En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
¿Cuánto de lo que se invertirá en el Estadio Centenario será realmente beneficioso y mejorará los eventos deportivos o espectáculos que se harán luego del Mundial?; ¿es necesario?; ¿dan las cifras?; ¿es el momento?
Hay algunas cuestiones del fútbol que son difíciles de entender y que trascienden a lo meramente deportivo. Misterios que se desprenden de esa pasión multitudinaria, sustentada por un impulso irracional y una fe ciega. Así es uno de los principales juegos del mundo, tan popular como inexplicable. Pocos espectáculos atraen a tantas personas como la definición de un torneo mundial de selecciones nacionales o uno continental de clubes. Solo a manera de ejemplo, el partido final entre Argentina y Francia del Mundial 2022 lo vieron 1.500 millones alrededor del mundo. Una locura.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Pero eso no es ni siquiera lo más complejo de justificar. Lo absolutamente desmedido, tanto que se hace casi inabarcable, es la cantidad de dinero que mueve el fútbol. Atrás de una simple pelota ruedan cada día miles de millones de dólares. Las cifras son realmente asombrosas y, en algunos casos, superan incluso los presupuestos con los que se sostienen países enteros.
Dos ejemplos concretos, uno particular y uno general. El particular: el argentino Lionel Messi, el mejor jugador de la última década, gana por mes más de US$ 11 millones (según un ranking realizado por la revista Forbes), lo mismo que gastan en un año varios de los principales clubes uruguayos sumados. El general: el club más rico del mundo, el Real Madrid de España, tiene una valoración de US$ 6.750 millones e ingresos superiores a US$ 1.130 millones por temporada, y la FIFA, solo en el Mundial de Clubes celebrado este año, repartió en premios más de US$ 1.000 millones.
Es casi imposible no marearse con tantos ceros. Y más todavía tratar de entenderlo de una manera racional. Porque mientras esas cifras millonarias flotan entre las distintas ligas del primer mundo, es bastante poco lo que se derrama hacia la otra punta. Las diferencias en el reparto de la torta son gigantescas y, muchas veces, las cuentas poco claras. Pero, lo del principio. Es una pasión que supera cualquier duda racional, así que casi todo está justificado.
En Uruguay ocurre algo similar. En el mundo del fútbol se suelen manejar otras reglas a las que rigen los ámbitos de la política y de la administración pública, por ejemplo. Al ser consultado en abril durante una entrevista en el ciclo Desayunos Búsqueda, el senador colorado Pedro Bordaberry —quien tuvo un pasaje de unos años por la dirigencia del fútbol uruguayo— aseguró que formar parte de ese mundo le hizo comprender que el de la política es hasta naíf en cuanto al manejo del poder y del dinero. Todo un diagnóstico.
Son mundos distintos, aunque a veces se cruzan. Ahora volvieron a quedar entrelazados fútbol y política con la organización de un partido de la ronda inicial del Mundial 2030, que la FIFA otorgó a Uruguay al celebrarse 100 años del primer Mundial de Fútbol, disputado en Montevideo. La idea original de los gobiernos de Uruguay, Argentina y Paraguay era organizar todo el torneo, pero finalmente los elegidos para eso fueron España, Portugal y Marruecos. Desde hace varios años que los sucesivos presidentes argentinos, uruguayos y paraguayos han procurado ese desembarco del fútbol mundial en la región, con un gran apoyo popular. El resultado no fue el esperado, aunque algo sí se logró.
Pero hay mucho por hacer todavía. El Estadio Centenario necesita una inversión de más de US$ 170 millones para recibir tanto el partido de fase de grupos como una ceremonia previa conmemorativa de los 100 años del primer Mundial. Los cambios, exigidos por la FIFA, implican mejoras a los vestuarios de los planteles y los árbitros, las áreas de calentamiento y la sala antidopaje; añadir nuevos palcos y zonas VIP; ampliar la infraestructura para medios de comunicación con estudios de televisión, centros de acreditación, salas de conferencias y zonas mixtas para la atención de los futbolistas; crear nuevos restaurantes, cafeterías y bares; y construir estacionamientos y un centro de primeros auxilios, según informó Búsqueda.
Para tener una cifra de referencia, el “espacio fiscal” que dispuso el Poder Ejecutivo para los próximos cinco años en el Presupuesto quinquenal es de alrededor de US$ 140 millones, menos de lo que saldría la reforma del Estadio Centenario. Y las obras deberían empezar en el segundo semestre del próximo año, aunque todavía no se ha avanzado sobre las cuestiones más formales.
Ante ese panorama, habrá que ver cuánto del dinero necesario lo tendrá que poner el Estado uruguayo, cuánto los privados y cuánto vendrá de la FIFA o de su organización regional, la Conmebol, y de la nacional, la AUF. Las novedades al respecto de esta semana, luego de una reunión mantenida en Nueva York entre todos los involucrados, son que nada correspondería al Estado uruguayo. Sería muy sensato que así fuera, porque es el más pobre de esa tríada.
Hay una experiencia negativa al respecto y fue lo que ocurrió en Brasil en el Mundial 2014. Ese torneo significó pérdidas millonarias para el país norteño, que construyó decenas de estadios, gastó cientos de millones de dólares y después quedó con una infraestructura demasiado grande para lo que son las necesidades de su liga local e incluso de su selección nacional.
Es más, algunos analistas políticos brasileños sostienen que lo ocurrido en ese Mundial debilitó al gobierno encabezado por Dilma Rousseff, que luego fue destituida mediante un juicio político. Brasil no logró ganar la copa y terminó perdiendo plata. Otra vez lo de la pasión, pero al revés. Cuando los resultados son buenos, todo se tolera, pero cuando son malos, hasta los gobiernos más sólidos se derrumban.
Uruguay parece lejos de ese esquema. No está solo en la organización del Mundial 2030 ni tiene a su cargo todo el torneo, sino únicamente un partido. Pero igual da la sensación de que todavía falta una discusión seria y profunda sobre este tema tan importante, dejando de lado la tentación de ofrecer sin más este regalo mundialista a una de las poblaciones más amantes del fútbol del mundo.
¿Vale la pena gastar todos esos millones de dólares en un único partido de fútbol? ¿Cuánto dinero va a quedar efectivamente en Uruguay por organizar solo la ceremonia inaugural del Mundial 2030 y un encuentro? ¿Cuánto de lo que se invertirá en el Estadio Centenario será realmente beneficioso y mejorará los eventos deportivos o espectáculos que se harán luego del Mundial? ¿Es necesario? ¿Dan las cifras? ¿Es el momento? ¿El Estado uruguayo tiene la capacidad de hacerlo?
De vuelta a lo del principio. Teniendo en cuenta el impacto que tiene el fútbol a nivel mundial en estos tiempos, no parece para nada alocado asumir el protagonismo como país de un torneo mundial, aunque sea solo por un día. Pero sería ilógico que gran parte del costo caiga sobre la espalda de los uruguayos, en lugar de que los que mueven millones todos los días a través del fútbol y se benefician cada vez más de estos eventos se hagan cargo.
Puede ser un poco ingenuo pedir lo que ya no tuvieron otros países con más peso mundial, como Brasil, por poner un ejemplo reciente, y por eso mismo da al menos para volver a pensarlo. No una, varias veces. Y de forma urgente, porque el tiempo se acaba.