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Un arte que merezca ese nombre no debería tener como motor principal el plegarse a las “ideas correctas”, sino que debería ser capaz de desarrollar ideas propias
Un debate recurrente en los últimos años es el de los límites de lo que se puede decir. En realidad, es un debate tan viejo como la humanidad desde que tenemos registros, pero lo particular de los últimos tiempos es quiénes son los que llevan adelante el giro censor. Esto es, quiénes intentan restringir lo que es aceptable o no. Escribí sobre esto hace algunas semanas comentando unas declaraciones de la senadora Blanca Rodríguez sobre los discursos de odio y su penalización.
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Esto, que parece un asunto vinculado solo a la libertad de expresión, suele tener su correlato en las artes: qué cosas pueden (o deben) decirse a través de la obra artística. Y su contracara: qué cosas pueden ser consideradas arte y qué cosas son marketing. Y ojo, cuando digo “marketing” no me refiero solo al arte de vender un pancho, incluyo también el marketing de ideas, que funciona de forma parecida, aunque menos perceptible. A veces funciona de forma tan invisible que nos parece que estamos apelando al “sentido común” cuando en realidad nos estamos limitando a seguir un recetario de ideas en venta en el mercado.
La distancia con el marketing de panchos es que de los panchos importa el sabor, y esa es una experiencia sensorial bastante concreta. Les podés meter el mejor marketing a unos panchos horribles, pero eso seguramente no va a mejorar mucho la venta. O quizá funcione por un tiempo, hasta que el paladar del consumidor decida. Con las ideas, en particular con las ideas en el arte, la cosa es mucho más brumosa. Para empezar, el debate sobre los límites del arte no siempre se plantea en esos términos, como un debate. Muchas veces aparece vestido de “autoritarismo emocional”, es decir, algo que afecta tanto mis emociones que puedo negar el derecho de esa obra a existir. La sensibilidad es un asunto tan personal que resulta innegociable y, por lo tanto, no admite discusión.
Al no ser tan claros los límites como en la política y al no ser inmediata su percepción como en el caso de los panchos, los límites de lo que se puede decir en el arte son más borrosos. Alguien que lleva años discutiendo sobre estos límites a través del humor es el británico Ricky Gervais. Tanto lo viene discutiendo que buena parte de sus especiales de stand up giran en gran medida en torno a esta discusión. Algo parecido pasa con el estadounidense Dave Chappelle, lo que en cierta forma los vuelve un poco predecibles. Digresiones aparte, es claro que el tema está en debate por más que a muchos les gustaría darlo por cerrado a través de las cancelaciones de obras y artistas.
Lo interesante no es tanto el impulso de censura, que siempre ha existido, sobre todo de la mano de conservadores de todo tipo. Lo interesante es que una parte importante de la gente que se interesa por el arte, incluido un buen número de creadores, ha comprado la idea, profundamente “capitalista” (por llamarla de alguna manera), de que el arte debe cumplir una función, como la cumplen la política o los panchos. Es decir, el arte “debe” impulsar una agenda concreta y con eso demostrar su “utilidad”. Muy entre comillas, porque hace falta discutir si esta “utilidad” es tal o si se puede llamar arte a tales objetos. El capitalismo suele caracterizarse por tener en el centro una pregunta simple: ¿para qué sirve? Esa misma pregunta se le viene aplicando al arte, como si la propia experiencia artística no fuera suficiente e hiciera falta instrumentalizarla.
Recuerdo claramente que cuando me paré frente al cuadro La balsa de la Medusa, del pintor francés Théodore Géricault, el impacto fue tan abrumador que tuve que sentarme y mirarlo desde cierta distancia. Soy apenas un visitante de museos de arte, no tengo formación en la materia. Ni siquiera me gusta especialmente el estilo en que está pintado el cuadro. Pero verlo me pasó por arriba. Los colores, las dimensiones, la expresividad, la tragedia que cuenta: todo me arrasó. La experiencia fue más que suficiente. Las preguntas actuales, las del arte instrumental, serían: ¿ese cuadro sirvió para modificar las relaciones de poder en aquel entonces? ¿Están correctamente representadas todas las minorías del presente en esa obra de 1819? ¿Los valores que propone la obra son los correctos de acuerdo con nuestra visión de hoy?
Más allá de que La balsa de la Medusa exponga una tragedia que fue un auténtico escándalo político en aquel entonces, lo relevante de la obra no es su carácter documental, sino su potencia expresiva: qué dice y cómo lo dice. No hay ninguna “utilidad” en eso salvo la de comunicar y emocionar. O impactar, si se prefiere. No es una obra didáctica, aunque podría serlo. Pero eso no es lo que se le exigía al arte entonces. Al revés: liberado de la férula religiosa, todo el arte desde el Renacimiento en adelante buscaría la autonomía de la obra y la del autor. Géricault era consciente de que el tema era potente y podía impulsarlo en su carrera. De hecho, para pintarlo se documentó entrevistando sobrevivientes e incluso construyó una maqueta a escala de la balsa. Sin embargo, su fuerza está en su expresión y no en ser un gesto que se inscribe en una tradición de ideas específicas o valores correctos. Lo que proyectó y valorizó la obra hasta nuestros días fue su calidad, no su apego al “bien” en su lucha contra el “mal”.
Actualmente, se le exige a la obra que produzca cosas externas, que no se relacionan con el arte, sino con las agendas políticas de turno. El arte debe generar conciencia, visibilidad, empatía, representación. Un arte con tantas obligaciones se acerca peligrosamente a un programa político, sin dejar espacio para la más mínima autonomía creativa. Peor aún: cuando se lanza esa mirada sobre el arte del pasado, sea un cuadro de hace 200 años o una canción de hace 30, se termina borrando el pasado real y se lo termina juzgando con esa herramienta roma que construye un pasado imaginado desde el presente.
¿Cómo se ejecuta este mecanismo que, descrito así, parece tan tosco y precario que debería resultar visible para cualquiera? A través del marketing de ideas y de la emocionalidad asociada a estas. A diferencia de lo que ocurre en la venta de panchos, la venta de ideas transforma el vocabulario. Eso es lo que hace cuando se dice que una obra “visibiliza”, “problematiza” o “transforma”. El lenguaje de la virtud siempre introduce de contrabando una estructura de persuasión. Si tu arte no cumple con la normativa de virtud ISO 2026, seguramente es porque tu arte “atrasa” y por lo tanto es natural y saludable bloquearlo. O excluirlo de facto de los fondos públicos, potenciando solo aquellos proyectos que cumplen con la normativa: un puñado de ideas que deberían poder discutirse, pero que, al presentarse como el non plus ultra de la virtud, se empaquetan y venden como sentido común.
Esto provoca al menos un par de cosas. La primera, una diversidad solo de nombre, ya que cada vez menos artistas se arriesgan a quedar fuera del sistema de premios y prebendas que se obtienen al alinearse. Y la segunda: un arte que merezca ese nombre no debería tener como motor principal el plegarse a las “ideas correctas”, sino que debería ser capaz de desarrollar ideas propias. Todo lo demás es propaganda.