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La Colección Heidi Horten posee un conjunto de obras y un edificio que lo ofrecen todo, pero como cada rincón de Viena, sus paredes también hablan del pasado y del camino a recorrer si se aspira a algo parecido a la redención
Las calles de Viena hablan de su pasado, del esplendor de una ciudad que fue durante cinco siglos la capital del Imperio de los Habsburgo. Iglesias barrocas, majestuosos palacios y museos repletos de asombrosas colecciones; avenidas, parques y, en cada esquina, los valses de Strauss, la tarta Sacher y el café con crema. Viena parece salida de un cuento de hadas, una postal cuya idealidad deja traslucir, a cada paso, una entidad más compleja y contradictoria. Siempre fue así, porque esa misma Viena imperial de Sisí y Francisco José era la Viena en la que escribía Stefan Zweig y Robert Musil, era la Viena de los edificios de Otto Wagner y Joseph María Olbrich, la de Freud, Mahler, Klimt y Schiele. Un universo que vivía en constante tensión y que un día implosionó. Tras la Gran Guerra, el imperio se derrumbó y, durante los complejos años de posguerra, entraron en escena todas las presiones ideológicas que habían germinado en la segunda mitad del siglo XIX. Un caldo de cultivo antisemita que encendió el fervor nacionalsocialista y hasta el día de hoy Austria y Viena se debaten en sus consecuencias.
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En la Galería del Belvedere aún se percibe la herida por la devolución de La dama de oro (Retrato de Adele Bloch-Bauer I), de Gustav Klimt, que expoliada por los nazis se resistió por años a restituir. En la bella Heldenplatz es imposible no mirar el balcón del Neue Burg, el ala del palacio imperial donde, el 15 de marzo de 1938, Hitler dio el discurso de anexión al Reich ante una multitud eufórica. Y en las paredes de las salas de la Heidi Horten Collection (HHC) se puede leer el descargo del museo por el origen espurio del dinero que le dio nacimiento.
La HHC es el museo más reciente de Viena: abrió al público en junio de 2022, en un bellísimo edificio del siglo XIX a pasos de la Ópera de Viena. En él se exhibe la colección de arte moderno y contemporáneo de la coleccionista austríaca Heidi Horten, fallecida pocos días después de la inauguración y considerada una de las mujeres más ricas del planeta.
Sin duda, ser rico y coleccionar arte no es pecado, el problema está en el origen del dinero.
En la década de los 60, la dama en cuestión se casó con Helmut Horten, un empresario alemán que fuera miembro del partido nazi y cuya fortuna nació entre 1936 y 1939 gracias a la compra bajo coacción de propiedades y negocios a las familias judías. Durante la guerra, e incluso en la posguerra, Horten dirigió varias empresas de armamento y una de las cadenas más grandes de almacenes de Alemania, hasta que se retiró vendiéndolo todo en una maniobra bursátil cuestionada hasta el día de hoy. A su muerte, en 1987, su viuda heredó más 1.000 millones de dólares, propiedades, yates y demás menudencias, y se lanzó a coleccionar con avidez arte y joyas.
La idea de abrir un museo surgió en 2018 y de inmediato se alzaron las voces de protesta. Ante ellas y en un gesto a medio camino entre la culpa y la responsabilidad ética, Horten encargó a la prestigiosa Universidad de Wurzbürg una revisión histórico-académica de la vida de su marido. Se desempolvaron archivos, testimonios y documentos, y se concluyó que Horten se benefició económicamente durante los años del régimen nazi y hasta se probó que había utilizado en sus empresas mano de obra forzada de los campos. A partir de la investigación se publicó un libro, se organizaron conferencias y esa es la historia que se puede leer en las paredes del museo. Cito: “La HHC (…) comprende la gran responsabilidad histórica que conlleva el apellido Horten. Como dirección y personal del museo, reconocemos el imperativo moral de afrontar este aspecto de la historia (…). Un enfoque respetuoso de la historia implica la voluntad de aprender del pasado y asumir la responsabilidad del presente y del futuro”.
Ahora bien, la colección consta de 500 obras, de las que se exhiben más de un centenar, en un gran viaje transversal a la mejor historia del arte de los siglos XX y XXI. Comienza en la Viena imperial con Klimt y Egon Schiele, y va tejiendo vínculos entre épocas, estilos y medios. Picasso se enfrentó a Rothko, Chagall a Pollock, Bacon y Richter les plantan cara a Warhol y Basquiat, y así sucesivamente, en una panorámica histórica y actual que inspira y emociona. Es como una gran toma secuencia de sensibilidad, talento y originalidad, a lo que se suma que, al enlazar arte y arquitectura, la experiencia es multidimensional. Una fachada de época y un jardín de esculturas moderno, un interior de vanguardia y una escalera que es como una entidad de acero que flota en el espacio y se convierte en terraza para los tres niveles de exposición y sus obras.
La Colección Heidi Horten es una colección perfecta, un conjunto de obras y un edificio que lo ofrecen todo, pero como cada rincón de Viena, sus paredes también hablan del pasado y del camino a recorrer si se aspira a algo parecido a la redención.