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    Trenes que pasan

    Así es Uruguay: los trenes pasan y habitualmente los miramos de lejos; no solo ocurrió durante el gobierno de Vázquez, hay ejemplos en todas las administraciones posteriores a esa y también en las anteriores

    Director Periodístico de Búsqueda

    Todo fue alrededor de un tren. Uno inexistente, una metáfora que quedó para la historia. El primero en mencionarlo fue el entonces presidente Tabaré Vázquez. Estaba disertando, al promediar el segundo año de su mandato inicial, ante un auditorio de empresarios y políticos, convocados por la Cámara de Comercio Uruguay-Estados Unidos. La posibilidad de la firma de un tratado de libre comercio (TLC) entre ambos países estaba arriba de la mesa. Todos esperaban la definición que pudiera tomar el presidente al respecto en ese ámbito tan propicio.

    “Hay trenes que solo pasan una vez”, dijo. No más que eso. Pero para todos los que lo escucharon fue suficiente. El TLC con Estados Unidos había quedado un poquito más cerca. Vázquez lo estaba destacando como una oportunidad histórica y llamaba, de forma indirecta, a aprovechar el momento. La mayoría de sus oyentes lo aplaudieron con ganas y algunos hasta se pusieron de pie para hacerlo. La balanza empezaba a inclinarse para el lado que ellos querían.

    Pero otros no festejaron la ocurrencia del presidente. Al contrario, permanecieron en silencio. Uno de ellos estaba sentado en primera fila. Era el entonces canciller, Reinaldo Gargano, uno de los principales opositores a que Uruguay avanzara con Estados Unidos en la negociación de un TLC. Al brindar una improvisada conferencia de prensa a la salida del evento, Gargano retomó la metáfora del tren y retrucó al presidente: “A veces hay que correrse de la vía porque si no, el tren te pasa por arriba”.

    Y el tren siguió de largo, se fue y Uruguay nunca se subió a uno de sus vagones. Por más que Vázquez parecía estar a favor de hacerlo, al igual que los entonces ministros de Economía, Danilo Astori, y de Industria, Jorge Lepra, que también estaban en el evento. La pulseada política la ganó Gargano, junto con muchos otros dirigentes del Frente Amplio que se negaron fervientemente a adoptar ese camino. Lo único que quedó fue la metáfora del tren y un TIFA, un acuerdo consuelo entre Uruguay y Estados Unidos.

    Así es Uruguay. Los trenes pasan y habitualmente los miramos de lejos. No solo ocurrió durante el gobierno de Vázquez. Hay ejemplos en todas las administraciones posteriores a esa y también en las anteriores. Muchísimos. Por eso, con el objetivo de delimitar un poco el análisis y que esta columna no se termine transformando en un libro, conviene tomar en cuenta solo lo ocurrido durante el siglo XXI.

    En el primer gobierno de los 2000, el del colorado Jorge Batlle, el tren que estaba a punto de pasar parecía ser el de la reforma del Estado. Después de haberlo intentado muchas veces, un liberal lograba llegar a la presidencia y los primeros meses se mostraba con un gran ímpetu reformista. Una de las primeras medidas que adoptó fue divulgar todos los sueldos públicos, exponerlos para que quedaran muy claras las injusticias, y anunció que haría un reacomodo generalizado, que pondría toda esa vieja e injusta estructura burocrática patas para arriba. Contaba con la mayoría de la opinión pública a favor y las alianzas políticas necesarias. Pero llegó la aftosa y la crisis económica y la corrida bancaria y el cierre de algunos blancos y, entonces, el tren de ese nuevo Estado, más equitativo y eficiente, siguió de largo sin siquiera detenerse.

    Luego vino el primer gobierno de Vázquez y después el que ganó la presidencia fue el tupamaro José Mujica, líder del Movimiento de Participación Popular (MPP). Con un liderazgo muy respetado entre los sectores más a la izquierda del Frente Amplio, Mujica inició su mandato con una premisa clara. “Educación, educación y otra vez educación”, dijo en su discurso de asunción ante la Asamblea General el 1º de marzo de 2010.

    Otro tren que se acerca en el horizonte, pensaron muchos. El escenario parecía muy propicio. Mayoría parlamentaria, gremios de la enseñanza afines a la izquierda y un presidente que prometía destinar todas sus energías a cambiar la pisada en un tema que venía siendo postergado por muchos años.

    Pues otra vez el tren pasó sin detenerse. En esa oportunidad los que impidieron que nos subiéramos fueron los sindicatos y algunos dirigentes del entonces oficialista Frente Amplio. Le torcieron la mano al presidente. Él mismo lo reconoció tiempo después.

    Algo similar ocurrió con Vázquez en el siguiente período. Esa vez no fue el tren del TLC el que nos dejó varados en la vía. Pero sí el de la educación, otra vez, pese a que parecía que iba a ocurrir lo contrario. Un grupo de técnicos de distintos partidos políticos habían trabajado intensamente en un proyecto reformista y uno de ellos asumió un cargo importante en esa segunda administración de Vázquez. Pero duró poco. Otra vez ganaron los enamorados de los andenes y de no avanzar hacia ningún lado. Lo mismo ocurrió con la reforma del Estado, para poner solo otro ejemplo de ese tercer gobierno del Frente Amplio.

    Después llegó a la presidencia Luis Lacalle Pou, encabezando una administración de la coalición republicana, que cambiaba de color político el Poder Ejecutivo uruguayo luego de 15 años. La mayoría de la ciudadanía votó por un cambio, así lo evidenciaron las urnas. Y una vez finalizado el período de gobierno de Lacalle Pou, hubo varios que se quedaron con la sensación de que algunos de los trenes más importantes otra vez habían pasado sin pena ni gloria. Así lo evaluaron los que esperaban reformas liberales o una profunda reforma de la educación o del Estado, que nunca llegaron. No quiere decir que no se hayan impulsado y concretado cambios, pero en algunos lugares quedó la sensación de que no fueron suficientes.

    Al que no se deja pasar, al menos hasta ahora, es al tren de la alta política. Todavía hay unos cuantos, de distintos partidos, que optan por subirse a él, lo que coloca a Uruguay en un lugar de privilegio con respecto a varios países de la región. Aquí ese tren no sigue de largo y es de los pocos lugares del continente en el que tiene una parada segura.

    Al menos por ahora. Porque cada vez son más los políticos que se alejan de ese andén tan necesario para seguir siendo lo que somos. Y si se mantiene el nivel actual de agravios, de protagonismo de los fanáticos, de debates sin sentido y de competencias absurdas sobre quién cuenta con más ilegalidades, en algún momento no muy lejano ya no quedará nadie esperando su llegada.

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