después, en 2016, en las elecciones que ganó Donald Trump por primera vez en Estados Unidos. Hoy existen dudas razonables sobre el amor de los seres humanos por la verdad. No obstante, una luz de esperanza surge de las declaraciones del experto Earle Havens, supervisor de la bizarra Bibliotheca Fictiva. Havens asegura que las falsificaciones nunca soportan la prueba del tiempo… Que así sea. Con este mensaje esperanzador y olvidando al olvidado Manu Chao quisiera terminar el año. Al menos hoy sabemos que Pierre Menard no escribió El Quijote, por más que Google nos confunda a todos.

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