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Se trata de empezar a ser un poco más pragmáticos y asumir que un presidente tiene mucho para decir durante una campaña electoral; y que eso, además, no está mal, al revés
Otra vez, como cada cinco años, vuelve a estar en la discusión pública la actitud que asume el presidente de la República en la campaña electoral. No falla. Cambian las décadas, los gobiernos, los protagonistas y las formas pero siempre hay algunos que consideran que el mandatario se está entrometiendo en cuestiones electorales, aunque está impedido, y otros que argumentan lo contrario.
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El motivo es el artículo 77 de la Constitución, que establece en su inciso quinto que “el presidente de la República y los miembros de la Corte Electoral no podrán formar parte de comisiones o clubes políticos, ni actuar en los organismos directivos de los partidos, ni intervenir en ninguna forma en la propaganda política de carácter electoral”.
Pues la tercera acepción no parece tener mucho sentido y es hora de al menos discutir su vigencia, si es que en algún momento la tuvo. Porque al hacer un breve repaso de todas las campañas electorales, al menos desde la restauración democrática de 1985, en ninguna de ellas faltó la acusación al presidente de turno de estar violando la Constitución y la posterior discusión, con argumentos contrapuestos entre oficialistas y opositores, que siempre queda en la nada. Esa situación no varía según quién esté en el poder. Han gobernando tanto el Partido Colorado como el Partido Nacional y el Frente Amplio y todos fueron señalados por lo mismo.
No parece lógico pedirle al presidente de la República, máxima autoridad de un gobierno en curso, no “intervenir en ninguna forma en la propaganda política de carácter electoral”. No porque no pueda cumplirlo. Puede hacerlo, pero el problema es que lo que se somete a consideración popular con las elecciones es también su gobierno y debería tener derecho a defenderlo.
Además, es contradictoria en otro aspecto la prohibición constitucional. Supuestamente, no puede “intervenir”, en otras palabras “hacer campaña”, pero sí puede encabezar una lista a la Cámara de Senadores de su colectividad política, como lo hicieron algunos en el pasado y como lo está haciendo ahora Luis Lacalle Pou. Tiene más o al menos el mismo peso electoral que pueda encabezar una lista a que pueda hablar bien de su gobierno. Pues, según las reglas actuales, lo primero está permitido y lo segundo está en duda. Incongruente.
Por otra parte, no hay figura más política que el presidente. Es cierto que durante su mandato es el presidente de todos los ciudadanos del país, pero al acercarse la elección pasa a formar parte de la disputa electoral. Entonces, parece mucho más sensato habilitarlo a que pueda hablar de lo que ha hecho, sin tantas restricciones.
En Uruguay no está habilitada la reelección inmediata por dos períodos consecutivos. El primer mandatario está habilitado a volver a presentarse como candidato presidencial si deja pasar un período de gobierno en el medio. Eso, a nuestro entender, también debería ser analizado, pero es un capítulo aparte.
Aquí la discusión es otra. Se trata de empezar a ser un poco más pragmáticos y asumir que un presidente tiene mucho para decir durante una campaña electoral. Y que eso, además, no está mal. Al revés. Su participación puede fortalecer el debate político de cara a las elecciones nacionales.
En esta ocasión puntual, la discusión se generó porque Lacalle Pou realizó una conferencia de prensa para defender la reforma previsional que concretó su gobierno por ley. Esa reforma está siendo cuestionada y sometida a un plebiscito promovido por el PIT-CNT y parte del Frente Amplio.
¿Qué podía hacer el presidente entonces? ¿Quedarse callado? ¿Quién mejor que él para defender lo que él mismo lideró? Es solo un ejemplo y es solo un presidente. Así ocurrió, ocurre y ocurrirá con todos. Todos tuvieron, tienen y tendrán reformas importantes para defender. Lo preocupante sería que no las tuvieran. Así que sería una buena cosa empezar a sincerarse y dejar de discutir cada cinco años un sinsentido.