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    Tributar tiene mala reputación

    “En este mundo nada es seguro, salvo la muerte y los impuestos”, dijo Benjamin Franklin, una frase que ningún contador desconoce

    Columnista de Búsqueda

    La tierra, la cosecha, los animales. Los caminos, los puentes, el agua. Los molinos, las casas, las ventanas. Los carruajes, los autos, las bicicletas. El celibato, la herencia, los hijos. Las pelucas, la orina, la barba.

    Los robots, los piercings, los tatuajes, la brujería, la descarga de la cisterna, la comida chatarra, los eructos de las vacas… y hasta la muerte. Todo se paga. Desde hace miles de años los seres humanos han desplegado una frondosa imaginación para pensar impuestos, aunque un mayor conservadurismo para cobrarlos.

    De aranceles y tributos se ha hablado bastante en los últimos meses. En Uruguay, la Semana de Turismo fue excepcional en cuanto al vocabulario. Palabras típicas del otoño como potro, doma o ciclista perdieron protagonismo ante una ofensiva de la jerga fiscal. Si en esos días hubiéramos hecho una competencia para listar las palabras más nombradas, entre ellas figurarían tributo y contribución.

    En medio del griterío por los impuestos impagos de la ministra Cecilia Cairo, alguien le puso color al repertorio con la expresión “romantización de la pobreza”, que algún duende de la prensa convirtió en “romanización de la pobreza” para mayor confusión de esos días confusos. Debió de ser un duende camuflado de Astérix que rindió tributo (en el otro sentido) a los romanos y al latín, origen del 70% de las palabras que habitualmente manejamos en español.

    Del latín precisamente viene tributo, término que desde el inicio estuvo manchado de sangre. Cuenta la leyenda que Rómulo, luego de matar a Remo, dividió a Roma en tribus (en tres partes, pensemos en trimestre, trienal o trigémino)… Y la cuestión sigue así: “El magistrado de la tribu era el tribuno, el conjunto de tribunos conformaba el tribunal. Los impuestos que pagaba la tribu se denominaban tributo. La obligación de pagar el tributo dio lugar al término contribuir. Tribu, tribuno, tribunal, tributo y contribuir: con todas estas palabras más que un trabalenguas podría armarse un tribulenguas”, dice el divulgador argentino Daniel Balmaceda en Historia de las palabras.

    A los romanos les debemos el término, pero no el invento. La obligación de tributar nació antes que el César. Llevamos unos cinco milenios de pagar bajo amenaza o con poquísimas ganas, según las circunstancias. No hay salvación. “En este mundo nada es seguro, salvo la muerte y los impuestos”. Es la frase de Benjamin Franklin que ningún contador desconoce.

    Desde los inicios, el pago de tributos se enreda con injusticias, ridiculeces y caprichos de los poderosos. Los vencedores cobraban a los vencidos, los fuertes a los débiles. Al parecer, los egipcios fueron los primeros en crear un sistema fiscal organizado; numerosos documentos de contabilidad así lo indican. En la piedra Rosetta, una de las piezas más visitadas del Museo Británico —célebre porque permitió descifrar los jeroglíficos—, ha quedado nada menos que el testimonio de una exención fiscal para los sacerdotes.

    Con los impuestos (y mano de obra esclava), los faraones construyeron caminos, diques, templos y pirámides en honor a ellos mismos. Fueron tan vanguardistas en materia impositiva que llegaron a cobrar por anticipado el impuesto a las cosechas, a partir de los cálculos de cuánto crecería el Nilo cada temporada. Esas mediciones motivadas por el interés recaudatorio se relacionan con el nacimiento de la geometría.

    Uno de los impuestos más ridículos de la historia lo ideó Pedro el Grande en Rusia, cuando consideró la barba una señal de atraso y quiso que los rusos adoptaran las prolijas costumbres europeas. Como tantos gobernantes, tenía sus ideas acerca de lo mejor para la sociedad y quiso imponerlas a fuerza de tijeras. Por un breve lapso los barbudos fueron obligados a pagar; de no hacerlo, el recaudador procedía al corte de la barba en público y en el acto.

    Hubo un impuesto a la orina en Roma, uno a las ventanas en Inglaterra y al polvo para las pelucas en Francia, país exuberante en materia de gravámenes. Los franceses tienen cerca de 500 impuestos y tasas. “Cada nueva creación solo excepcionalmente sustituye a una anterior y, más bien, amplía la lista, complicando aún más una legislación fiscal laberíntica”, explican Éric Anceau y Jean-Luc Bordron en Histoire mondiale des impôts. En 1856, por ejemplo, entró en vigor un impuesto a los perros. Los agoreros anunciaron que el Sena pronto tendría olor pútrido por la mortandad de perros ahogados, mientras los humoristas se divirtieron pensando trucos de evasión. Por esos días se publicaron decenas de caricaturas e ilustraciones en las que perros con cintas rosadas, campanitas u orejas postizas se hacían pasar por cabras, cerdos u ovejitas. A su lado, con la correa en la mano, los dueños chiflaban bajito.

    Si la imaginación impositiva ha sido variopinta, las estrategias para cuidar el bolsillo no se quedan atrás. Es el caso de los insólitos atuendos del grupo ABBA en sus comienzos. Según reconocieron, obedecían a la necesidad de ahorrar unos pesos y no a la búsqueda de un estilo exótico. Aprovechaban así una ley sueca que permitía descontar impuestos de la ropa, siempre y cuando fuera tan extravagante que nadie se atreviera a usarla en la calle.

    Los conceptos de justicia social, consentimiento, igualdad, redistribución o compromiso moral vinculados a los tributos son relativamente recientes. Adam Smith, Montesquieu y Rousseau tuvieron que ver en ello. No obstante, los tributos no logran despejar del todo la mala fama ni las insidiosas sospechas acumuladas durante siglos. “Todo está gravado menos el aire que respiramos”, dijo la marquesa du Deffand. Esta mujer inteligente, enciclopedista, acuñó también la frase “no amar en absoluto al marido es una desgracia asaz general”. Tenía mucho sentido común y grandes dosis de atrevimiento, pero, al igual que los tributos, la persiguió la mala reputación.

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