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La pregunta es obvia, ¿hay asesinos que acechan tras las criptomonedas? ¿Hay una criptohampa en las sombras? La respuesta es obvia: tanto como en cualquier negocio lucrativo. Lo llamativo, insisto, es que todavía haya poca ficción que trate de ese mundo extraordinario
Los escritores siguen imaginando robos millonarios de dinero físico, novelas de ladrones de bancos o de transportes de caudales, series que muestran atracos a fábricas de moneda, delitos literarios o cinematográficos que involucran plata en efectivo, valijas y sacas rebosantes de billetes. Todo muy tradicional, todo muy romántico. Y por alguna razón, pocos son los autores que le hincan el diente a los delitos en torno a criptomonedas, con excepción de algunos documentales. ¿Por qué será, si el tema es atractivo y actual? Tal vez porque se trata de un ecosistema complejo que casi todos ignoramos, tanto escritores como lectores. Sin embargo, la realidad, que es testaruda, insiste en ir por ese lado.
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Una billetera o wallet, donde se guardan y gestionan activos digitales como criptomonedas y que estaba inactiva desde 2011, “despertó” el pasado 4 de julio. Los fondos databan de abril de 2011 y nunca habían sido tocados. En aquel tiempo, el precio de la criptomoneda rondaba los $ 0,78 por unidad, hoy cotiza a 92.860. Los fondos que fueron transferidos sobrepasan los 80.000 bitcoins (BTC). O sea, el patrimonio inicial del inversor, que era de poco más de US$ 15.000, hoy ronda los 8.000 millones. Hablame de rendimiento de capital.
Vayamos al enigma. Lo primero que uno se pregunta es por qué esos depósitos estuvieron 14 años inactivos, y, como es habitual, las redes ofrecen múltiples suposiciones. Se dice que detrás de esos números hay una persona que cometió un delito (ejemplo, robo o hackeo) y dejó pasar el tiempo, esperó el momento justo. O que se trata de alguien que perdió y recuperó sus claves de acceso. O que, por alguna razón, en estos años no tuvo acceso a sus cuentas. ¿Estaría preso? Retengan esa hipótesis.
Hagamos un poco de historia. Bitcoin nace en noviembre de 2008, cuando una persona (o grupo de personas, eso no se sabe), bajo el seudónimo de Satoshi Nakamoto, envía un mensaje a un correo sobre criptografía, planteando un proyecto para crear una moneda digital que sirviera para contabilizar y transferir valor. En 2009, entra en funcionamiento la primera red basada en el protocolo Bitcoin, origen de las criptomonedas, una sistema no físico, digital, que no depende de ningún gobierno que lo emita ni respalde. No despegó hasta 2011, cuando algunas organizaciones empezaron a aceptar donaciones en bitcoins y los comerciantes que operaban en internet empezaron a aceptar estas divisas como medio de pago.
Los propios usuarios son quienes gestionan y mantienen el funcionamiento y la seguridad de Bitcoin. Es posible realizar compras, ventas y transacciones rápidamente y desde cualquier lugar, sin limitaciones y con el consiguiente anonimato. Pero, además de ser una moneda, bitcoin es un sistema digital, la primera blockchain de la historia, una base de datos encriptada en la que puede almacenarse información, una especie de libro de contabilidad pública digital que registra los movimientos y legitima la autenticidad de cada transacción haciéndola pública. De esa forma, los usuarios, sin intermediarios, son los que realizan el control del movimiento y del valor de los activos.
Suena peligroso, y lo es.
Volvamos a la misteriosa y multimillonaria transferencia del viernes pasado, que está llenando las redes de conjeturas. Los datos técnicos revelan que esos fondos provenían de “transacciones coinbase”, o sea, recompensas por “minería”, comisiones que los primeros usuarios recibían por validar bloques. Lo que nos indicaría que tal vez se trata de un minero pionero reorganizando sus fondos. Pero ¿14 años sin tocarlos? La historia debajo de la historia no es tan evidente, pensaría ese hipotético escritor que narrase delitos con criptomonedas, y razón no le faltaría.
Conor Grogan, jefe de producto de Coinbase, la plataforma más segura en criptomonedas, fue de los primeros en encender las alarmas cuando señaló una transacción de prueba en Bitcoin Cash (BCH), 14 horas antes del gran movimiento del viernes 4. Esa acción, dice, apunta a que se habría estado verificando la validez de la clave en una red de poca visibilidad. Gronan afirma que existe una “pequeña posibilidad” de que se trate de un hackeo. “Si esto se confirma, sería el mayor robo de la historia de la humanidad”. ¡El mayor robo en la historia, señores escritores!
Si ese misterioso movimiento corresponde a un único individuo, estaríamos ante una de las personas más ricas del planeta. ¿Quién? Algunos especulan con el recientemente liberado Ross Ulbricht, fundador del sitio web Silk Road, un mercado negro en una web oscura, que llevaba 10 años encarcelado. Otros señalan el intercambio de prisioneros entre Estados Unidos y Rusia por el cual Alexander Vinnik, operador del desaparecido exchange de criptomonedas BTC-e, recuperó la libertad. Alguien ha vinculado el caso con Roger Ver, llamado el Jesús de Bitcoin, también recién liberado bajo fianza en España. Todos ellos se aventuraron con bitcoins en las primeras épocas, hicieron fortuna, y durante sus respectivas estancias en prisión el patrimonio pudo acumularse sin ser tocado.
El universo cripto no ofrece solamente robos y estafas, hackeos y claves robadas; es posible que en ese territorio virtual poco frecuentado por la ficción haya más crímenes e impunidad que en cualquier serie policial. A lo largo de estos años, un buen número de criptomillonarios ha tenido finales desafortunados, misteriosos.
Mircea Popescu, quizá el más excéntrico, un visionario que desafió a gobiernos y a poderosos, fundador de MPEx, una plataforma de activos digitales sin regulación, apareció ahogado en Costa Rica. Dicen que había acumulado un millón de bitcoins y, técnicamente, si Popescu vendía su millón, el precio de la criptomoneda se desplomaría. Entonces, ¿qué mejor solución que hacer desaparecer el peligro?
El cuerpo de Fernando Pérez Algaba, un influencer pionero que construyó su fortuna con criptomonedas, encontrado en una valija.
Nikolai Mushegian, visionario y cofundador de la plataforma de préstamos de criptomonedas MakerDAO, hallado sin vida y a la deriva frente a las costas de Puerto Rico.
Javier Biosca, que pasó de ser dueño de una ferretería a fundador de Algorithms Group, caído del balcón de un hotel en España.
El Dr. John Forsyth, director de una empresa de monedas digitales para beneficio social, ONFO, muerto a tiros.
Bob Lee, fundador de CashApp, muerto con heridas de arma blanca y en circunstancias misteriosas.
Vyacheslav Taran, presidente de Libertex Group y fundador de Forex Club, fallecido en un accidente de helicóptero en ruta de Suiza a Mónaco.
La pregunta es obvia, ¿hay asesinos que acechan tras las criptomonedas? ¿Hay una criptohampa en las sombras? La respuesta es obvia: tanto como en cualquier negocio lucrativo. Lo llamativo, insisto, es que todavía haya poca ficción que trate de ese mundo extraordinario. Quizá la relativa novedad del tema, la investigación que requiere y su complejidad técnica hacen difícil una narrativa clara y atractiva para el público. Pero ya llegará. Después de todo, el dinero, ya sea físico o virtual, es también una narrativa, una historia basada en la confianza, un relato simbólico e intangible. Como la literatura, como el cine, el dinero también es un pacto ficcional.