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    Una oración

    Jorge Luis Borges y su personal Padre nuestro

    Columnista de Búsqueda

    En su breve texto Una oración (Elogio de la sombra, 1969), Borges confiesa su incapacidad radical y trata de verse en su exigüidad remitiéndonos al Padre nuestro. Borges lo menciona —“mi boca ha pronunciado y pronunciará, miles de veces y en los dos idiomas que me son íntimos, el Padre nuestro, pero solo en parte lo entiendo”— y luego lo abandona como ofreciendo una alternativa que busca ser absolutamente personal en lo que informa es la primera mañana del mes de julio del año 1969. En su estudio sobre la oración que prodigó Jesús, Santo Tomás de Aquino nos ha dicho que es modélica de todas las oraciones en cuanto cumple con los cinco requisitos que deben caracterizar a la palabra que busca comunicarse con Dios, a saber: segura (“de modo que nos acerquemos con confianza al trono de su gracia”), recta (“de modo que el orante pida al Señor las cosas que le convienen”), ordenada (“como el deseo, ya que la oración es intérprete del deseo”), devota (“porque la unción de la devoción hace que el sacrificio de la oración sea acepto a Dios”) y humilde (“pues la verdadera humildad se da cuando uno no presume nada de sus fuerzas, sino que espera impetrar todo del poder divino”). Reuniendo esas notas, la oración resulta buena en tres sentidos muy específicos según el filósofo: “En primer lugar, es eficaz y útil remedio contra los males. Pues libra de los pecados cometidos (…). En segundo lugar, es eficaz y útil para obtener todos los deseos (…). En tercer lugar, es útil, porque nos familiariza con Dios: suba mi oración como incienso en tu presencia”.

    Según el informado estudio del filósofo, tenemos en ese supremo texto siete peticiones: “Santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo; danos hoy nuestro pan de cada día; perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; no nos dejes caer en la tentación; líbranos del mal”. Como Borges esta vez no se propone exactamente emular la voz que pronunció esa oración la primera vez, sino singularizarse por estímulo de ella, juega a presentar una oración que se quiere personal. Y es por ello que prefiere solo formular lastimosamente la imposibilidad de dos peticiones, porque considera sin otro argumento que una evidencia que no respalda o que en todo caso sustenta temerosamente con base en su arraigado agnosticismo que le “está vedado pedir”. Ese dúo de solicitudes truncas tiene que ver con la terrible ceguera, que justo en ese año de 1969 se hizo impiadosamente completa, y con el perdón, al que reputa prácticamente como una aporía o una ilusión. De la primera nos dice: “Pedir que no anochezcan mis ojos sería una locura; sé de millares de personas que ven y que no son particularmente felices, justas o sabias. El proceso del tiempo es una trama de efectos y de causas, de suerte que pedir cualquier merced, por ínfima que sea, es pedir que se rompa un eslabón de esa trama de hierro, es pedir que ya se haya roto”. Respecto del perdón, que es el punto central del relato de la salvación cristiana y el sentido de la venida del Redentor al mundo, razona: “No puedo suplicar que mis errores me sean perdonados; el perdón es un acto ajeno y solo yo puedo salvarme. El perdón purifica al ofendido, no al ofensor, a quien casi no le concierne” (Credo, Padrenuestro, Avemaría, Edibesa, Madrid, 2015).

    Hasta ahí llega el diálogo con el Padre nuestro en términos de alusión. Lo que sigue se aparta claramente de esa reflexividad cercana y a la vez distinta de la oración, y en cierta medida lo antagoniza. Porque, mientras en el Padre nuestro se ruega la dádiva del alimento material y sacramental que hace posible la existencia en el cumplimiento de su finalidad (la cuarta petición según Santo Tomás), Borges prefiere concentrarse no en el acto de recibir, sino en el inverso, y acaso más controversial y mundano, de proveer: “La libertad de mi albedrío es tal vez ilusoria, pero puedo dar o soñar que doy. Puedo dar el coraje, que no tengo; puedo dar la esperanza, que no está en mí; puedo enseñar la voluntad de aprender lo que sé apenas o entreveo”. La parte final de la pieza se ocupa de lo que le gustaría que ocurriera más allá de los límites de su voluntad: “Quiero ser recordado menos como poeta que como amigo”, confiesa, y también que a su nombre se asocie haber descubierto y principalmente transmitido alguna secreta belleza de algunos poetas pocos frecuentados en esta parte del mundo, como Robert Frost o Dunbar. Cierra la obra con el más fuerte de los deseos: “Quiero morir del todo; quiero morir con este compañero, mi cuerpo”. En este punto tenemos la mayor distancia respecto del espíritu y orientación del Padre nuestro, su antípoda más airada; la locución adverbial que manifiesta sin vueltas la idea de que busca irse de este mundo de una manera definitiva, entera, absolutamente, sin excepción ni limitación atestigua la necesidad de destacar la certeza de ninguna esperanza acerca de una continuidad metafísica o espiritual de la persona que es. Lo único vivo que puede quedar del personaje Borges de este texto es aquello que posiblemente deje sembrado en la memoria agradecida de algunos de quienes lo honraron con su amistad o lo leyeron con cierta atención. El alma, al menos en la experiencia de esta oración, no es de la partida.

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